Easton Davis me (odia) quiere Capítulo 4 kriptonita
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Capítulo 4 kriptonita

Empujé la puerta trasera de la casa de los Astor con una sonrisa.

Aunque en Nueva York el ambiente estuviera viciado, la mañana se me antojaba como si alguien hubiera abierto todas las ventanas de una habitación con el aire cargado.

Por fin volvía a la facultad tras unos días de descanso.

Intentaba viajar a Nueva York para ver a mi madre siempre que los estudios me lo permitían, aunque desde la última vez que lo hice y me crucé con Mia, cosa inesperada porque hasta ese momento esa niña nunca salía de su casa, solo pensaba en regresar a Pensilvania.

Estar lejos de Mia era todo lo que necesitaba.

La cocina, como siempre, estaba llena de vida.

Mamá estaba junto a la encimera, revisando un papel tras otro con la eficiencia de alguien que había pasado años organizando aquella mansión.

No pude evitar sonreír al verla. Era el ancla que nunca fallaba, el centro alrededor del cual todo parecía girar.

—Buenos días, mamá.

Ella se giró con una sonrisa radiante.

—¡Easton! Pensaba que ya te habías ido.

—No sin despedirme de ti. —Dejé la mochila que llevaba colgada de un hombro en la silla más cercana y me acerqué al fregadero para servirme un vaso de agua—. ¿Todo bien por aquí?

—Perfecto, como siempre.

Pero su sonrisa se tambaleó un poco, lo suficiente para que me diera cuenta de que pasaba algo. Antes de que pudiera preguntar, mi mirada se detuvo en la mesa auxiliar que había frente al ventanal que daba al patio trasero. Y la vi: Mia.

Estaba inclinada sobre un portátil, con el cabello recogido en una coleta que dejaba al descubierto su cuello.

Llevaba un jersey enorme que parecía tragársela, pero aun así, había algo en su postura que la hacía parecer...

vulnerable. Mis ojos se encontraron con los suyos y su reacción fue inmediata: sus mejillas se tiñeron de rosa y sus labios se entreabrieron como si quisiera decir algo.

Se me borró la sonrisa que traía.

—Ah, ¿tú por la cocina?

Mi tono fue seco, cortante. Vi cómo su cuerpo se tensaba y bajaba la mirada al portátil como si de repente fuera lo más interesante del mundo.

—Estamos mirando opciones para la universidad —intervino mamá, que me fulminó con la mirada, aunque utilizó ese tono ligero que siempre usaba para intentar calmar las aguas.

—¿Universidad? —repetí. Arqueé una ceja mientras me apoyaba en el borde de la encimera.

—Sí, Mia está explorando algunos programas para el grado de enfermería.

—¿Enfermería? —repliqué, con un tono afilado que no intenté ocultar. Dejé el vaso en el mármol y me crucé de brazos.

—Anne dice que la Universidad de Pensilvania tiene un programa excelente —fue Mia la que respondió, con amabilidad.

La información me dejó casi noqueado. «¿Pensilvania? ¿En serio?». Ni hablar, no iba a ir a mi universidad. Que se buscara otra.

—Tiene el mejor programa, pero no es para cualquiera —informé, quizá con más altanería de la esperada.

Mia levantó la barbilla y sus ojos me desafiaron directamente. Por un segundo, me olvidé de dónde estábamos.

—¿Intentas decirme que es demasiado para mí? —soltó indignada.

«Vaya, vaya, la gatita saca las uñas…». Aunque no me hice el sorprendido por su reacción, en lugar de eso, dejé que una sonrisa burlona se curvara en mis labios.

—Claro, puedes probar a mandarles una solicitud de admisión, no pierdes nada.

—Easton, basta —dijo mamá, mientras doblaba unos papeles con más fuerza de la necesaria—. Córtate un poco, no hagas eso.

—No estoy haciendo nada. —Puse mi mejor cara, la de no haber roto un plato en la vida.

—Sí que lo haces. Para, Easton —me reprendió.

Suspiró y dejó los papeles en la encimera. Luego se sentó junto a Mia y señaló el portátil.

—Si vas a criticar, al menos aporta algo útil —me recriminó para zanjar el asunto y que fuera un poco más amable.

—Yo no estoy criticando —dije, aunque mi tono indicara lo contrario—. Solo estoy siendo realista.

Mia me lanzó una mirada que podría haber congelado el infierno.

—Tú estudias allí, ¿verdad? —preguntó entrecerrando los ojos, como si sopesara la posibilidad.

—Sí. —Seco y cortante, sin más. No quería darle espacio para que me siguiera preguntando.

Ella parpadeó, sorprendida.

—Pues tu madre tiene razón. ¿Algo que aportar?

Vaya, o no había pillado la indirecta de mi respuesta o le importaban tres pimientos mis ganas de no darle más información.

No respondí de inmediato, así que su pregunta flotó en el aire y sentí cómo el peso de su atención se clavaba en mí. Al final, respiré hondo y me resigné.

—Es que no sabría qué decirte. Yo estudio Medicina.

Su reacción me dejó casi fuera de juego. Curvó una sonrisa, elevó las cejas y me repasó de arriba abajo.

—Ya… Anne me lo había dicho —hizo una pequeña pausa antes de soltarlo—, aunque nadie lo diría…

Lo dijo casi masticando las palabras.

—Ah, ¿no? —inquirí sin dejar pasar el comentario—. ¿Y eso por qué?

