CAPÍTULO
Eres mi norte, mi sur y mi jodido mundo entero.
Miami, noviembre, seis a.m.
Es una localización de mierda para pintar un cuadro, y por eso no pienso hacerlo, mucho menos en este estado, pero me he traído la cámara y aquí estoy, en medio de dos calles transitadas de Miami, con la espalda apoyada en una palmera, mientras espero el amanecer en el el mismo lugar que, hace quince años, vio apagarse la vida de mis padres biológicos.
Lewis y Cristal O’Sullivan. Él era uno de los pocos irlandeses que no era pelirrojo, ni amaba el verde o la cerveza.
Ella era una profesora de primaria, que antes de nacer yo había pasado más de ocho años intentando tener una familia, era huérfana e hija única, y siento que tenemos muchas similitudes.
Me he informado sobre ellos y toda esa información ha acarreado recuerdos consigo.
La familia de mi padre en Irlanda le dio la espalda cuando decidió quedarse de forma ilegal en los Estados Unidos, pero él lo decidió por mamá y, aunque lo distanció de su familia, fue una brecha que estaba dispuesto a arreglar tarde o temprano.
No tuvo el tiempo de hacerlo. Tenían los billetes de los tres comprados en el momento del accidente, querían que me conocieran y, por eso, los contacté.
Ahora tengo una gran familia llena de rubios y pelirrojos en Irlanda que siente mucho no haber podido hacer nada por mí en el momento de la muerte de mis padres y que desean mucho conocerme.
—A vosotros también quieren conoceros —musito con voz taimada a la vez que me acaricio la zona de la tripa en la que, el pequeño L. y la pequeña Mía, acaban de dar una patada.
No he decidido un nombre oficial para el niño, pero me gusta llamarlo L. Su padre fue un milagro para mí en su día, me sacó de ese coche y me ayudó a sobrevivir. Y él, junto a su hermana, es un milagro para mí ahora.
Resulta que los médicos estaban equivocados.
Mi útero no era inservible, ni estaba atrofiado, pero el sangrado e inflamación de mi pelvis no los dejó mirar más allá.
La única razón por la que no me quedé embarazada antes es porque tomaba anticonceptivos, pero, cuando dejé de hacerlo… bueno, se hizo el milagro.
—Vamos a sacar unas fotos chulas y luego volvemos a nuestro hotel para ponernos morados a tortitas con arándanos. Mamá quiere plasmar este amanecer y luego pintará un cuadro de la imagen.
Hace meses que me escondo aquí, en Florida, en No Name Key , en Los Cayos Bajos.
Es un lugar ideal cuando no quieres que nadie te encuentre, rodeado de maleza, con casas de madera noble, sin red eléctrica.
Se abastecen con paneles solares, por lo cual, no dejas un rastro digital ni bancario al pagar las facturas.
Está a solo tres horas de Miami, y a unos veinte minutos en coche del pequeño supermercado local que utilizo para abastecerme y encargar materiales de arte.
La dueña y yo nos hemos hecho muy amigas, es algo así como una abuela para mí y me ayuda de tal forma que me da lo que necesito, lo apunta en una cuenta del mes y luego escribe una carta a mis padres para que le traspasen el dinero.
Firma desde otra dirección, eso es un dato importante, porque sé que Lucien es muy capaz de robar y revisar el correo.
Lucien.
Me duele el corazón al recordar la forma en la que lo abandoné, debe odiarme y está en todo su derecho. En el pasado creyó que no lo elegí y, esta vez, se lo demostré, a pesar de lo mucho que lo amo, de lo mucho que vivimos.
—Pero os elegí a vosotros, bebés —susurro—. No puedo ni debo obligar a alguien a vivir algo que no desea.
Lucien aborrece la sola idea de la paternidad, por eso, cuando me enteré del milagro de mi embarazo, entré en pánico.
No creo que vaya a permanecer aislada toda la vida, ni que lo vaya a mantener siempre en secreto.
En algún momento, después dar a luz y cuando esté un poco más estable emocionalmente, se lo contaré y le daré la oportunidad de decidir si desea o no conocer a sus hijos y formar parte de su vida.
