Capítulo 2 Para ya
Le digo a Mia que entre en casa, me giro, empiezo a andar y no miro atrás.
Mis pasos resuenan sobre el asfalto húmedo mientras me alejo de la entrada.
No quiero saber si me obedece o si se queda allí, congelada por la incertidumbre.
Mi trabajo ha terminado. Me he metido donde no me llaman y no pienso hacerlo otra vez. No puedo permitirme ese lujo.
El silencio en las calles nocturnas solo agrava el ruido en mi cabeza.
Mis pasos resuenan en la calle desierta y el frío, a esas horas de la noche, parece calmar el ardor de mis puños, hasta que vuelvo a acordarme de él.
Aprieto de nuevo las manos hasta que se me entumecen los dedos.
Todavía me hierve la sangre al pensar en el gilipollas que ha intentado aprovecharse de ella.
Rechino los dientes cada vez que me viene a la mente la imagen de ese tipo, Joe, con su actitud prepotente al intentar enfrentarme…
Y esa forma de sujetarla, de abalanzarse sobre ella, como si tuviera derecho a hacerlo.
Solo me ha bastado una mirada para saber lo que pretendía.
«¿Y por qué te has metido?», me reprendo una y otra vez, mientras la pregunta me persigue y acelero el paso, intentando alejarme tanto de esa casa como de lo que representa.
Suelto una risa amarga. ¿Por qué siempre la misma persona me roba la calma?
Intento vaciar la mente, pero los recuerdos se me clavan justo donde más duele, con una precisión cruel.
Mia está ahí, incluso cuando no quiero. Me persigue desde que éramos críos, aunque ella, seguramente, ni se lo propone.
Un recuerdo se cuela en mi mente, nítido y doloroso: yo, sentado en el salón de casa con mi abuela, esperando a que mamá viniera a recogerme. Estaba cuidando a Mia. Otra vez.
—La pobre está enferma, Easton. No puedo dejarla sola —me decía un día tras otro, cuando yo protestaba porque la echaba de menos.
Esa frase fue una constante en mi infancia. Cada vez que quería pasar tiempo con mamá, Mia era la prioridad. Aunque lo entendiera, no hacía que doliera menos. Yo no estaba enfermo, no necesitaba cuidados especiales, pero tampoco tenía a mi madre.
Otro destello del pasado me asalta: Mia sentada en el jardín de su casa, rodeada de flores que no podía tocar porque estaba demasiado débil.
Mi madre estaba a su lado y leía un libro mientras yo las observaba desde lejos, con la mochila colgando de un hombro y la equipación de fútbol americano puesta.
Ese día tenía un partido que, para mí, era importante.
Quería que mamá viniera a verme y, una vez más, no podía.
Mia necesitaba que alguien estuviera allí con ella.
Suelto un bufido y pateo una lata vacía que encuentro en el camino.
No debería pensar en esas cosas. Pasaron hace años.
Ya no importan. Mi madre hizo lo que tenía que hacer.
Yo crecí casi sin ella y aprendí a valorar los momentos en los que estaba conmigo.
Eso me hizo más independiente y aprendí a valerme por mí mismo.
Ya no debería dolerme ver a Mia y saber que Anne está con ella; ya no soy un niño.
Sin embargo, esa sensación de rabia y abandono todavía está ahí, latente, como una herida que nunca cerró del todo.
Y ahora, después de tanto tiempo, vuelvo a cruzarme con Mia.
Ya no como una niña enferma, sino como una chica que, al parecer, atrae el caos allá donde va.
Y yo, idiota de mí, acabo metido en su desastre.
Respiro hondo e intento calmarme. El frío en las mejillas ayuda, aunque no lo suficiente. «¿Qué más da? No tengo que preocuparme por ella», pienso. Sin embargo, las palabras suenan huecas incluso en mi cabeza.
Me detengo junto a un parque. Las farolas proyectan sombras alargadas en el suelo y el viento mueve las hojas de los árboles en un susurro constante. Apoyo los codos en la barandilla que rodea el terreno y dejo caer la cabeza entre los hombros, con la mirada clavada en el suelo.
Cuento piedras, hierbajos, hasta flores.
Hago de todo para sacármela de la cabeza, a ella y a sus ojos grandes, llenos de miedo, y al temblor de su cuerpo cuando le he dicho que entre en casa.
«Mierda, Easton. ¡Para ya!», me reprendo una vez más.
No sé por qué me importa. No sé por qué no puedo, simplemente, dejarlo pasar.
