Easton Davis me (odia) quiere Capítulo 3 Soltar
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Capítulo 3 Soltar

El suceso con Joe fue muy desagradable, pero fue el punto de inflexión que me ha traído hasta aquí, hasta tener las maletas preparadas para empezar una nueva etapa en la universidad de Pensilvania.

Saber que mi padre había orquestado todo un plan para mantenerme en casa me hizo reaccionar de una vez por todas. Así que, en ese momento, me encontraba con dos frentes abiertos: deshacerme de Joe para siempre y plantarle cara a mi padre.

Desde aquella desagradable noche, tuve que esperar dos días hasta que pude hablar con mi progenitor.

Cuarenta y ocho horas dan para mucho. Me sirvieron para analizar en detalle lo que había vivido, lo que había tolerado y lo que había cedido en estos años de prisión entre algodones.

También para poner en orden mis prioridades, mis anhelos y motivaciones.

Y aunque había tomado la decisión de no contarle lo sucedido con Joe —temía que, de hacerlo, me dijera algo como: «Incluso alguien de confianza puede lastimarte, es mejor que te quedes en casa»—, tenía tan claro lo que quería decirle…

Fue la primera noche que cenamos juntos después de su regreso.

El aroma de la crema de bogavante inundaba el salón.

Mi padre estaba en su lugar habitual, repasando el correo con su inseparable iPad, como si el mundo entero estuviera en perfecto orden.

Su postura era recta, impecable y, aunque ya no llevaba la americana puesta, parecía tan elegante como siempre.

Me detuve en la entrada del salón, lo observé un momento y traté de encontrar la valentía para hablar.

—Papá —llamé su atención con un tono más fuerte de lo que esperaba.

Levantó la vista y sonrió al verme.

—Buenas noches, cariño. ¿Tienes hambre? Anne me ha dicho que hoy tenías antojo de pescado.

—Claro. —Tomé asiento en mi silla y me armé de valor—‌. ¿Ha ido bien el viaje? —me interesé para romper el hielo, con muchas ganas de soltarlo todo de una vez.

—Aburrido, como siempre, aunque fructífero. ¿Qué tal todo por aquí? ¿Has quedado con Joe? —Lo dijo con la mirada ya fija en la tableta, hecho que me dejaba más que claro que no era interés en sí, sino cortesía.

—Hablando de Joe… —El hecho de nombrarlo hizo que volviera a levantar la vista—. Necesito hablar contigo. —De repente, el espacio en la mesa que nos separaba se me antojó enorme, así que me levanté y me senté a su lado.

Ahora, tan cerca de su imponente presencia, mi determinación se tambaleaba un poco bajo su escrutadora mirada.

—¿De qué se trata? —preguntó con calma. Dejó la tablet a un lado y, aunque lo disimulaba muy bien, noté una ligera nota de preocupación en él.

—De Joe. Y de mí. —Las palabras salieron rápidas, como si temiera perder el coraje si no las decía de golpe.

Frunció el ceño, aunque no dijo nada. Solo esperó.

—Sé lo que intentas hacer. Con Joe, me refiero. —Lo miré directamente a los ojos, desafiándolo a negarlo.

Él parpadeó, sorprendido, aunque se recuperó rápidamente.

—¿Qué quieres decir?

—Papá, no me voy a enamorar de Joe, ni ahora ni nunca. Ha estado bien salir con él y que me sacase de esta casa, sin embargo, tu plan no va a funcionar.

—¿Qué plan? ¿De qué me hablas? —exclamó, haciéndose el inocente.

—Papá, te quiero. Mucho. Y te agradezco que cuides de mí de una forma tan…

profunda. Pero ten claro que mi vida es mía.

M-Í-A —deletreé para que le quedara claro de una vez—.

Y ni tú ni nadie vais a decidir de quién tengo que enamorarme.

Por ahí sí que no voy a pasar. —Tuve que calmarme porque cada vez me estaba exaltando más.

