Easton Davis me (odia) quiere Capítulo 1 La noche que decidí irme
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Capítulo 1 La noche que decidí irme

Cuando Joe bloquea la puerta del coche con el seguro centralizado, entiendo dos cosas a la vez.

La primera: que estoy a menos de veinte metros de mi casa.

La segunda: que eso no significa que esté a salvo.

Trago saliva y bajo la mirada hacia mi mano. La tengo todavía sobre el tirador, que agarro con fuerza. Una parte de mí sigue creyendo que basta con intentarlo otra vez para abrir la puerta y salir de este coche.

Pero no funciona.

Joe no me mira. Tiene la vista clavada al frente y ambas manos sobre el volante. Desde fuera, cualquiera pensaría que está tranquilo. Que solo está buscando las palabras adecuadas para terminar una cita que no ha salido bien.

Pero yo sé que no es así.

Lo sé por su mutismo, por la forma en que aprieta la mandíbula y por las dos veces que se ha pasado la lengua por los dientes antes de hablar. Por esa tensión que lleva toda la noche extendiéndose entre nosotros como la cuerda de una guitarra tensada al límite.

—Mia —empieza, al girarse hacia mí.

—Gracias por la cena —digo a la vez para romper el silencio opresivo que ha dominado todo el camino de vuelta.

Joe aprieta de nuevo los labios e inspira; parece que hoy le soy una molestia.

—¿Te lo has pasado bien? —inquiere al final, aunque su tono no suena genuino. Hay algo más detrás de sus palabras, algo que me pone todavía más en guardia.

—Sí, ha estado bien. —Me tiembla un poco la voz. Ambos sabemos que no estoy siendo sincera, pero me da igual, lo que quiero es salir de este coche, que en este momento se me antoja una ratonera. Intento abrir la puerta de nuevo y su mano agarra la mía, la que le queda más cerca, y me detiene.

—Mia, espera —me ordena con una firmeza que me congela en el asiento.

Noto su piel cálida, y contrasta con lo incómoda que es la presión con la que me coge.

—¿No crees que ya es hora de que esta dinámica cambie un poco? —Frunzo el ceño, confundida. Me esperaba cualquier reproche, menos esto.

—¿De qué hablas?

—De esto. —Me señala a mí y luego a él mismo repetidas veces.

Lo dice con dureza, y el malestar en mi pecho crece, como si otra mano invisible me estuviera apretando el corazón. Antes de que pueda reaccionar, me sujeta con más fuerza.

—Siempre soy el bueno, el educado, el que está pendiente de ti. Y, sinceramente, ¿qué gano con eso? Yo quiero acercarme a ti y tú parece que estés en el limbo.

—Joe, yo no te he pedido nada —digo, y me sorprende la firmeza que aparece en mi voz—.

Has sido siempre tú el que me has propuesto quedar, no tengo por qué «agradecértelo» de algún modo que a mí no me apetezca.

Creo que has tenido un mal día y lo has pagado conmigo, y yo no soy el saco de boxeo de nadie.

Parece que mis palabras le sorprenden por cómo eleva las cejas.

Maldigo el momento en que mi padre me habló de él. Maldigo el día en que lo trajo a cenar a casa y me maldigo a mí por haber aceptado su primera cita, encandilada por poder, por fin, salir de la jaula de oro en la que mi padre me tenía encerrada.

—Vaya —murmura—. Mira la niñita de papá…

Y esa expresión me duele, no porque me lo tome como un insulto, sino porque es una forma de reducirme a todo lo que odio de mi vida: la mansión, las normas, las miradas de lástima, la fragilidad que otros decidieron ponerme encima como una mochila demasiado pesada.

—Ábreme la puerta —le exijo, con las muelas apretadas.

Tengo el cuerpo tan tenso y pegado a mi ventana que no puedo ni moverme.

—No te estoy reteniendo.

—Has bloqueado el coche.

—Porque quiero hablar contigo.

—Yo no quiero hablar contigo así.

Silencio.

Luego, Joe se inclina un poco hacia mí. No mucho, solo unos centímetros, lo suficiente para que yo me pegue todavía más a la puerta y me clave el respaldo en la columna vertebral.

Mi mano se aferra más al tirador.

—¿Sabes lo agotador que es estar siempre esperando? Siempre midiendo cada paso porque tú no sabes si quieres avanzar o no —dice en voz muy baja.

—¿Quién te ha dicho que no lo sepa? Quizá si no ha pasado nada es porque, precisamente, no quiero que pase. —Me arde la cara de la rabia que siento ahora mismo.

En un movimiento rápido, me coge con fuerza de la nuca y, cuando me quiero dar cuenta, lo tengo prácticamente encima. Un escalofrío me recorre el cuerpo. Esto no debería estar pasando, así no. Cierro los ojos y rezo a no sé quién: «No, por favor, no…».

—Joe, por lo que más quieras, para —murmuro, sorprendida de que me haya salido la voz. El corazón me late con tanta fuerza que tengo miedo de que se me salga del pecho.

—No seas tan frígida, Mia. —Sus palabras son casi un reproche, y su otra mano se posa en mis costillas, muy cerca de mi pecho, que puede tocar con el pulgar.

Me entran náuseas al notar el contacto—.

¿No querías experimentar las emociones de una chica de tu edad?

