Capítulo 4 kriptonita #2
Su honestidad me desarmó por completo. Me quedé mirándola, y por un segundo, estuve tentado de aflojar mi animadversión hacia ella.
Casi pude verla sin mi escudo anti-Mia y sentí que podía ver más allá de la fachada que me obligaba a proyectar de ella.
Pero antes de que pudiera procesarlo, mamá volvió a entrar en la cocina con un sobre en la mano.
—Easton, ¿puedes llevar esto a correos antes de irte? —me preguntó despreocupada, diluyendo la tensión que se había instalado entre Mia y yo.
—Claro —respondí, con dificultad para dejar de mirar a mi kriptonita.
—Gracias, cielo. —Mamá me sonrió y luego se dirigió a Mia—. ¿Todo bien por aquí?
Mia asintió, aunque parecía distraída. ¿Se habría puesto triste por no obtener su respuesta?
—¿Te has decidido ya a escribir a la universidad? —intervino mamá de nuevo, y otra vez volví a sentir esa presión en el estómago—. Creo que es la mejor opción para ti, Mia.
«Por favor, que elija otra universidad. No puedo tenerla allí siempre…»
—Seguro que sí —respondí con inquina, al tiempo que cogía la mochila del suelo—. Si puedes entrar, claro —puntualicé en un murmullo.
Mia alzó la cabeza de golpe y su mirada se encontró con la mía. Había algo en su expresión que me hizo detenerme: no era vergüenza ni inseguridad. Era algo más fuerte, casi desafiante.
—Si no pudiera entrar, ni me lo plantearía —dijo, con un tono firme, muy distinto al que había utilizado hacía unos minutos y que logró sorprenderme.
—¿Ah, sí? —repliqué, arqueando una ceja. Me forcé a parecer incrédulo.
—Sí. He tenido buenas notas este semestre, estudiando Económicas online.
He hecho, aparte, algunos cursos sueltos de anatomía y patología.
Además, ya tengo experiencia en investigación gracias a los proyectos que hice en biología molecular en el último curso de instituto. Así que, sí, cumplo con el expediente.
El orgullo en su voz era palpable y, por un momento, me quedé sin palabras. No porque dudara de lo que decía, sino porque no esperaba esa reacción de alguien que siempre había parecido tan… contenida.
—Vaya, ¿quién lo diría? —comenté con fingida indiferencia, queriéndole devolver el comentario que me había hecho anteriormente, pero mis palabras no tuvieron el efecto que esperaba. Mia levantó la barbilla, y la determinación en sus ojos hizo que mi intento de burla se desvaneciera.
—Easton, si no quieres que te cierren la boca, no provoques —intervino mamá desde la encimera.
—Yo no...
—No intentes terminar la frase, jovencito —me cortó—. Sí, lo haces. Siempre lo haces —me miró con una mezcla de exasperación y orgullo, como si estuviera agradecida de que Mia no se dejara intimidar.
No dije nada. Solo rebufé, aparté la mirada y me despeiné de nuevo. ¿Por qué me sentía como el malo de la película en mi propia vida?
Mia, que no había vuelto a intentar participar en la conversación, se centró de nuevo en el portátil, aunque no me pasó desapercibido cómo sus labios se curvaban hacia arriba. Era una sonrisa pequeña, apenas perceptible, pero estaba ahí, como si acabara de ganar una pequeña batalla.
—Entonces, ¿qué opinas? —preguntó mamá, dirigiéndose a mí.
—¿Sobre qué?
—Sobre lo que dice Mia. ¿Crees que tiene posibilidades?
Sabía lo que estaba haciendo. Quería que relajara un poco el ambiente después de haber sido tan borde. Me lanzó una mirada que decía «responde con cuidado» y, aunque odiara admitirlo, tenía razón, me había pasado y tenía que suavizar mi ataque.
—Tiene posibilidades —admití, aunque más seco de lo que debería.
—Gracias —respondió Mia, sin mirarme.
