Capítulo 7 #2
Cuando llegamos, el jardín está lleno de grupos de estudiantes con vasos rojos en las manos y Greedy, de Tate McRae, nos da la bienvenida desde dentro mientras las luces de colores parpadean por las ventanas.
Brooke se gira hacia mí, emocionada.
—No te voy a dejar sola ni un minuto y, recuerda, cuando te quieras ir, solo me lo tienes que decir y volvemos a la residencia.
¿Sí? —Afirmo con la cabeza porque estoy tan flipada por estar aquí que no me salen las palabras—.
Solo te pido una cosa, Mia: ¡disfruta! —casi grita a la vez que me abraza.
—Lo intentaré —mascullo sobre su cuello.
Entramos. El ambiente es intenso. Hay gente que baila en el salón, otros se apoyan en las paredes hablando a gritos. Hay risas, cuerpos que se mueven sin vergüenza y una mesa con bebidas y snacks al fondo.
—¿Te apetece algo? —me pregunta Brooke al oído.
—Una Coca-Cola estaría bien.
—Marchando una cola para la señorita.
Se aleja con su gracia habitual y yo me quedo cerca de la entrada sin perderme nada de lo que sucede a mi alrededor. El volumen me aturde, pero también me entusiasma. Es como siempre lo he visto en las películas de universitarios y ahora estoy dentro de una.
Un chico pasa a mi lado y me sonríe.
—Hey, preciosa…
Le devuelvo una sonrisa incómoda y levanto la mano, temblorosa.
—Hola. —Dudo mucho de que me haya oído, aunque tampoco ha prestado atención a si le devolvía el saludo.
Brooke regresa con dos vasos en la mano y me entrega uno de ellos.
—Ese de allí lleva mirándote desde que hemos entrado —me susurra al oído.
—¿Quién? —Me pongo en alerta.
—El de la camiseta gris, al lado del sofá.
Lo busco con la mirada. Es alto, moreno, con una sonrisa amable. Cuando nuestras miradas se cruzan, me levanta el vaso a modo de saludo.
Me arden las mejillas.
—Uy, nena. ¡Cinco minutos y ya has ligado! —dice Brooke, empujándome con el hombro.
El chico se acerca y yo no sé dónde meterme.
—Brooke… —la llamo casi pidiendo auxilio.
—Tranquila, solo viene a hablar contigo. No te va a morder —se mofa—. Yo estaré aquí, lo prometo.
El chico llega a nuestra posición con la misma sonrisa confiada de antes.
—Hola —saluda—. Me llamo Logan.
—Mia. —Alargo la mano antes de que se me acerque.
—¿Primera fiesta?
—¿Tanto se me nota? —Me tiembla la voz y todo el cuerpo. A él parece que le haya hecho gracia mi respuesta.
—Me refería a que no te había visto antes. ¿Eres nueva?
Asiento y así empezamos a hablar. Es fácil. Me cuenta que estudia Sociología, que toca la guitarra, que es de Chicago. Yo le hablo de Nueva York, de la carrera de Enfermería… Me escucha con aparente interés, lo que hace que me relaje y me deje llevar.
—Voy al baño —me informa en un momento dado Brooke.
Le sonrío a modo de respuesta y la veo alejarse. Luego, desde la distancia, me lanza un pulgar hacia arriba y saca media lengua, haciéndome reír. En ese momento lo siento.
No es algo que vea. No aún. Es algo que se desliza por mi nuca como un escalofrío, como un aviso silencioso que me eriza la piel. Un cosquilleo inexplicable, parecido al pitido que se siente en los oídos cuando alguien piensa muy fuerte en ti desde muy lejos.
Desvío la mirada, despacio y entonces sí, lo veo.
Easton está de pie junto a una estantería abarrotada de libros desordenados y botellas medio vacías, con un vaso rojo en la mano.
Viste camiseta negra, vaqueros oscuros y su ya característica mirada afilada.
La sonrisa que supongo que le dedicaba hace unos segundos a sus amigos se le congela en los labios, como si al verme se le hubiera cerrado la compuerta de la amabilidad.
El aire cambia.
Lo juro.
Y el sonido del mundo baja de golpe. La música —que sé que sigue sonando porque veo a la gente bailando a ritmo de Love Again, de Dua Lipa— se vuelve un murmullo amortiguado, distante. Como si estuviéramos bajo el agua.
Nuestras miradas se adhieren igual que los polos de un imán y, por un instante, no hay nadie más. No hay vasos de plástico ni risas ni luces de colores. Solo esa mirada cargada de juicio que me deja clavada al suelo.
Otra vez, como ya empieza a ser habitual cuando me encuentro con él, me siento como una niña a la que acaban de pillar haciendo algo mal.
Y lo peor es que soy consciente de que no lo hago; solo hablo con un chico. Solo estoy en la misma fiesta que él, solo respiro —o lo intento ahora mismo—. Y aun así, su mirada me sacude.
Aprieta la mandíbula y tensa los labios. El vaso en su mano parece un objeto de piedra, bueno, todo él, porque al igual que yo, no se mueve, no parpadea. Solo me observa.
Se me forma un nudo en el estómago. No de miedo, ni siquiera de culpa. Es otra cosa. Es el tipo de nudo que sientes cuando te exponen. Cuando alguien te mira y parece ver todo lo que no dices, lo que no quieres mostrar.
—¿Estás bien? —pregunta Logan a mi lado.
Su voz me trae de vuelta. La música vuelve a rugir en mis oídos como una ola que se estrella contra la orilla. El salón se ilumina otra vez con luces que parpadean al ritmo de la música.
—Sí —me obligo a desviar la mirada y fuerzo una sonrisa que no me creo ni yo—. Todo bien.
Intento retomar la conversación, pero mis ojos vuelven a buscarlo.
Sigue ahí.
Esta vez, su mirada no es solo fría. Es dolida. Como si le costara estar mirándome. Como si todo su cuerpo estuviera diciéndome: «¿Qué estás haciendo?» y, al mismo tiempo: «No me obligues a sentir cosas».
No entiendo nada.
Nada.