Capítulo 5
La admisión
Recuerdo el momento exacto en que la suavidad del sobre y el ligero peso que contenía alteraron para siempre el rumbo de mi futuro. De pronto, mi mundo dejó de ser gris: aparecieron colores de la nada, los más brillantes que había visto nunca.
Esa mañana pasó como una cualquiera: liada con las clases online y las extra con los profesores que me ponía mi padre.
Sin embargo, estaba inquieta. Quizá era el tiempo, lluvioso, helado y apagado, que me hacía tener aquel nudo en el estómago, como si presintiera que algo —no sabía si bueno o malo— iba a suceder.
O puede que fuera porque Joe me había vuelto a escribir y a llamar infinitas veces, como había hecho cada día desde el dichoso suceso; sin embargo, aquel día quizás me molestó más de la cuenta.
No le había respondido ni una sola vez. Lo había ignorado adrede.
Ghosting en toda regla. No se merecía menos.
Mi padre no me había vuelto a hablar de él; eso me confirmaba que Joe no había abierto la boca ni le había explicado nada raro sobre lo que pasó aquel día a su jefe.
Aunque era evidente que estaba nervioso por si yo lo hacía y lo ponían de patitas en la calle, que es lo que pasaría si mi padre se enterara de lo que hizo.
Para mí, Joe había significado el inicio de un despertar.
Empecé a sentirme una muchacha de diecinueve años, y no una joven muerta en vida, cuando él me sacó de casa.
Sin embargo, también fue un mazazo saber que, en realidad, no le importaba lo más mínimo.
Me había utilizado para lograr ascender en la empresa, nada más.
Fui un simple medio para un premeditado fin.
Ni siquiera había pretendido una amistad real, y ya no hablemos de algo más…
Me había hecho sentir como un objeto y ahora me encontraba con una inseguridad más a mis espaldas.
¿Cómo sabría cuándo alguien podría tener un interés real por mí?
Anne me aseguraba que no todas las personas que iba a conocer serían como Joe. No todos serían parásitos. Ella tenía muchísima más experiencia que yo y debía creerla, pero me resultaba muy difícil.
—Lo que tienes que hacer es cerrar ese capítulo de tu vida, Mia —me decía—. Cógele el teléfono, deja que te explique lo que quiera que te tenga que contar, que se quede tranquilo y, cuando haya terminado, mándalo a hacer puñetas —exigía con enfado en la voz.
—Debería, ¿verdad? —Dudaba de todo—. Ay…
Anne. Es que, aunque se ha portado mal conmigo, no quiero ser rencorosa.
Mi padre me ha dicho por activa y por pasiva que es muy buen trabajador e, independientemente de lo que me hizo, no quiero que se quede sin empleo.
Si mi padre se llegara a enterar de cómo me trató, no volvería a trabajar en su vida y me sentiría mal si fuera así —le confesé la última vez que hablamos del tema.
—Mi niña… —Me abrazó y, entre sus brazos, me calmé un poco—.
Si es que tienes un corazón enorme. —Me separó de su pecho y me cogió por los hombros—.
Mira, yo a ese no le perdonaba nada. Si es tan buen profesional como dice tu padre, no tendrá problema en encontrar otro trabajo.
Entiendo que no quieras interferir en su carrera laboral; no obstante, ten claro que si alguien tiene que cargar con las consecuencias de lo que pasó, no eres tú.
»Habla con él y dile que te deje en paz.
Asegúrale que no tienes intención de decirle nada a tu padre y que su trabajo está a salvo, pero que se olvide de ti, que no vuelva a contactar contigo o te verás obligada a contárselo y el único que saldrá perdiendo será él.
Es la única manera de que te deje en paz.
No pude hacerlo hasta unas semanas más tarde. El mismo día que fui admitida como alumna en la Universidad de Pensilvania, una de las universidades de la Ivy League.
Recuerdo estar dando vueltas por mi habitación como un tigre enjaulado, mientras el teléfono sonaba incesante encima del escritorio. El nombre de Joe parpadeaba en la pantalla. Otra vez.
Anne apareció en la puerta, se apoyó en el marco y cruzó los brazos, en silencio, esperando una reacción por mi parte que no llegaba. Al final, exhaló, impaciente, y me exigió que respondiera.
—No puedes seguir evitándolo, Mia —dijo en voz baja, con ese tono que mezclaba firmeza y cariño a partes iguales.
—¿Y si le da la vuelta a todo? ¿Y si me acaba metiendo en un lío con mi padre? —Los nervios me carcomían y la inseguridad se me hacía una bola difícil de tragar.
Anne se acercó a mí y me instó a sentarme al borde de la cama.
—Ya le paraste los pies en su día. Mia, eres fuerte y valiente; no veo el motivo para no hacerlo de nuevo.
Me levanté y cogí el móvil del escritorio para volver al lado de Anne. Apreté tanto el aparato que me ardían los dedos.
Cogí aire.
Me autoconvencí de que debía hacerlo.
Asentí con decisión y descolgué el teléfono, en el que ya contaban más de nueve llamadas perdidas.
—Mia. —Su voz apareció al instante, ansiosa, nerviosa—. Gracias. Pensé que no ibas a contestar nunca.