La tensión en la habitación se disipó un poco, pero no lo suficiente como para que me sintiera cómodo.
—Bueno, me voy ya, que si no se me va a hacer tarde —me despedí mientras me colgaba bien la mochila en la espalda y cogía el sobre de mi madre.
—Te acompaño fuera, cariño. —Mamá se sujetó a mi brazo y recostó la mejilla en mi pecho, no sin antes lanzarme una mirada de agradecimiento.
—Adiós, Mia. —La miré con intensidad, no quería que pensara que, aunque hubiera tenido que rebajar el tono por complacer a mi madre, mi actitud hacia ella hubiera cambiado un ápice.
Ella también me miró, sin embargo, esta vez no apartó la vista. No supe si fue por la discusión o porque simplemente no le importaba. Y eso me irritó más de lo que debería.
Al llegar al coche, mamá se quedó junto a la puerta del conductor, con los brazos cruzados y una expresión que no prometía nada bueno.
—Easton. —Cuando pronunciaba mi nombre de ese modo, temía lo que podía salir de su boca. Era el típico tono de: «te voy a pedir algo y no me puedes decir que no».
—¿Qué? —Soné hastiado y no quise disimularlo.
Me fulminó con la mirada y dijo más que con palabras: «No intentes hacerte el tonto conmigo».
—Quiero que me escuches con la misma atención con la que haces todo lo demás —advirtió, con las cejas elevadas y los ojos muy abiertos. Solo le faltó señalarme con el índice.
—¿Qué pasa ahora? —Me crucé de brazos y me apoyé en la carrocería, esperando cualquier cosa.
—Si Mia termina yendo a la Penn…
—Mamá, por favor. —Levanté las manos y la corté antes de que terminara. Pero ella no retrocedió, como siempre.
—Déjame terminar. Si Mia va a tu universidad, quiero que la cuides.
Acabáramos. Por ahí sí que no pasaba.
—¿Cuidarla? —repetí, incrédulo. Dejé caer las manos a los costados y sentí una mezcla de incredulidad y rabia que crecía en mi pecho—. ¿De verdad me lo estás pidiendo?
—Por supuesto que sí. —Ahora fue ella la que se cruzó de brazos y hasta elevó la barbilla. Dio un paso adelante y me miró, muy seria, a los ojos—. Es la primera vez que tendrá algo de libertad, Easton. Nunca ha estado sola y, aunque no lo parezca, está asustada.
—Pues que se acostumbre.
Imprimí un tono más cortante de lo que debería, pero no me importó. Estaba harto de aquello.
—No es justo —continué. Abrí los brazos, casi desesperado—. Siempre la has puesto por delante de todo, mamá. Sobre todo de mí.
—Eso no es verdad.
—Sí lo es —elevé la voz. Sabía que ese tema me sulfuraba.
Ella suspiró y se frotó la frente, como si estuviera buscando las palabras correctas.
—No estoy diciendo que seas su niñera, Easton. Solo quiero que... estés pendiente de ella. Por si necesita algo —me pidió, esta vez con suavidad.
—¿Por qué yo? ¿Por qué tiene que ser mi responsabilidad?
El silencio que siguió fue ensordecedor. Mamá me miró con tristeza, pero no dijo nada. Fui yo quien lo rompió, aunque hablé con más calma esa vez.
—No puedo contigo, mamá. No puedo cuando me miras así. No te prometo nada, ¿de acuerdo?
—Es suficiente con que no te niegues. Sé que te tendrá.
Rodé los ojos y negué con la cabeza mientras abría la puerta del coche. Antes de entrar, la miré una última vez.
—Adiós, mamá. Te llamo cuando llegue.
Nos abrazamos por última vez y me senté frente al volante. Cerré la puerta con más fuerza de la necesaria y arranqué el motor. Pero incluso cuando estaba en la carretera, las palabras de mamá seguían dando vueltas en mi cabeza.
Cuidar de Mia.
¿Por qué? ¿Por qué siempre tenía que ser ella?