Easton Davis me (odia) quiere Capítulo 7
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Capítulo 7

La primera vez

Mia

No sé si los días están pasando rápido o soy yo la que todavía no ha aterrizado del todo en esta nueva vida.

El campus es inmenso, la residencia, un caos organizado en el que, poco a poco, me siento menos un bicho raro, y Brooke…

Bueno, Brooke es como una tormenta perfecta: arrolladora, impredecible y cálida.

Me ha arrastrado a su ritmo sin darme cuenta y, aunque hay momentos en los que me siento como una nota desafinada en su banda sonora, tengo que reconocer que estar a su lado es como aprender a vivir desde cero, con las reglas de una juventud con la que nunca, hasta ahora, había coexistido.

Hoy, después de clase, se me ha antojado un té caliente. No solo porque haga frío, sino porque Anne me preparaba uno cada día cuando se terminaban las sesiones de estudio online, y hay costumbres que se quedan pegadas a la piel.

Brooke entra en la habitación mientras intento decidir si ponerme el pijama o esperar media hora más. Va sin abrigo, con las mejillas sonrojadas por el viento y el pelo alborotado.

—Vale, oficialmente estoy muerta. El profesor Sanders ha dicho que mi exposición era algo «desenfadada», lo cual es una manera elegante de decir que ha sido un fail total.

Lanza la mochila sobre la cama y se desploma con un suspiro dramático. Yo, sentada en el escritorio, me caliento las manos con la taza de té y la miro con una media sonrisa.

—¿Sobre qué era? —me intereso mientras sorbo de la tisana.

—Del impacto de las redes sociales en la salud mental. Y sinceramente, después de hoy, creo que yo soy el mejor ejemplo práctico.

Me río. No sé si por lo que ha dicho o por cómo lo ha dicho, pero me sale sin pensarlo y me sorprendo de… de lo feliz que me hace esta normalidad en la que por fin vivo.

—¿Tú qué tal hoy? —pregunta, girando la cabeza hacia mí desde la cama.

—Tranquilo. Introducción a Enfermería. Todavía todo es muy general.

—¿Y qué tal con la gente?

—No he hablado con casi nadie. Solo un par de compañeras de fila.

Brooke se incorpora y se sienta sobre la colcha como si fuera a fumar la pipa de la paz.

—¡Tienes que ponerte las pilas, amiga! No puedes sobrevivir en esta universidad si no haces al menos un par de amistades básicas. Ya sabes: la que tiene coche, la que te pasa los apuntes y, obvio, la que te alegra los días. Aunque esa ya la tienes. —Me saca la lengua y me guiña un ojo.

Por un momento siento envidia de ella, envidia sana, pero envidia, al fin y al cabo. Brooke es despreocupada, aunque responsable. Con su jerga juvenil, que me queda un poco grande, pero sabe cómo, cuándo y con quién debe ser formal.

—Sí, la última ya la tengo cubierta —respondo risueña—. Algo es algo, ¿no?

Sus labios se curvan en una sonrisa que me deja ver sus perfectos dientes alineados gracias a la ortodoncia.

—Venga, fuera bromas. Hablando en serio, vamos a divertirnos un poco, ¿qué planes tienes esta noche?

—¿Esta noche? —La miro como si se hubiera convertido en un alien.

—Hay una fiesta en la fraternidad Alpha Zeta. Nada muy loco, ¿eh? Solo música, algo de bebida y un montón de gente bailando fatal. Estaba pensando en pasarme un rato, ¿te apuntas?

Me quedo callada. No porque no quiera, sino porque me cuesta procesarlo. Es la primera vez que alguien me invita a algo así.

Si es que la extraterrestre parezco yo…

—Solo si te apetece, eh. Aunque estaría bien que descubrieras esa otra faceta de la vida universitaria —añade con una sonrisa ladeada.

—Es que… Nunca he ido a una fiesta —confieso.

Brooke parpadea varias veces y se recompone de inmediato.

Es en momentos así cuando pienso que he tenido más suerte que nunca al cruzarme con ella. Comprende enseguida que he vivido metida en un caparazón, apartada del mundo real, sobreprotegida y sin experiencia de ningún tipo, pero nunca me fuerza a contarle nada.

—Genial. Entonces será tu primera vez. Pero sin presión: a la que no te sientas cómoda, nos piramos. Vamos de chill, vemos qué tal el ambiente y lo que surja. Ni tienes que bailar ni beber… ni que besar a nadie —dice con un retintín—. Solo mirar y reírte un poco. Sentir que estás aquí, de verdad.

Me quedo pensando. La idea me asusta y me atrae a partes iguales. Quizá tenga razón y asistir a esa fiesta sea un paso más para sentirme «normal» en esta vida universitaria.

—Vale. Voy —confirmo sin creérmelo del todo.

—¿Sí?

—Sí.

—¡Sí! —grita, y salta de la cama como si hubiera ganado un premio—. Vamos a hacer historia —exclama mientras me zarandea por los hombros—. Vale, vale, keep calm. Tenemos que ir acorde a tu primera fiesta: ¡la ocasión merece un vestuario a la altura!

—No tengo gran cosa —confieso un poco asustada por si la fiesta tiene un dress code concreto que no tuve en cuenta cuando hice las maletas.

—Bah, tonterías; seguro que entre tus cosas y las mías improvisamos algo decente. Lo importante es cómo te sientas.