Algo en mí sabe que esto no ha terminado.
Que, de alguna manera, igual que ocurrió hace años, mi vida volverá a quedar atrapada en su órbita.
Cierro los ojos con fuerza, como si hacerlo pudiera bloquear esos pensamientos que me arañan por dentro.
Pese a ello, la imagen de Mia sigue ahí.
No sé si es porque la he visto vulnerable, porque, por primera vez, no parece la niña mimada que siempre había imaginado o porque odio admitir que no me gusta verla así.
La cuestión es que la he visto durante dos minutos después de muchos años y no me la puedo arrancar de dentro.
Hastiado de mí mismo, me dejo caer en un banco vacío.
El frío del metal me atraviesa la ropa, aunque ni me inmuto.
La ciudad sigue respirando a mi alrededor, con el sonido lejano de los coches y las luces que parpadean en la distancia.
Debería volver a casa. O tal vez debería coger el coche y regresar al campus.
Esto no puede seguir así. Tengo que alejarme de allí antes de que se convierta en algo que no pueda manejar.
Otra vez. Y no estoy dispuesto a permitirlo.
Esos años de distancia me han dado la seguridad o, mejor dicho, la convicción de que había superado esa fase.
Ahora me doy cuenta de que no es así, ni mucho menos.
Volver a Nueva York me está abriendo las heridas como si mi alma fuera mantequilla frente a un bisturí candente.
Llego a casa de mi madre cuando la oscuridad de la noche lucha contra el amanecer. Es entonces cuando soy consciente de las horas que llevo dando tumbos por la ciudad. Hay luces encendidas, señal de que mi madre ya está en pie.
Respiro hondo antes de entrar. No quiero que note que algo no va bien, aunque sé que es inútil. Mamá siempre se da cuenta.
—¿Easton? —me llama cuando me oye entrar.
—Sí, mamá, soy yo. —Sigo su voz hasta la cocina.
Camino hacia ella para darle un beso en la mejilla. Le doy la espalda enseguida, hincho los carrillos y luego suelto el aire despacio para que no note mi desesperación, pero no caigo en que, al mismo tiempo, me despeino casi con rabia.
—¿Va todo bien? ¿Cómo es que llegas tan tarde? O tan temprano, según se mire —suelta por lo bajini. Su voz es tranquila, aunque firme.
«Mierda, ahí viene el interrogatorio».
Me despojo de la chaqueta y la cuelgo en el respaldo de una de las sillas de la mesa de la cocina. Mamá me sigue y se sienta en la otra, con una taza de té entre las manos. Su mirada me estudia como si pudiera leerme la mente. Me siento frente a ella y hago todo lo posible por evitar su escrutinio.
—Sí, todo bien. Necesitaba despejarme. —Me apoyo contra el respaldo de la silla y trato de calmarme, aunque sé que mi ceño fruncido y el nerviosismo de mis actos dicen lo contrario: saco el móvil, lo desbloqueo, entro en una aplicación cualquiera, la vuelvo a cerrar, abro la galería de fotos, la cierro y vuelvo a bloquear el teléfono para guardármelo otra vez en el bolsillo delantero de mis super baggy jeans.
Anne sigue observándome, con esos ojos que siempre parecen leerme como un libro abierto. Odio que haga eso. Me pone histérico. Más aún de lo que ya estoy.
—Te has tomado tu tiempo… ¿Seguro que no pasa nada? —insiste, esta vez con los ojos entornados.
—Nada importante, de verdad. —Tiro de las mangas del jersey y escondo las manos, cerradas en puños.
—«Nada» no te hace caminar por Nueva York hasta estas horas —replica al ver que no voy a darle más información. Lo dice como si hablara del tiempo, mientras da un sorbo distraído a su té.
La conozco lo suficiente para saber que no va a dejar el tema hasta que obtenga lo que quiere. Y lo que quiere es mi versión de los hechos con todo lujo de detalles y saber cómo me siento al respecto. Es inútil que me resista.
—¿Quieres contarme bien qué ha pasado? —pregunta mientras deja la taza sobre la mesa con cuidado.
—No sé qué quieres que te cuente. Necesitaba estirar las piernas y he perdido la noción del tiempo, eso es todo —respondo con encogimiento de hombros incluido.
—Easton… —me reprocha con cariño—. Lo que quiero saber es por qué te afecta tanto ayudarla. —Sus palabras son suaves; sin embargo, su peso me golpea como un mazo.
