Easton Davis me (odia) quiere Capítulo 6 Puerta abierta al vértigo
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Capítulo 6 Puerta abierta al vértigo

Mia

No sé si el corazón se me va a salir del pecho por la emoción o por el miedo.

A lo mejor por ambas. El mundo entero cabe dentro del silencio que se forma cuando el coche se detiene frente a la residencia.

No hay música, no hay voces, solo el leve zumbido del motor eléctrico, que se apaga de golpe cuando mi padre pulsa el botón de stop.

Esta vez me ha acompañado él, sin chófer.

Solos los dos, como cuando era pequeña y me llevaba al médico, como cuando me sostenía la mano en cada revisión.

No nos movemos del sitio y tenemos la vista clavada al frente. No sé quién está más nervioso, si él o yo.

Desde fuera llegan los ecos de un campus que vibra: maletas rodando por las aceras, risas en estallidos, llantos de familiares disimulados en abrazos que duran segundos de más.

La puerta de Hill College House está abierta, igual que todas las demás.

Los pasillos se ven iluminados desde aquí, llenos de caras nuevas, de futuros que justo acaban de empezar y de historias que se están contando por primera vez.

Y yo, con las manos sudadas en mi regazo, aún no sé si pertenezco a este escenario o si me han plantado aquí por error.

—Entonces… —mi padre rompe el silencio con voz rasposa—. ¿Te han dicho en qué habitación estarás?

Asiento. Trago saliva.

—La 215. Segundo piso.

Él asiente también, como si ese dato fuera una confirmación oficial de que esto es real. Gira el rostro hacia mí y busca mis ojos.

—¿Estás segura de esto, Mia? Puedes estudiar en cualquier universidad de Nueva York y dormir en casa…

Quiero decirle que no. Que no estoy segura de nada.

Que tengo miedo, que me tiemblan las piernas, que no sé ni si voy a saber presentar los papeles en secretaría.

Pero también sé que si le digo eso, sin pensárselo, arrancará el coche y dará media vuelta para llevarme de nuevo a casa. Y no puedo permitírmelo. Ahora ya no.

—Sí —respondo con más firmeza de la que siento—. Estoy segura, papá. Necesito hacer esto.

Él asiente otra vez, despacio, sin convicción.

Sale del coche y lo rodea para abrirme la puerta, luego se dirige al maletero y saca el equipaje que ha viajado con nosotros.

No es muy grande, pero pesa como si llevara dentro mi vida entera.

Luego, aún en silencio, caminamos hasta la puerta de la residencia, donde nos detenemos los dos a la vez.

Nos hacemos a un lado para no entorpecer el paso y nos quedamos observando el edificio.

Le cuesta un mundo mirarme, por fin, a mí.

—¿Sabes lo orgulloso que estoy de ti? —confiesa más que pregunta, con los ojos anegados en lágrimas que no quiere derramar.

La garganta se me cierra. Afirmo con la cabeza porque no puedo hablar.

Sus brazos me rodean y es como si, por un instante, no tuviera diecinueve años y estuviera partiendo hacia una nueva vida. Es como si volviera a tener ocho y me diera miedo quedarme sola en el pasillo de casa.

Y, por primera vez en semanas, lo abrazo con fuerza hasta que me separa. Me acomoda un mechón de pelo tras la oreja y me da un beso en la frente.

—Llámame esta noche, ¿quieres? Bueno, llámame a todas horas. Te echaré mucho de menos, mi pequeña…

Me lanzo a su cintura y entierro la cara en su pecho.

—Gracias, papá.

No dice nada. Solo me aprieta un poco más antes de volver a soltarme.

—Anda, entra o te llevaré de vuelta al coche.

Nos reímos los dos, sorbiendo por la nariz, y sé que ha llegado la hora. Cojo la maleta y entro por las puertas de mi nueva realidad.

El Hill College House huele a moqueta antigua —de un azul marino con manchas que no quiero mirar demasiado—, detergente y nervios adolescentes.

Las paredes están empapeladas de carteles de bienvenida, mapas del campus, actividades propuestas por diversas organizaciones y teléfonos de contacto para todo tipo de clases de refuerzo.

Hay estudiantes por todas partes, en pijama, en chándal, en vaqueros rotos, con cajas de cereales en las manos y bolsas del súper bajo el brazo. Hay un chico bajando por las escaleras con una planta más grande que él. ¿En serio la gente decora con vegetación su habitación?

Subo al segundo piso en un ascensor compartido con residentes que se ríen y se pisan hablando de sus vacaciones de Navidad. Cuando llego a mi planta, soy la única que baja; doy un paso con dificultad, puesto que las piernas me pesan como si cargara piedras. Respiro. Una, dos, tres veces.

«Mia, este es tu momento».

Los números están marcados en la parte superior de cada puerta con un simple cartel metálico.

213.

214.

215.

Me planto frente a ella y respiro hondo antes de enfrentarme a lo que hay dentro. Voy a agarrar el pomo, pero me fijo en que la puerta está entornada, así que golpeo dos veces con los nudillos antes de abrirla y entrar.

Lo primero que veo es una cama ya ocupada.

Maletas abiertas, ropa colgada en una silla y una taza de café medio vacía en uno de los dos escritorios que hay en la habitación.