Mientras empieza a sacar ropa y poner conjuntos sobre la cama, la conversación deriva a cosas más personales: profesores graciosos, cómo fue su primer día, qué la trajo hasta esta universidad…

—¿Y tú? —me pregunta—. ¿Tienes algún chico por ahí? ¿Alguien que haya quedado atrás en Nueva York? —Sé que lo dice por normalizar la conversación. A estas alturas es más que evidente que, en ese terreno, tampoco tengo ninguna experiencia, no obstante, le sigo la corriente y niego con la cabeza.

—Nunca he tenido pareja.

Su expresión no cambia, ni se ríe ni se sorprende. Solo asiente y se sienta otra vez junto a mí.

—¿Ni un beso?

Vuelvo a negar. Esta vez, un poco más avergonzada.

—Guau. No lo digo por juzgarte, ¿eh? Solo… no sé. Creo que es bonito. Llegar nueva a un sitio y tener todavía todo por descubrir.

—No sé si lo llamaría bonito —murmuro, con una sonrisa tímida.

Es el momento que elijo para explicarle que de pequeña enfermé, que estoy trasplantada de un riñón y que, desde el mismo momento del diagnóstico, he tenido una vida muy solitaria y controlada encerrada en casa de mi padre, cosa que me ha llevado a no tener demasiadas vivencias, por no decir ninguna.

Brooke me escucha con atención y, una vez más, me sorprende con su reacción, que no es para nada de lástima, como es habitual en otra gente.

—Mia, lo que tú tienes no es falta de experiencia, es un montón de primeras veces por delante.

¿Sabes lo que pagaríamos muchas por estar en tu situación después de saber lo que es una primera vez?

Yo, por ejemplo, pondría especial atención en cómo Gerard me acarició la mejilla, en cómo me pidió permiso, sin hablar, para acercarse más a mí.

En cómo se me aceleró el corazón al saber lo que iba a suceder y cómo fue el primer roce de sus labios sobre los míos —me explica mientras su mirada se clava en el estampado de mi colcha y viaja muy lejos de esta habitación.

Hay un momento de silencio porque no me atrevo a hablar y a irrumpir en sus pensamientos, sin embargo, Brooke no tarda en levantar la mirada y sonreírme con calidez.

—Esta será una primera vez para ti, Mia. Degústala como si fuera un sorbo del mejor vino del mundo —me pide con emoción.

Me dejo llevar por su energía, por esa seguridad que parece tener en todo. Por primera vez, no me siento fuera de lugar.

—Entonces… ¿qué me pongo?

Y ella empieza a chillar y a saltar otra vez para luego girarse de nuevo hacia su armario, que revuelve como si fuera un cofre del tesoro.

Me mantengo en pie junto a la cama, algo rígida, sin saber muy bien cómo comportarme.

He accedido a ir a la fiesta, sin embargo, ahora, mientras Brooke me enseña modelito tras modelito, me siento como si estuviera en una película que no me toca protagonizar a mí.

—¡La encontré! —Saca una blusa negra con bordados plateados y un escote de vértigo del fondo de su armario—, esta te quedará espectacular. Es sencilla, pero tiene un rollo misterioso. Con tus ojos de gata sombreados de negro puedes ser letal.

—¿Letal? —pregunto con miedo y nada convencida de su decisión.

—En el buen sentido —sonríe—: letal tipo: «Chicos, he llegado y os voy a cambiar la química cerebral».

La miro con una ceja levantada, pero acabo riéndome.

—Se nota que estudias comunicación, compi. Lo tuyo es tener don de palabra —Y estallamos las dos a carcajadas. Ella, supongo, por mi salida y yo más por puro histerismo.

Al final accedo a probarme su blusa, que Brooke combina con unos vaqueros ajustados que ha encontrado en mi armario y remata con un cinturón fino de hebilla plateada.

—Esto, unos botines y estás lista para dar guerra —dice mientras se levanta con una energía que ya quisiera embotellar. A mí me empiezan a temblar las piernas.

—No sé si estoy preparada para eso, pero vale.

Voy al baño a cambiarme y, cuando me miro al espejo, durante unos segundos, no me reconozco. La blusa me realza los hombros y el color me da un aire distinto, casi... valiente. Vuelvo a la habitación con el corazón palpitando más rápido de lo normal.

Brooke me examina de arriba abajo y asiente satisfecha.

—Wow… Estás preciosa. Si nadie se enamora de ti esta noche, ya lo haré yo por todos.

Me río. Me está haciendo sentir cómoda, y eso no es nada fácil.

Nos peinamos y maquillamos con música de fondo.

Brooke canta fragmentos de Good Ones, de Charli XCX mientras me pone un poco de colorete.

Yo no puedo dejar de mirar mis manos que tiemblan sin pedir permiso.

Pero también hay una emoción suave, como cuando estás en la cima de una montaña rusa y sabes que la caída es inminente.

—¿Lista? —pregunta cuando cree que ha terminado con su obra maestra.

—No lo sé. —Me tiembla la voz.

—¡Perfecto! Entonces, es que es un sí. ¡Vámonos!

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La casa de la fraternidad Alpha Zeta no está lejos y vamos andando.

No sé si será por la expectación o por los nervios anudados a mi estómago, pero el campus parece distinto: las farolas proyectan luces cálidas sobre la acera y el aire tiene ese olor a mezcla de césped recién regado y a algo que no sé identificar: libertad, quizás.