Capítulo 5 #2
Me mordí los labios y me los presioné con un puño; seguí el sonido de sus pasos, que se acercaban a mí.
No me di cuenta de cuándo despidió al cartero.
Cuando estuvo a mi lado, dejó el sobre encima de la mesa con lentitud, como si fuera algo muy frágil que se fuera a desintegrar si no lo trataba con delicadeza.
—Mia. —Anne pronunció mi nombre en un susurro que hizo que el corazón se me saltara un latido.
Miré la carta.
Pestañeé un par de veces por si se trataba de una visión; algo que anhelaba tanto que mi cerebro había imaginado. Y nada más lejos de la realidad; tenía frente a mí un sobre blanco, no muy grueso, con mi nombre escrito con tinta negra y un logo en relieve: el de la Universidad de Pensilvania.
Me puse de pie tan rápido que casi tiré la silla al suelo. Mi corazón empezó a golpearme el pecho como si quisiera escaparse, como si supiera que lo que estaba a punto de leer cambiaría mi vida para siempre.
Anne me observaba, aferrada al respaldo de la silla, con la misma incertidumbre que yo.
—¿No vas a abrirlo? —instó al ver que no me atrevía ni a tocar la carta.
Respiré hondo, extendí la mano y, al fin, toqué el sobre. Era suave y firme. Frágil y poderoso a la vez. Un simple pliego de papel que contenía una respuesta que definiría mi futuro.
Mis dedos se cerraron alrededor de la solapa que despegué con cautela. El papel que contenía estaba cuidadosamente doblado en tres partes. Lo deslicé fuera, temblorosa, y pasé la mirada por el encabezado.
«Nos complace informarle que ha sido admitida en la Universidad de Pensilvania».
La respiración se me atascó en la garganta.
Mi visión se nubló.
¡Lo había conseguido!
Un sollozo se me escapó sin permiso. Me llevé la mano a la boca mientras las lágrimas empezaban a correr libremente por mis mejillas.
—¿¡Qué!? ¡Dime! ¿Qué dice? —preguntó Anne con impaciencia.
Intenté responder, pero solo salió un sonido ahogado. Le tendí la carta, incapaz de formar una frase coherente.
Cuando sus ojos recorrieron las líneas, su rostro se iluminó.
—¡Mia!
Al siguiente segundo, me abrazaba con fuerza, gritaba conmigo y empezamos a saltar y a girar en un torbellino de emociones que nos envolvió por completo.
Reí, lloré, apreté la carta contra mi pecho.
Por primera vez, mi futuro me pertenecía.
—¿Qué es este jolgorio? —Ese fue el momento que terminó con nuestra euforia; la alegría duró lo que tardó mi padre en entrar en casa. Estábamos formando tanto jaleo que siguió nuestros gritos hasta la cocina.
De repente, una nueva angustia se me anidó en la garganta. ¿Y si ahora que podía rozar con los dedos lo que tanto anhelaba, él cambiaba de opinión y se negaba a dejarme marchar?
¿Podía hacerlo? No sabía si aguantaría que eso sucediese. Ahora no.
Noté cómo emblanquecí, cómo empezó a temblarme el cuerpo de pavor. Anne me sujetó de la cintura con un brazo y me apretó la cadera con disimulo. «No te preocupes, estoy aquí contigo», me decía ese toque. Me apresuré a secarme las lágrimas de felicidad y sostuve la carta con más fuerza.
No iba a esconderla.
Tenía que saberlo.
Papá se acercó a nosotras. Tenía los sentidos agudizados y el sonido seco de sus zapatos contra las baldosas de la cocina me llegó ampliado, incluso el roce del abrigo al quitárselo. Dejó las llaves sobre la mesa y arqueó una ceja al vernos con una expresión que probablemente revelaba demasiado.
Me enderecé de inmediato.
—¿Qué pasa aquí? —preguntó al fin, después de un exhaustivo análisis de la situación.
Le tendí la carta sin decir una palabra.
No aparté la mirada de su rostro mientras la leía.