Luego aparece ella, de lo que supongo que será el lavabo —sí, he conseguido una habitación con baño propio y no compartido, de algo tenían que servir los contactos de mi padre…

—: una chica morena, con ojos almendrados y una melena perfecta que parece recién planchada de peluquería.

Va vestida con una camiseta corta con el logo de los Phillies y unos vaqueros rotos por la rodilla.

Está descalza, aunque camina como si llevara tacones invisibles.

—¿Mia?

—Sí. Hola. —Intento sonreír, pero me tiembla hasta la mandíbula.

—Soy Brooke —Ella sí estira los labios sin esfuerzo y se acerca a mí para abrazarme como si ya fuéramos BFF—. Compañera de habitación y guía personal si no te caigo mal. ¿Todo bien?

—Sí, creo que sí —respondo, mientras miro alrededor, buscando el resto de mi equipaje que veo alineado junto a la pared cerca de lo que supongo que será mi cama—. Me dijeron que las traería el chófer esta mañana. —Señalo a las maletas.

—Ajá. Llegaron hace horas. No he tocado nada, tranqui. Por lo que veo, ¡te has traído el vestidor entero! Si te hubieras olvidado la ropa interior, no me habría importado prestarte un par de tangas.

Parpadeo. Luego río, a medias.

—Gracias… Supongo.

—¿Es tu primer año?

—Sí. Empiezo ahora el segundo semestre. Antes estudiaba desde casa.

Arquea las cejas y abre mucho los ojos, más que sorprendida.

—¿Rollo elección personal o por algún otro motivo?

—Por sobreprotección —me sincero sin siquiera pensarlo.

—Oh. —No dice más. Solo me sonríe, como si entendiera que hay historias que no hace falta diseccionar. Agradezco que no quiera sacar más información del asunto.

—¿Y tú? —le pregunto mientras dejo la maleta de mano sobre mi cama y empiezo a deshacerla.

—Segundo año. Estudio Comunicación. En plan: periodismo, redes, medios… ya sabes. Dicen que es una carrera de flipadas, pero a mí me mola. ¿Tú?

—Enfermería.

—¡Guau! Vas a ir directa al cielo —exclama emocionada, como si la elección de mi carrera fuera algo excepcional.

—O al colapso mental, según lo que leí del temario —reniego con ironía.

Se ríe. De verdad. Y a mí me da un vuelco el corazón porque, jolín, Brooke me trata con normalidad, como si no fuera a romperme de un momento a otro o como si fuera interesante y supiera, desde el minuto uno, que seremos grandes amigas.

—Va, cuando termines de colocar la ropa, te enseño la zona. Ya verás, el campus es precioso, aunque ten cuidado con las ardillas; parecen monas, pero tienen alma de asesinas.

Y así pasa mi primer día como universitaria: entre el parloteo alegre de Brooke, césped, pasillos, nuevos nombres, nuevas caras y el aroma persistente a café barato que parece flotar por todas partes.

El primer día de clase no es menos abrumador, aunque gracias al tour de Brooke, no me parece todo tan desconocido. Las primeras clases son introductorias, pero, aun así, tengo la sensación de que alguien me ha arrojado a una piscina sin que tuviera tiempo de avisar que no sé nadar demasiado.

Todo el mundo parece saber dónde ir, cómo funciona todo; yo solo intento no parecer una turista perdida.

Al final del día, cuando salgo de la última asignatura, Brooke me está esperando en la puerta de clase.

—¿Vamos a comer? Si no le meto algo de gasolina al cuerpo, me desmayo. Además, tengo que presentarte a las verdaderas joyas de la uni: las cafeterías.

Asiento. Necesito sentarme sin tomar apuntes. Y respirar. Y ponerme una tirita en el dedo corazón, que me duele horrores de escribir rápido y mal. Creo que mi caligrafía se verá afectada por querer apuntar todo y no dejarme nada.

Entramos en un local luminoso, con paredes de ladrillo visto, lámparas metálicas y mesas de madera donde se agolpan estudiantes, portátiles, libros subrayados y vasos de cartón.

Brooke me guía hasta la barra con total confianza.

—¡Ey, Caleb! —le dice al camarero—. Lo de siempre para mí y lo que quiera la novata.

—Un té, por favor —murmuro, algo intimidada por el bullicio.

—¡Y dos bagels con aguacate! —añade Brooke con una sonrisa coqueta en la cara.

Le tira un beso al camarero y este se ríe por lo bajo y niega con la cabeza, como dejándola por imposible—.

Perdona, que no te he preguntado: ¿te gusta el aguacate?

¿Y los bagels? —Pone cara de circunstancia, estoy viendo que debe ser de las de pedir perdón antes que permiso.

—Sí, tranquila, me gusta casi todo. Y si ya le ponemos un poco de salmón a la combinación estará de muerte —me sorprendo, siguiéndole la corriente.

—¡Pero bueno! Nos ha salido sibarita la chica. ¡Caleb! ¡Añade salmón que hoy tiramos la casa por la ventana! —le grita al camarero que está dentro de la pequeña cocina que hay detrás de la barra.

No espera a que salga con nuestro pedido, se gira hacia las mesas, escudriñando a los clientes.

—Oh, ¡ahí están! —Señala con la barbilla hacia una esquina, donde hay una mesa con cuatro personas—. ¿Te importa si nos sentamos con ellos?