Easton Davis me (odia) quiere Prólogo
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Easton Davis me (odia) quiere

Easton Davis me (odia) quiere

Por Saray Gallardo

© inepub.com

Prólogo

El principio del final

Estábamos a finales de octubre y nos volvíamos locos con la decoración de la mansión Astor para Halloween. Mia, con su lengua de trapo, le preguntó a mi madre:

—Anne, ¿las calabazas «nacen» ahora porque tienen el mismo color que cuando se va el sol en otoño?

Mamá soltó una risotada y, sin quitarle la razón, la achuchó.

—Muy buena observación, cariño —respondió a la vez que me guiñaba un ojo.

Pronto, nos cansamos de vaciar calabazas, así que dejamos a mi madre con todo el lío sobre la mesa del jardín y nos pusimos a jugar a nuestro juego favorito.

Mia corría delante de mí con las trenzas al viento y las mejillas sonrojadas a causa del esfuerzo y el aire fresco. Nos gustaba imaginar que el jardín era nuestro bosque embrujado y lo recorríamos mientras nos perseguíamos.

Yo no vivía allí, solo venía cuando la abuela no estaba y mamá no podía dejarme solo en casa.

Ella trabajaba para el señor Astor desde hacía años y, aunque tenía un contrato de asistente personal, hacía de todo en esa casa.

Era la que organizaba el servicio, encargaba la compra y cuidaba, sobre todo, de Mia.

—Easton, cariño, ¡con cuidado! —me decía desde la terraza, con la mano en la frente a modo de visera.

Mia tenía cinco años. Yo, nueve. Jugábamos a «caballeras» y dragones.

Ella intentaba huir de mí, con sus pasos torpes y una risa que se le escapaba y le hacía perder la fuerza.

Era pequeña, sí, pero rápida y valiente.

No le daba miedo caerse y no lloraba cuando tropezaba y se raspaba las rodillas.

Solo le importaba esconderse detrás de los setos y gritarme que era un dragón y que debía atraparla.

—¡No me pillas! —me incitaba, con su voz de pitufa y una sonrisa que mostraba todos los dientes.

Yo fingía que no podía atraparla. Porque me encantaba ver cómo se ponía nerviosa cuando me acercaba y lo feliz que era cuando lograba «escapar» de mí.

De alguna forma, era mi manera de cuidarla.

Aunque se tropezara cada dos pasos, aunque acabara con las manos llenas de tierra, las trenzas medio deshechas y mamá nos regañara por habernos ensuciado tanto.

—¡Eres un dragón lento! —se mofaba de mí.

Y yo rugía como si de verdad lo fuera.

Mamá, a veces, se sentaba en el borde de la fuente y nos miraba embelesada, como si de un momento a otro fuera a unirse a nuestro juego. Me gustaba verla así y me gustaba mucho más aquella niña a la que perseguía.

Porque en aquella época, Mia era mi más mejor amiga y yo, un niño que no sabía que estaba a punto de perder a su madre.