—No sé. Es que… no lo parece.

Ahí estaba. Mis músculos se tensaron y sentí cómo el poco humor que me quedaba al entrar a saludar a mi madre se desvanecía por completo.

—¿Y cómo se supone que debería parecer alguien que estudia Medicina?

Se mordió los labios y se encogió de hombros. Su silencio me irritó más de lo que debería.

—Easton, por favor —intervino de nuevo mamá con firmeza, ya muy cansada de mi actuación—. ¿Tienes que comportarte siempre así con ella? ¿De verdad tienes que hacerlo?

—¿Hacer qué? —repliqué un tanto chulo.

—Provocarla. —Me miró muy seria y al borde de saltarme a la yugular.

Suspiré y me pasé una mano por el pelo. Era inútil discutir con ella.

—De acuerdo, perdón. Intentaré controlarme.

Mia me miró de reojo, como si quisiera decir algo sin atreverse, pero mamá se le adelantó.

—¿Por qué no le cuentas algo útil sobre la universidad? Podrías darle algunos consejos. —De repente se le había pasado todo el enfado y hablaba con un entusiasmo renovado.

—No creo que quiera consejos de alguien que no parece estudiar medicina. —Si es que no podía contenerme. Lo intentaba, pero era superior a mí.

—Easton… —me advirtió mamá, y su tono no dejó lugar a dudas. Me estaba pasando y su paciencia se estaba agotando.

Respiré hondo y me esforcé por relajar los hombros.

—Está bien. Si realmente quieres ir a Pennsylvania —me dirigí a Mia—, prepárate para trabajar más duro de lo que jamás hayas trabajado. Los profesores no admiten demasiados errores, por no decir ninguno, y la competencia es brutal.

Mia asintió y pude ver cómo procesaba cada palabra. Había algo en su expresión que me desconcertó, como si estuviera tomando apuntes de lo que decía.

—Gracias —murmuró.

—De nada —respondí, aunque mi tono siguió siendo frío. Era más por tener la última palabra que por ser educado.

Mamá se levantó y me lanzó una mirada significativa antes de salir de la cocina, dejándonos a Mia y a mí solos.

La sensación fue incómoda, como estar atrapado en una burbuja de aire espeso.

Me acerqué a la encimera y agarré el vaso vacío que había dejado antes, aunque no tenía intención de llenarlo.

Era solo una excusa para mantener las manos ocupadas y no mirarla directamente.

Fue ella la que rompió el silencio con un agradecimiento dulce y frágil que no esperaba escuchar.

—Easton, gracias por lo de la otra noche —soltó de repente, sin que me lo esperara lo más mínimo.

—No tienes que agradecerme nada.

—Sí, sí tengo que hacerlo.

—Bueno, pues insisto: no lo hagas. No fue para tanto.

Dejé el vaso en la encimera con más fuerza de la necesaria y finalmente la miré. Su rostro estaba iluminado por un rayo de luz que entraba a través de la ventana y, por un momento, parecía tan fuera de lugar en esa casa como yo.

Mia frunció el ceño, y esa pequeña arruga entre sus cejas me dio más información de la que me gustaría.

Estaba molesta. O quizá solo confusa porque no entendía mi comportamiento hacia ella.

Perfecto, que lo estuviera. Tal vez así aprendiera a mantenerse alejada de mí.

No hacía falta que me hablara más. Aunque no tuve esa suerte…

—Lo fue para mí —añadió al final. Su afirmación fue tan simple que no supe cómo responder.

Negué con la cabeza, dejé escapar un suspiro y me crucé de brazos. ¿Por qué tenía que insistir tanto?

—Escucha, Mia. Fue un impulso. No lo pensé mucho, ¿vale?

—¿Y eso lo hace menos importante?

No respondí. En lugar de eso, agarré mi mochila del respaldo de la silla y me la colgué del hombro.

—¿Ya te vas? —preguntó con su habitual voz amable y cálida. Ya no tenía ni el tono de defensa ni el de agradecimiento de hacía un instante, sonaba más ligera, como si intentara entablar una conversación cordial con alguien que acabara de conocer y le cayera bien.

No me gustó. No quería caerle bien, porque me mataba su bondad. Quería que no me pudiera ni ver para no sentirme tan mal cuando yo le respondía casi con un ladrido.

—Sí, no esperarás que me quede aquí hasta que te respondan de la Penn, ¿no?

Mia bajó la cabeza, dolida, y vi cómo jugaba con el borde de su jersey, un gesto nervioso que me resultó irritantemente familiar.

—¿Te gusta estudiar medicina?

La pregunta me cogió por sorpresa y me tensé antes de responder. ¿Pero esta chica no entendía que no quería hablar con ella?

—No es una cuestión de gustar o no. Lo estudio y ya.

Me miró como si estuviera analizando cada palabra que había dicho, cada pausa, incluso cómo había pronunciado la contestación. Entonces, ladeó la cabeza y frunció un poco el ceño.

—¿Entonces no te gusta?

Dejé caer la mochila al suelo con un sonido sordo y me pasé una mano por el pelo. Me desesperaba. Esa mujer me sacaba de quicio. ¿Por qué insistía tanto? ¿Por qué le importaba?

—¿Por qué quieres saberlo?

—No sé, me parece interesante saber por qué elegiste esa carrera. Yo tengo claros los motivos de la mía y, como no puedo compartirlos con nadie ni preguntar a ningún amigo por los suyos, me interesa conocer los tuyos.