Easton Davis me (odia) quiere Capítulo 6 Puerta abierta al vértigo #2
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Capítulo 6 Puerta abierta al vértigo #2

Asiento con un gesto, más por no parecer maleducada que por otra cosa. Estudio al grupo mientras nos acercamos; todos parecen de su estilo: despreocupados, charlatanes, de esos que se sienten cómodos hasta delante de un examen para el que no han estudiado ni media página.

Cuando llegamos, los saludos vuelan. Brooke choca la mano con un chico de camiseta gris que le guiña un ojo.

Una morena de pelo rizado le hace un hueco sin dejar de hablar a toda velocidad sobre una clase de biología que, según ella, ha sido «una tortura sofisticada» y dos chicos más se ríen de sus comentarios.

—Chicos, os presento a Mia —anuncia Brooke con su sonrisa radiante—. Nueva incorporación al equipo.

Levanto la mano en un gesto torpe, incómoda. Me devuelven saludos y sonrisas amables, alguno incluso con entusiasmo exagerado. Me acomodo en la silla junto a Brooke y me esfuerzo por parecer relajada.

Cuando llega nuestra comida y agradezco a Caleb que nos la sirva, lo oigo: una voz grave y masculina que me es muy familiar, a la que le sigue una carcajada sonora. Giro el rostro muy despacio, como si no supiera ya a quién voy a encontrarme: Easton.

Está de pie junto a otra mesa, recostado contra el respaldo de una silla, el cuerpo medio ladeado hacia un chico con gafas al que parece estar contando alguna anécdota. Gesticula. Se carcajea. Está como si el lugar le perteneciera.

Lleva una camiseta blanca remangada que deja ver unos antebrazos marcados y un reloj deportivo. El pelo revuelto le cae sobre la frente de manera casi estratégica.

No me ha visto.

Aún no.

Brooke se levanta de repente y va hacia él.

—¡Easton! Doctor buenorro… ¿Dónde te metes? —le increpa con cariño y confianza.

Easton se gira con la sonrisa intacta. Brooke lo abraza y él le devuelve el gesto, acariciándole la espalda con naturalidad.

—He estado entre laboratorios y prácticas, ya sabes… —responde con un tono desenfadado, incluso divertido.

—Eres el quarterback de la medicina, lo sé —le sigue el juego ella—. Ven, que te presento a mi nueva compi de cuarto. —Tira de su brazo y lo arrastra hacia mí.

Y entonces, ocurre. La mirada de Easton me encuentra.

Le cuesta solo una fracción de segundo, pero es más que suficiente; como si alguien apagara la luz detrás de sus pupilas, su expresión queda vacía.

La mandíbula se le tensa y la sonrisa desaparece.

Como si le hubieran pulsado el interruptor de off.

Se suelta del agarre de Brooke y ralentiza la marcha.

Mete las manos en los bolsillos delanteros de sus tejanos, endereza la espalda y sus labios ya no sonríen, ahora forman una línea horizontal.

Mi nueva amiga —la única que tengo, a decir verdad—, no se da cuenta.

Está de espaldas a él y le sigue hablando con entusiasmo, sin notar la tensión que acaba de brotar entre nosotros como una grieta silenciosa.

—Mia, él es Easton, el guapérrimo del grupo. No te asustes si ves revolotear a mil chicas a su alrededor cada vez que sale de entre los libros.

Asiento sin pronunciar palabra y trago saliva.

Me obligo a mantenerle la mirada, a no apartarla, y no sé por qué me siento como si fuera culpable de algo, aunque no he hecho nada malo.

Solo estar aquí. Solo existir, a pesar de que, para él, parece como si hubiera cometido un delito con pena de muerte.

—Hola —me saluda con un tono seco y formal. Ni rastro del chico bromista de hace un minuto.

—Hola —le devuelvo el saludo con la voz un poco más firme de lo que me esperaba.

Nadie dice nada durante unos segundos. Brooke nos mira a uno y a otro, frunce ligeramente el ceño. Sin duda, intenta descifrar qué ocurre.

El silencio se ha instalado como un tercer invitado entre nosotros. Easton se mantiene de pie. Yo clavo la vista en el vaso de té que tengo entre las manos.

—No sabía que al final te admitieron aquí —murmura él, sin sarcasmo, sin interés. Quizá solo para romper el silencio.

Levanto la cabeza sorprendida de que me haya hablado más allá del saludo obligado tras la presentación de Brooke, que sigue mirándonos como si fuéramos un partido de tenis.

—¿No te lo había dicho Anne? —Me sorprendo.

—¿Qué te hace pensar que hablo de ti con mi madre? ¿Acaso crees que en su tiempo libre también tú ocupas sus pensamientos?

Zasca. Ahí está otra vez esa inquina que no sé de dónde sale.

—Un momento… ¿¡Os conocéis?! —exclama una entusiasmada Brooke, aunque no sé dónde ve que eso sea bueno.

—Bueno, podría decirse que sí —responde él—. Mi madre trabaja para ella.

—Tu madre no… —intento protestar, porque Anne, para mí, no es una simple trabajadora, es mi amiga. ¿Qué digo? Es más que eso: ¡es casi como mi madre!

—Le pagáis para que te cuide, ¿no? —me interrumpe él, mordaz y dañino.

—Bueno, yo…

—Pues eso —vuelve a cortarme. Se cruza de brazos y levanta la barbilla.

A Brooke se le ha abierto hasta la boca.

—Qué casualidad… —suelta para romper un poco el hielo, ahora ya sin entusiasmo en la voz, más bien lo dice entre dientes al darse cuenta de que, sobre todo, Easton no está muy feliz con mi presencia aquí.

—Sí, demasiada —responde él, enfadado.

Lo miro de reojo. Su rostro es de piedra. Los ojos fríos. Nada que ver con el chico que he visto reír hace solo unos minutos. Siento el estómago encogerse sin remedio. Y no sé por qué. O sí, lo sé, y me da miedo admitirlo.

—Pensé que al final irías a NYU o Columbia.

—Supongo que esto me pareció… lo bastante lejos —respondo.

No sé de dónde saco el valor.

Sus labios se curvan apenas, pero no es una sonrisa. Es una mueca. Una especie de «qué sorpresa» disfrazada de desdén.

—Espero que te adaptes bien. Aquí no va a estar Anne para hacerte nada.

Sus palabras son afiladas, como si intentara recordarme que no pertenezco a este mundo.

Y justo cuando voy a contestar, Brooke da una palmada para frenar estos ataques gratuitos de su amigo hacia mí, restando importancia al ambiente cargado.

—¡Vamos, Mia! Comamos rápido, te quiero enseñar la biblioteca. Será tu segundo nuevo hogar en breve.

Me giro despacio hacia el plato con el bagel, echando una última mirada a Easton. Él se da la vuelta, como si le diera igual todo, y vuelve con sus amigos, como si no me hubiera visto, como si no hubiera cruzado ni una palabra conmigo.

Una burbuja de tristeza se me instala en el pecho sin que tenga sentido para mí. Sin saber el motivo, me pesa —y más de lo que estoy dispuesta a admitir— que no me trague. Y no solo eso: estoy convencida de que Easton Davis me odia.