Sin ninguna presión o esperanza, puesto que yo he decidido tenerlos pese a conocer su postura.
Por eso hui, no podría soportar que él me pidiese que no continuara con el embarazo, que me dijera que matase a nuestros bebés, cuando a mí me hace tan feliz el hecho de que este milagro haya sucedido, de haber creado vida, dos personitas que serán la mitad de cada uno de nosotros.
Es una preciosa locura, y por eso lo mejor es que cada uno disfrute de la parte que le toca sin ningún tipo de presión.
Estar sola con la responsabilidad del embarazo me ha ayudado mucho. Ahora soy alguien muy independiente, una pintora muy prolifera, y me siento orgullosa de mí.
—Puede que mamá no gane miles de dólares con su arte, pero somos muy felices.
Un trueno me hace saltar en el sitio, me asusto, miro al cielo y noto que unas nubes negras me rodean por completo antes de sentir una pequeña gota de lluvia fría en la punta de la nariz.
Cierro los ojos ante su contacto y veo ese día, el coche, los dibujos que se reproducen tras el asiento del copiloto, la tormenta y la urgencia en la voz de mamá.
—No puedo haberlo perdido, Lewis, ¡otra vez no!
Está asustada, y creo que es por el pequeño bebé que crece dentro de su tripa.
—Todo saldrá bien, Cristal, llegaremos a tiempo al hospital.
Miro a la ventanilla, las palmeras parecen un borrón debido a la velocidad a la que conduce Papá.
—Lewis, ten cuidado, apenas se ve nada por la lluvia y hay demasiado viento.
—Lo tengo, cariño, pero no voy a permitir que vuelva a pasar, no vas a perder también a este por mi culpa, por no llegar a tiempo.
—No, no es culpa tuya.
—Si lo fue, Zoey es un pequeño milagro que te hace tan feliz, Cristal, sueñas con tener otros hijos, eres una madre excelente y lo único que debo hacer es conducir deprisa y llegar a tiempo para que te detengan el sangrado.
Luego todo pasa muy rápido, papá pierde el control del coche y damos vueltas de forma violenta, papá permanece en silencio, pero mamá grita y solloza de dolor cuando el coche se detiene.
Me caigo de la silla y la veo colgada con la cabeza hacia abajo, sangra y parece que le duele.
Cuando intento mirar a papá, ella llama mi atención y me dice que todo irá bien.
Entonces alguien se acerca, se asoma y me escondo detrás del asiento de mamá, aturdida y asustada.
—Ahora sé quien es, lo recuerdo todo, veo la cara de tu papá cada día en mis recuerdos y estoy deseando veros nacer para verla también en la vuestra.
Son un niño y una niña, y estoy muy convencida de que se parecerán a su padre.
Cuando el recuerdo me abandona y la realidad me golpea, me descubro empapada de agua. Llueve a mares, es una locura, pero comprendo que el pronóstico del tiempo ha fallado de lleno y mi foto del amanecer no es una posibilidad.
—Mierda —gruño, resguardo la cámara con mi chubasquero, miro a ambos lados de la calle y cruzo al paseo marítimo.
Debería correr al coche, irme enseguida, pero no puedo evitar la forma en la que la fiereza del mar me emboba y me paraliza.
—Salté a un mar tan bravo como este porque no concebía la idea de vivir sin mi pirata.
—Y yo salté detrás de ti.
Me paraliza lo alucinantemente realista que ha sonado su voz en mi cabeza. No es la primera vez que me pasa, lo escucho todo el tiempo, a todas horas, incluso hablo con él y le pido opiniones sobre los bebés, pero nunca lo había imaginado tan claro, y eso es lo que me anima a contestarle.
—Gracias a ti estoy viva, y no solo literalmente, sino emocionalmente, pirata. Me salvaste, me trajiste de vuelta y me diste lo mejor que podría tener jamás.
—¿Entonces por qué me abandonaste? No lo entiendo.
Eso es justo lo que sé que él diría.
—Es complicado para mí y no quería que lo fuera también para ti. Pero te prometo que saldrá bien…
—Nada puede salir bien si no estamos juntos, tesoro, ¡nada sale bien! No hay ni una jodida cosa que esté bien mientras no te tengo.
