Capítulo 1 La noche que decidí irme #2
—Hola, cariño… Sí, estoy bien… Oye, ¿has visto a Mia llegar con Joe? —Silencio—. Ajá… Ajá… ¿¡Cómo!? —Anne me aprieta más entre sus brazos—. Está aquí, conmigo… Nerviosa, ahora entiendo por qué… Sí… Claro… Luego nos vemos en casa. Gracias, cariño, gracias por cuidarla.
Y cuelga.
—Mia —Anne hace que me incorpore y la mire—, Easton me acaba de explicar lo que ha pasado. Hacía pocos minutos que se había ido antes de que entraras por la puerta. He supuesto que os había encontrado fuera.
¿Cómo? ¿Qué? ¿El chico que acaba de apartar a Joe de mí como si le fuera la vida en ello y que, aun así, me ha mirado como si yo también le hubiese hecho algo, era el hijo de Anne?
¿Por qué no me ha dicho nada?
—¿Easton? ¿Tu Easton? —pregunto incrédula.
—Sí, ha venido a verme después de los exámenes semestrales.
Rompo a llorar de nuevo. Si no llega a ser por él…
Esa noche, Anne se queda conmigo hasta tarde. Está muy nerviosa, algo nada habitual en ella, que parece tener siempre todo bajo control.
Al final, después de conseguir que me tranquilice y que le cuente por enésima vez lo ocurrido y cómo su hijo logró frenar las intenciones de Joe, suelta lo que llevaba dentro.
—Si es que a mí esto cada vez me daba más mala espina.
Sabía que no era buena idea —murmura. Me pasa las manos por la espalda y me mece, como cuando era pequeña y me hacía daño cuando me caía en el jardín—.
Si me hubiera callado y no hubiera dicho nada…
Esto es culpa mía. —Parece como si estuviera hablando con ella misma, como si no se percatara de que me tiene entre sus brazos.
Me aparto lo justo para mirarla, porque lo que ha dicho…
—¿Qué quieres decir?
Anne suspira y su expresión se llena de culpa. Nos enderezamos las dos y entonces me mira durante unos segundos que se me antojan eternos antes de decidirse a hablar.
—Tu padre… Joe… Todo esto empezó porque intenté ayudarte. Y parece que casi consigo que te hagan daño.
Anne me observa en silencio desde el sofá, con las manos cruzadas sobre las rodillas.
Su postura suele transmitir calma, pero esta vez no es así; está tensa como la cuerda de un arpa y su mirada parece cargar con el peso del mundo en los ojos.
Su confesión flota en el aire, demasiado grande para dejarla pasar.
—¿Cómo que «todo empezó porque querías ayudarme»?
Intento mantener la voz firme, aunque después de lo de Joe y esa confesión que me pone en alerta, se me hace difícil. Es como si por dentro fuera un castillo de arena que entra en contacto con el agua y empieza a desmoronarse.
Anne baja la mirada y suspira, como si cada palabra que estuviera a punto de pronunciar costara más de lo que puede soportar.
—Tu padre y yo hablamos hace unos meses —empieza, con un tono que sugiere que está eligiendo cada palabra con cuidado—. Te veía tan apagada, Mia. Era como si estuvieras desapareciendo poco a poco. No podía verte así. Estabas muerta en vida.
Oírla decir eso, aunque sé que es cierto, hace que se me anude el estómago y que las lágrimas empujen para salir.
—¿Y qué le dijiste? —reclamo, con el pecho apretado por la mezcla de curiosidad y temor.
Anne entrelaza los dedos y fija la vista en ellos, tratando de reunir el valor necesario para continuar.
—Le dije que estabas atrapada, que necesitabas algo más que estas paredes y esta rutina para sentirte viva.
—Hace una pausa y traga saliva antes de mirarme directamente—.
Le dije que te estaba destruyendo al tenerte aquí encerrada por miedo a que te sucediera algo y que, si no dejaba de atarte tan en corto, temía que, en algún momento, pudiéramos lamentarlo.
Le planteé que te dejara estudiar en la universidad presencial.
La palabra «presencial» me enciende un chispazo dentro. Es algo que nunca me he llegado a plantear de verdad porque nunca lo he creído posible. Mi padre siempre me ha dejado claro que podría estudiar una carrera, siempre y cuando fuera a distancia.
Frunzo el ceño, tratando de asimilar toda la información que Anne me está facilitando.
—Te tildaría de loca, ¿no? Él nunca ha querido que me vaya. —Mi voz suena incrédula y resignada.