No dije nada. Ni una palabra de cortesía.
—¿Estás bien? —añadió—. He estado muy preocupado.
—¿Qué quieres, Joe? —pregunté, sin adornos, sin rodeos.
—Solo… saber si has hablado con tu padre. Si… si le has contado algo.
Ahí estaba el puñal que más me dolía. Solo tenía interés en saber si perdería el trabajo.
—No —respondí con los dientes apretados—. Y no pienso hacerlo.
Guardó silencio durante unos segundos. El alivio se le notó hasta en la respiración.
—Mia… lo de aquella noche… no fue lo que pareció. Estaba alterado, presionado por el trabajo, por lo que tu padre espera de mí, por…
—No sigas por ahí, Joe —le corté. Me aferré con más fuerza a los bordes del teléfono y noté cómo se me helaban las manos.
Anne me alentó con un apretón en la rodilla.
Me temblaba la mandíbula, pero no iba a llorar.
No ahora—. Ni se te ocurra justificarte o tergiversar lo sucedido, porque lo que pasó fue exactamente lo que parecía, y si no te hubieran detenido…
—La cruda voz de Easton resonó en el recuerdo de aquella noche e interrumpí mi discurso.
No quería verbalizarlo. No quería darle el poder de revivirlo.
El silencio se volvió denso. Incómodo.
—Mia, estaba bajo mucha presión. Me equivoqué, ¿vale?
—No —repetí, sin dudar—. No fue un error, Joe. Fue una decisión. Y si ahora tienes que cargar con la culpabilidad, el remordimiento o el miedo a perder lo que tanto buscas, es tu problema. Carga solito con ello.
Oí cómo tragaba saliva al otro lado de la línea.
—No voy a contar nada —continué—. No porque te lo merezcas, sino porque no quiero saber nada más de ti.
Solo quiero olvidarte y seguir con mi vida.
Si le cuento a mi padre lo que pasó, no podré deshacerme de ti; te tendré por aquí, dando explicaciones, pidiendo perdón e inventando excusas. Y yo no quiero nada de eso.
Silencio.
Luego llegó su intento de recuperar terreno. Era el típico individuo que debía tener el control, la última palabra y quedar por encima de todos.
—¿Podemos hablar en persona? Solo para aclarar las cosas. Un café. Diez minutos. Deja que me disculpe como es debido.
Solté una risa sardónica.
—¿Como es debido? ¿En serio, Joe? —cuestioné con dureza—.
¿No lo entiendes? —espeté, sintiendo cómo la rabia me subía por la garganta—.
O me dejas en paz, o me va a dar igual que pierdas tu trabajo, tu reputación o lo que sea.
No me llames más. No me escribas. No me busques.
No quiero saber nada de ti. Nunca más. ¿Te ha quedado claro?
Suspiró y lo escuché asentir bajito.
—Hasta nunca, Joe.
Colgué y me quedé allí, con el móvil aún en la mano, escuchando el eco de mis propias palabras y el abrazo reconfortante de Anne.
No me derrumbé. No lloré.
Solo sentí una calma profunda y una certeza fría y firme: había cerrado la puerta. Y no pensaba volver a abrirla.
Independientemente de eso, la inquietud se hacía más grande a medida que avanzaba el día.
Según mi estricto horario, en ese preciso momento debería empezar con el ensayo en el piano, sin embargo, no me apetecía, así que me salté mi propia agenda y me fui a la cocina; quizá hablar con Anne me calmara.
Se extrañó al verme, pero no me dijo nada.
Me dejé caer, en silencio, en una de las sillas de la mesa y ella, sin siquiera preguntar, me sirvió una taza de té y se sentó frente a mí.
Se puso a revisar papeleo mientras yo intentaba, sin demasiado éxito, centrarme en remover la tisana sin darle muchas vueltas a las emociones que me bullían dentro.
Desde fuera podía parecer la típica escena perfecta de tarde de lluvia y grata compañía, una calma que en cualquier otro momento me habría parecido reconfortante, no obstante, aquel día, todo en mí eran nervios y anticipación.
—¿Todavía estás inquieta por la conversación con Joe? —inquirió Anne, preocupada por mi evidente angustia—. Lo has hecho de maravilla, cielo. Estoy convencida de que no volverá a llamarte.
—No, no es eso. Es que tengo un nudo en el estómago, no sé por qué y no puedo deshacerme de él.
Unos golpes en la puerta trasera, por donde acostumbraba a entrar el servicio y el resto del personal, interrumpieron nuestra conversación. Me dio un vuelco el estómago y el corazón. Miré a Anne con los ojos abiertos como platos y, seguramente, que con una expresión de pánico en la cara.
—Tranquila, a ese individuo no se le ocurrirá aparecer por aquí. Tiene demasiado que perder —intentó tranquilizarme—. Probablemente será el cartero.
Se levantó con calma y dio paso al portador de mi destino. El mensajero que me traía las mejores noticias de mi vida.
Cuando vi que Anne recogía un sobre y se giraba hacia mí con una sonrisa que no le cabía en la cara, supe lo que era. Lo sentí en la piel. No esperaba la carta con tanta rapidez; aún faltaban días para la fecha estimada.