Durante unos segundos, no mostró ninguna emoción, pero entonces su expresión se endureció.
—Creo que se han equivocado.
Mi estómago se encogió.
—¿Equivocado? —pregunté con la voz temblorosa—. ¿En qué?
Mi padre alzó la vista, con la carta entre sus dedos como si le quemara.
—En esto. —Señaló la línea que decía «Facultad de Enfermería».
Anne, que hasta el momento había permanecido en silencio, respiró hondo.
—Señor, yo…
Él levantó una mano, indicándole que no interviniera.
Mi piel se erizó.
—Papá, no hay ningún error. No quiero estudiar Económicas…
—En ningún momento hablamos de ello. Una cosa es que te vayas a la universidad y otra que cambies de carrera. Habíamos decidido que tu futuro…
—No —lo corté—. «Tú» lo habías decidido, no yo —puntualicé envalentonada. De perdidos al río—. Siento no habértelo dicho, siento que te hayas enterado así. Quiero ser enfermera, papá. Es a lo que me quiero dedicar. No me interesa tu empresa. Lo siento…
Se le tensaron los músculos de la mandíbula.
—Esto es inconcebible. Ya has cursado un semestre. ¡Has sacado buenas notas! Pensé que estábamos de acuerdo. Nunca me dijiste que no. Has tenido todo lo que necesitas para estudiar.
—Tampoco te dije que sí, papá —murmuré con la mirada fija en el suelo.
Me dolía decepcionarlo, sin embargo, era mi vida, mi futuro.
Y ahora no iba a renunciar a ello—. Económicas era lo que tú creías mejor para mí, no lo que yo quería estudiar.
—Finalicé la frase clavando los ojos en los suyos.
No iba a mostrar debilidad en mi decisión.
Sus dedos se crisparon en torno al papel, apretó los labios y, luego, despacio, soltó el aire que estaba reteniendo.
—¿Por qué enfermería? No es una carrera fácil.
—Ninguna lo es, ¿no? —Sonreí para quitar hierro al momento.
—¿Lo haces por lo que te pasó?
Anne me miró con un destello de preocupación en los ojos.
—Esto no va sobre mi enfermedad —dije con firmeza—. Esto va sobre mi vida.
Silencio.
Silencio.
Silencio.
Mi padre no estaba acostumbrado a que lo desafiara.
Respiré hondo, tratando de no romperme.
—Papá, es lo que quiero. Por favor, déjame elegir…
Sus ojos oscuros me estudiaron con detenimiento. Por primera vez, vi la sombra de algo parecido a la resignación.
No me respondió de inmediato. Solo suspiró, desvió la mirada y finalmente dejó la carta sobre la mesa.
—Si cambias de idea…
—No lo haré.
Otra pausa y un asentimiento seco. Luego, vino la frase que me desarmó por completo.
—Entonces espero que seas la mejor de todas. Si no, no lo hagas.
No lo dijo con frialdad. Tampoco sonó a amenaza ni a exigencia, sino como un deseo. Como un empujón desde el cariño de alguien que no sabía cómo dejar ir a la persona que más quería en la faz de la tierra.
Soltó un suspiro, bajó la mirada un segundo y luego se acercó a mí, me rodeó los hombros y apoyó la frente en la mía, como cuando era pequeña y no hacía falta decir mucho más para que todo estuviera bien.
—Lo estoy intentando, hija. Poco a poco, pero lo intento —murmuró, con la voz más baja de lo habitual.
Me tragué las lágrimas. El corazón se me encogió con esa mezcla rara entre alivio y ternura que se cuela cuando uno se da cuenta de que un padre también es humano.
—Lo sé, papá. No sabes cuán agradecida estoy por ello. No te decepcionaré, te lo prometo.
Él sonrió, con timidez. Una de esas muecas que no enseñan los dientes, pero dicen más que un discurso, y terminamos por abrazarnos como dos personas que empiezan a encontrarse otra vez después de mucho tiempo sin reconocerse.