—Pues claro que sí, hija. No sé qué tiene que ver eso con Joe, la verdad. —Hizo un intento de volver a coger el dichoso aparato, quería dar por terminada la conversación y no sabía que no había hecho más que empezar.

Fui rápida, alargué la mano y aplasté el iPad sobre la mesa. Mi padre alucinó.

—Pero qué…

—Sabes perfectamente de qué estoy hablando —insistí sin despegar mi mirada de la suya.

—Mia, no digas tonterías. Con Joe solo pretendía que tuvieras un amigo —se explicó con fingida ingenuidad.

Cerré los ojos y resoplé. No pasaba nada, intentaría otra estrategia.

—Papá, si te dijera que el semestre que viene quiero ir a la universidad, ¿qué dirías? —Lo estaba poniendo a prueba y lo sabía.

—Mia, tengo trabajo atrasado y aún tenemos que cenar. Podremos hablar de esto mañana con calma.

—No, hablemos ahora. Dime, ¿me dejarías? —insistí de nuevo.

—Ya hemos hablado de tus estudios universitarios a distancia, creo que es lo mejor para…

—¿Para quién? ¿Para ti? ¿Para tenerme controlada en casa sin que me pase nada?

No, papá. Estoy harta. Quiero que dejes que me caiga, que me haga daño o que me lo hagan, me da igual.

Quiero poder respirar fuera de estas cuatro paredes, quiero tener amigas.

¡Saber qué es tener diecinueve años! Estoy empezando a vivir y es como si, al contrario, mi vida se estuviera terminando.

—Mia, cariño, tu enfermedad…

—¡Ya no estoy enferma, papá! Lo estuve, sí, y mucho. Pero ahora tengo un riñón al que cuido muchísimo. Soy perfectamente capaz de acordarme de tomar la medicación a diario, no soy tonta. Incluso podría ir sola a una revisión médica.

Papá me miró a los ojos. No podía descifrar esa mirada; solo veía cómo se le nublaban los ojos y tuvo que carraspear para tragarse las lágrimas que me pareció que no quería derramar.

—Eres lo único que tengo… —Se le quebró la voz al decirlo y tuvo que bajar la cabeza para que no lo viera romperse.

—Papá… —susurré. Le apreté la mano que tenía más cerca—.

Ya lo sé, pero necesito vivir. Me estoy ahogando de tanto amor, ¿lo entiendes?

Tienes que soltarme un poco, no va a pasar nada si aflojas un pelín tu cuerda.

Incluso la podrías cambiar por una elástica —sugerí, dándole un toque de humor a la situación.

—¿Una cuerda elástica? —Ya no escondía la cara, ni ocultaba las lágrimas que bañaban sus mejillas.

—Sí, una goma, papá, que en vez de tensarse es flexible —aclaré, también conteniendo el llanto.

Él se mordió el labio, intentó frenar el temblor de la barbilla, aunque le fue imposible. Se levantó, se arrodilló frente a mí y me abrazó.

—Te quiero tanto, Mia —susurró, pegado a mi cuerpo.

—Y yo a ti, papito. —Lo abracé con fuerza y nos quedamos así unos minutos, llorando de amor, de miedo y de gratitud.

Cuando logramos recomponernos, fui en busca de mis cubiertos para seguir cenando sentada a su lado.

—Bueno… —empezó a hablar tras un largo y cómodo silencio—. ¿Y a qué universidad te gustaría ir?

Me quedé con la servilleta a medio poner encima de las piernas. ¿Había oído bien? ¿De verdad me estaba diciendo que…?

—¿Lo dices en serio, papá? —Tenía que asegurarme antes de botar de la silla y empezar a chillar y a saltar de alegría.

—Me has dicho que cambiara una cuerda por algo más maleable, ¿no?

Di un brinco y, en ese momento, fui yo la que se tiró encima de él y lo abrazó con fuerza.

—Gracias, gracias, gracias.

Y lloré otra vez porque, unas semanas antes, ¿quién me habría dicho que esto estaría pasando? Tampoco había sido tan difícil…

Y en ese momento, entró Anne, con la sopera en las manos. Cuando nos vio abrazados, se le ensanchó la sonrisa y me guiñó un ojo. Seguro que había tenido muchísimo que ver en la facilidad de aceptación de mi padre.