Levanto la cabeza de golpe y me topo con su mirada comprensiva, astuta y, me parece, casi divertida, hecho que me cabrea todavía más.
—No me afecta. —Vale, parece que vuelvo a tener quince años y necesito llevarle la contraria.
—¿No? —Arquea una ceja y alza la barbilla, desafiante—. Entonces, ¿por qué llevas toda la noche fuera?
—Mamá, no hagas esto. —Me paso una mano por el pelo y me lo alboroto más de lo que ya debo de llevarlo—. He intervenido porque tenía que hacerlo. Eso es todo.
—¿Y por qué estás tan enfadado entonces? —Se inclina un poco hacia mí y alarga una mano para cogerme de la muñeca. Busca que le haga caso y la escuche con atención—. Cualquier otra persona en la misma situación sentiría que ha hecho la buena acción del día, no que la llevan al patíbulo.
—Supongo que no soy cualquier persona. —Las palabras me salen rápidas, casi sin darme tiempo a pensarlas—. Ni tampoco lo es ella —mascullo más para mí que para nadie.
Quiero zanjar esa conversación cuanto antes. No quiero hablar más de ello, no lo necesito, no quiero sentirme bien por haberle hecho un favor a… ella.
Mamá se queda en silencio, esperando a que continúe.
—Es Mia —añado, apretando los dientes—. Y estoy harto de ella.
—Easton… —empieza, pero levanto una mano para detenerla.
—Siempre ha sido ella, mamá. Siempre. Tú, cuidándola como si fuera tu hija. Yo, quedándome al margen.
—Creía que habíamos superado esa fase, hijo —me recrimina con algo de hastío—. Mia ya no es la niña desvalida que pensabas que era. Ella…
—Me da igual cómo sea. Y, si es cierto eso que dices, ¿por qué sigues en esa casa? ¿Por qué sigues cuidándola? —Elevo un poco el tono de voz, muestra de lo mucho que todavía me afecta la situación.
—Sigo sin entender por qué estás tan enfadado.
—¡Porque la he ayudado! —replico, dando un golpe con el puño en la mesa—. Lo he hecho por ella y eso me quema por dentro.
—¿Por qué?
Una pregunta sencilla en apariencia. Sin embargo, me deja sin palabras porque ni siquiera yo tengo una respuesta clara.
Anne no me presiona. Me da tiempo para recapacitar, para meditar mi respuesta o para darme cuenta de que mi actitud es de idiota. Me aparto de la mesa, me cruzo de brazos y me apoyo en el respaldo de la silla, más desarmado que nunca.
—No lo sé —digo al fin, resignado.
—Sí lo sabes —refuta, más suave ahora—. Estás enfadado porque, aunque no quieras, te has preocupado por ella. Mia te preocupa.
—No me preocupo por ella.
—Easton… —Mamá me mira como si pudiera ver a través de mí y odio que tenga razón.
—¡No lo hago! —grito a la vez que me pongo en pie. Mi voz resuena en la cocina, pero ella no se inmuta.
—Entonces, ¿por qué no puedes dejarlo pasar? —pregunta mientras se levanta también.
Resoplo, sin saber qué decir. Me paso una mano por el rostro y cierro los ojos.
—Porque me molesta que haya necesitado mi ayuda —admito al final, en voz baja—. Porque odio que, después de todo, sí sea tan…
—Humana —termina mamá por mí mientras se acerca y pone una mano sobre mi brazo—. Mia es humana, nada más.
—No me importa. De verdad, mamá, dejemos el tema —gruño, abatido. De repente, noto todo el cansancio, la falta de sueño y el estrés de esta noche.
—Claro que te importa —responde con una sonrisa triste. Se acerca y me coge de la mejilla, como cuando era un crío y quería consolarme—. Y eso no tiene nada de malo.
Me aparto, incapaz de soportar su mirada.
—No quiero hablar más de esto.
Mamá suspira, pero no insiste. En lugar de eso, me da un apretón en el brazo.
—Eres mejor de lo que crees, hijo.
Me dejo caer de nuevo en la silla, agotado, mientras ella se dirige a la encimera.
—¿Quieres té? —pregunta como si acabáramos de tener una charla trivial.
—Sí, solo si me acompañas.
Ella se ríe, ligera y despreocupada, como si no acabara de desmontarme. Y, mientras la observo, me doy cuenta de que no hay escapatoria. No importa cuánto intente negarlo. Mia ya está de nuevo en mi cabeza y eso me cabrea más que cualquier otra cosa.