Anne asiente lentamente.
—Lo sé. Se negó en cuanto lo mencioné. Me dijo que no era una opción, que nunca te ha negado nada y que, si querías estudiar, tendría que ser en casa.
Yo insistí e insistí. Día tras día, en cuanto tenía la oportunidad.
Le dije que no tienes amigos, que necesitas experimentar cosas nuevas, conocer gente… tener una juventud normal.
Sus palabras me hieren, no porque ella esté actuando de mala fe, sino porque me entristece lo solitaria y aburrida que ha sido mi corta vida.
Durante años, he sentido cómo mi existencia se encogía hasta convertirse en algo casi nulo.
Nunca he pensado que alguien más pudiera verlo con tanta claridad.
Las puertas de hierro forjado de esta mansión llevan años separando mi mundo del resto de la ciudad. Al otro lado, Nueva York vive sin mí: gente que corre bajo la lluvia, amigas que quedan, adolescentes que se aburren en clase, se resfrían, se equivocan y siguen viviendo.
Yo, en cambio, he visto la ciudad casi siempre desde la ventanilla de un coche: de casa al hospital, del hospital a casa.
A los ocho años me diagnosticaron una insuficiencia renal. Cinco años después, un trasplante me salvó la vida. Y, desde entonces, mi padre parece haber confundido el hecho de que esté viva con conservarme intacta.
Medicación. Revisiones. Profesores particulares. Clases online. Piano. Nada de amigos. Siempre la misma gente, la misma prudencia y el mismo miedo disfrazado de amor. Esa ha sido mi vida hasta ahora.
—¿Y cómo cambió de opinión? —pregunto en un susurro.
Anne respira hondo, como si estuviera preparándose para lo peor.
—Después de mucho discutir, de muchos tira y afloja, me pareció que entraba en razón. Y, aunque nunca lo ha admitido, creo que le asustó lo que le dije. Sin embargo, cuando me planteó la solución en la que había pensado, supe que no me había entendido para nada.
La forma en que lo dice me estremece.
—¿Qué solución? —No tengo claro si quiero oír lo que sea que va a decirme.
—Joe —pronuncia en voz baja, como si ella tampoco quisiera escucharse.
El corazón me da un vuelco y, de repente, todo parece encajar. Las repentinas insistencias de mi padre, las constantes invitaciones de Joe, incluso la forma en que ambos parecen tan cómodos con esta situación. Es un plan. Todo es un maldito plan.
—¿Me estás diciendo que mi padre usa a Joe para controlarme? —Me tiembla la voz de incredulidad y rabia.
Anne me mira con una mezcla de culpa y tristeza.
—Según lo que me contó, tendría que ceder en que asistieras a la universidad de forma presencial; no obstante, pensó que, si te enamoraras de alguien de aquí, no querrías irte lejos.
Que, si tenías algo que te atara, podrías quedarte y estudiar en Nueva York.
Aunque tuviera que darte más libertad, seguirías viviendo en casa, donde él podrá seguir cuidándote.
»Y ahí es cuando Joe entró en juego y tuve la sospecha de lo que intentaba hacer. Cuando volví a hablar con tu padre, no tuvo reparos en confirmar todos mis temores.
El aire no me entra en los pulmones. De repente, el ambiente se vuelve denso y no puedo respirar. Mi mente lucha por procesar todo lo que estoy escuchando. Mi padre, el hombre que siempre he pensado que me protege, ha orquestado un plan para seguir teniéndome bajo su ala protectora.
De repente, una bola de ira se me empieza a fraguar en el esófago. Es un plan. Yo soy un jodido plan…
—¿Joe lo sabía? —mascullo entre dientes. Necesito saberlo, aunque me aterre la respuesta.
—No sé hasta qué punto. Aunque es obvio que estaba al corriente de la situación tan vulnerable en la que te encuentras y supongo que vio una oportunidad para prosperar más rápido en la empresa.
—Anne suelta un suspiro cansado y me mira directamente—.
Mia, lo siento tanto. Nunca pensé que las cosas llegarían a esto.
Me inclino hacia delante, apoyo los codos en las rodillas y me tapo la cara con las manos.
Pronto noto cómo Anne me masajea la espalda para calmarme.
—No quiero volver a verlo, Anne. No quiero saber nada más de él —sollozo, y me tiro a sus brazos, que me recogen con mucho cariño.
—Y no lo harás, Mia. No lo harás…