Aquella noche no pude dormir, solo podía pensar en que amaneciera para abrir el ordenador y ponerme a investigar sobre distintas universidades que tenía en mente y sus planes de estudio.

Y no precisamente de economía. Si iba a coger las riendas de mi vida, lo haría con todas las letras.

Aunque se me daba bien, yo no quería estudiar Económicas, yo quería estudiar Enfermería.

Era curioso que Joe fuera la única persona que lo supiera.

Se lo confesé, por así decirlo, en una de nuestras primeras citas, cuando todavía pensaba que preguntaba cosas sobre mí porque le interesaba conocerme.

—Cuéntame algo de ti, Mia. Algo que no se vea a simple vista.

¿Qué podría contarle? No me considero una persona especialmente interesante. Sin embargo, el brillo en sus ojos me invitó a intentarlo.

—No sé… Mi vida no es para nada emocionante. Me paso la mayor parte del tiempo en casa, estudiando, tocando el piano, leyendo… cosas bastante normales. —Joe frunció los labios y asintió. Por su gesto, de repente serio, pensé que se había dado cuenta de que no había estado acertado con la pregunta.

—Si pudieras hacer cualquier cosa en el futuro, ¿qué sería? —inquirió de repente en un claro intento de cambiar de conversación.

Me quedé en blanco. La música siempre había sido mi refugio, en cambio, no era algo que imaginara como un camino a seguir.

Había algo más, algo que nunca había dicho en voz alta y que en ese momento me hacía cosquillas en la garganta y pugnaba por salir.

Quizá porque Joe era alguien totalmente ajeno a mí y expresarlo no me haría sentir juzgada.

—Creo que me gustaría estudiar enfermería —respondí, casi en un susurro.

Joe levantó las cejas, sorprendido; no obstante, no dijo nada. Me sentí obligada a explicarme.

—He pasado mucho tiempo en hospitales. Conozco a los médicos, claro, pero siempre son las enfermeras las que están ahí, las que realmente cuidan de los pacientes. —Bebí un sorbo de agua para calmar mi nerviosismo—. Creo que hacen el trabajo más importante, aunque no siempre se les reconozca.

—No lo había pensado de esa manera —recapacitó Joe, apoyándose de nuevo en la mesa—. Y tiene sentido. Es un trabajo extraordinario. Seguro que te han cuidado muy bien desde tu trasplante.

Asentí, y pareció como si me hubiera liberado de un gran peso del que no era consciente de llevar a la espalda.

—Anne, mi cuidadora, incluso estudió un curso de auxiliar para poder atenderme cuando lo necesitaba. He visto cómo las enfermeras marcan la diferencia. Siempre he pensado que, si tuviera la oportunidad, me gustaría hacer algo parecido.

Joe me observaba en silencio y su expresión cambió. Ya no era solo el chico seguro de sí mismo; parecía como si lo hubiera impresionado de veras.

—Eso dice mucho de ti, Mia. Es admirable. También te servirá para detectar cualquier indicio de que algo no va bien con tu riñón, ¿no?

Puse los ojos en blanco mentalmente. Porque ahí estaba yo, intentando ser una joven «normal», sin enfermedades chungas que arrastrar, y él se empeñaba en recordarme con frecuencia que estaba defectuosa.

Quizá solo era preocupación, sin embargo, yo no quería eso.

No quería que se me mirara diferente por estar trasplantada.

Es que ni siquiera me había llamado la atención la profesión por ese motivo.

Aunque, ¿quién era yo para juzgar su forma de pensar?

—No todo el mundo pensaría en una carrera donde lo importante es cuidar de los demás —terminó por decir, y eso hizo que el comentario anterior dejara de importarme.

Me volvió a sorprender su capacidad para elogiarme y las mejillas se me calentaron. No estaba acostumbrada a que alguien viera algo especial en mí.