Es lo que te estoy dando… Te va a gustar, ya verás.

Y espero que a mí me compensen las tediosas tardes contigo.

Ya que necesito estar cerca de ti, démosle un poco de emoción al asunto.

Total, ya que tu padre me tiene de machaca, por lo menos me lo pasaré bien con nuestro tesoro.

Y pobre de ti si se te ocurre abrir la boca.

Sé perfectamente qué decir para que tu padre crea que no estás preparada para salir ahí fuera, que tanta libertad te queda grande.

La adrenalina se me dispara y la noto correr por las venas. Intento apartarme con más fuerza, pero su agarre es firme.

—¡He dicho que me sueltes! —alzo la voz, por primera vez en toda la noche.

Joe, lejos de hacerme caso, se ríe. Su carcajada resuena en el interior del coche como si de una peli de terror se tratara. Se abalanza sobre mí e intenta besarme. Giro la cara y se estampa contra mi mejilla.

La mano con la que me agarra de la nuca se desplaza a mi mandíbula y me fuerza a mirarlo. Lo cojo de la muñeca con las dos manos, pero tiene demasiada fuerza, me hace daño, aunque en este momento lo único que me importa es salir del coche.

De repente, un golpe seco contra la ventanilla del conductor nos sobresalta. Joe se aparta de mí y gira la cabeza hacia el cristal. Al otro lado, una sombra imponente se recorta bajo la luz del porche, con los puños apretados y la mirada fija en él.

Aprovecho la distracción. Sin detenerme a pensar, alargo la mano hacia el salpicadero y pulso el cierre centralizado. El chasquido de los seguros al desbloquearse apenas se oye por encima de mi respiración, pero la figura de fuera reacciona al instante.

La puerta del conductor se abre de golpe y una mano agarra a Joe por el cuello de la camisa y lo aparta de mí con brutalidad, mientras su voz fría rompe el silencio dentro del coche:

—Suéltala.

No sé de quién se trata. Solo es un perfil oscuro con los puños apretados y la mirada fija en Joe. Quizá sea algún nuevo trabajador de la mansión que acaba de terminar su turno.

Joe se gira, sorprendido. Su expresión pasa de la confusión a la cólera en cuestión de segundos.

—¿Quién demonios eres? —escupe Joe al salir del coche para enfrentarse a él. Yo aprovecho para pulsar el cierre centralizado y poder bajarme también. Me tiemblan tanto las piernas que tengo que apoyarme en la carrocería para no caer redonda.

El intruso no responde de inmediato. En lugar de eso, lo observa con una calma que resulta aún más intimidante. Su mirada es gélida, calculadora, como si estuviera evaluando cada movimiento de Joe.

—Solo te lo voy a decir una sola vez: arranca el coche y pírate de aquí para no volver.

Joe suelta una risotada; no se mueve ni un milímetro del sitio.

—Y yo te lo repito por segunda vez: ¿quién narices eres tú? —gruñe con la barbilla alzada.

—El que va a hacer que te arrepientas de no saber cómo tratar a una mujer. —Da un paso hacia él y, por un momento, temo que la situación llegue a las manos—. ¿Quieres probarme?

La tensión en el aire es tan densa que apenas puedo respirar. Joe me lanza una mirada rápida, como esperando mi intervención, pero no lo hago, tampoco puedo. Bastante tengo con coger aire con normalidad y no hiperventilar.

Al final, Joe parece recapacitar, entra en el coche, no sin antes fulminar al desconocido con la mirada, arranca y, haciendo rugir el motor y patinar las ruedas, desaparece en la noche.

El silencio nos envuelve; soy incapaz de hablar, y debería hasta besarle los pies a quien quiera que sea el que me acaba de salvar de una situación muy complicada.

Lo miro y veo que su rostro todavía está tenso, sigue con la vista clavada en las rejas por donde se ha perdido el coche de Joe hasta que, sin esperarlo, se gira y me mira de una forma que…

no sé cómo describir. No se le suaviza la mirada, sigue hostil, como si yo también fuera el enemigo.

—¿Estás bien? —me pregunta con una voz suave que contrasta con su expresión de ira.

Asiento, sin estar muy segura de que sea la respuesta que se ajusta a mi estado de ánimo.

—Gracias —logro pronunciar en un murmullo que sale de entre el castañeo de mis dientes.

No dice nada, solo aprieta los labios, como si eso fuera suficiente.

—Ve dentro, vas a coger frío. —Luego se gira y desaparece en la oscuridad del jardín con los puños pegados a su cuerpo.

No lo cuestiono, no me paro a pensar quién es ni qué hacía en la entrada de mi casa.

Solo corro hacia la puerta. Cuando entro, Anne está en la sala de estar, esperándome como siempre.

Menos mal que mi padre ha viajado por negocios, por una vez, me alegro de que así sea.

La situación se hubiera complicado mucho.

Anne, al verme, se levanta de inmediato con los ojos llenos de preocupación.

—¿Qué ha pasado? —pregunta, alterada, en cuanto ve mi aspecto.

Intento explicarlo, y las palabras no me salen. Anne me abraza con fuerza y, por primera vez en mucho tiempo, dejo que las lágrimas caigan libres.

Mientras me tiene abrazada, saca el móvil de uno de los bolsillos de su uniforme y llama.