Me duele el alma y me pregunto por qué mi mente me hace esto, por que me martiriza de esta manera.
—Lo entenderás algún día, amor, prometo explicártelo.
—Explícamelo ahora.
Salto al sentir que alguien me toca el brazo y, al girarme, me encuentro cara a cara con la peor de mis pesadillas, pero también mi más bonito sueño.
Lucien desciende la mirada y, al llegar a la tripa, se detiene estupefacto, sus ojos triplican su tamaño, su piel se vuelve del todo pálida y creo que no puede respirar.
Es demasiado realista, demasiado, así que lo toco, y compruebo que es del todo real.
Mierda.
Me giro con la intención de huir, pero él se mueve deprisa y me corta el paso.
—No te atrevas a irte.
No, por favor, aún no estoy lista para esto.
—¿Estás… estás embarazada?
—Lucien, yo…
—¿Cómo? ¿Cómo es posible que estés embarazada? ¿Cómo ha podido pasar esto?
Apenas puedo respirar y se me escapa un mar de lágrimas mientras la culpa me golpea al recibir su tono cargado de dudas y reproches.
—Lo siento…
—¿Que lo sientes? ¿Esto… es seguro para ti? ¡Se supone que no podías ser madre!
—¡Pues puedo!
No sé de donde saco el valor, pero lo hago. Esto es un mal necesario, tenía que pasar algún día y he aprendido a ser fuerte mientras estaba sola. Debo ser capaz de poder defenderme si quiero defender a mis hijos.
—Los médicos se equivocaron desde el principio, no tenía ningún impedimento para ser madre a pesar de que lo creía y sufría por ello.
—Agacho la mirada, incapaz de ver el sentimiento de traición en la suya—.
Sé que odias la idea de ser padre, por eso me marché.
Quería tener un respiro durante el embarazo, pero prometo que pensaba volver, decírtelo.
—Las palabras se me cortan debido al llanto que sale a tropel —.
No tienes que formar parte, Lucien, jamás te lo exigiría ni te impondría hacer algo que no quieres.
Desapareceré todo lo que haga falta y no te molestaré, pero no podía renunciar a mis hijos, y no podía soportar la idea de que me lo pidieras, porque los amo, Lucien.
Amo a estos bebés tanto como te amo a ti y no quiero renunciar a ninguno, pero lo he elegido.
Siento que me fallan las fuerzas, me tiemblan las piernas y mi cuerpo se desliza hacia abajo. Lucien me sostiene. Volver a sentir su tacto es… Dios, es una locura.
—Perdóname por no elegirte, amor. Sé cuánto deseabas que lo hiciera, pero no podía dejarlos desamparados, no pude renunciar a ellos…
Ocurre lo más ilógico. Lucien me envuelve entre sus brazos y me sostiene con más fuerza mientras lloro y me desahogo.
—Por favor, lo siento mucho, siento mucho haberte dejado. Esa semana que pasaste en la cárcel, Lucien… lo siento todo tanto, pero necesitaba un poco de tiempo, solo un poco. Sé que no quieres ser padre, lo sé, pero…
—Zoey, la única razón por la que me mostré tan reacio a la idea de ser padre es porque creí que tú no podías ser la madre de mis hijos.
¿Qué?
—Creí que el hecho de sentir que podías quitarme esa posibilidad te afectaría mucho, y, en realidad, no me interesaba en lo más mínimo tener un hijo si tu no eras su madre.
No lo quería, pero, si es contigo, Zoey, la cosa es muy diferente.
Pueden ser buenos, como tú, y no una bestia como su padre… o el mío.
—Lucien, ¿lo dices en serio? —Elevo el rostro de su pecho y veo sus ojos empapados en lágrimas, además del agua que lo baña.
—Zoey, eres mi tesoro —solloza y su cuerpo pierde fuerzas hasta que termina de rodillas en el suelo y sus hombros se mueven por el llanto—.
Lo único que quiero es estar a tu lado. Solo soy feliz junto a ti y no puedo respirar si no te tengo.
¿Quieres que deje el hockey y que vivamos en un barco?
Hecho. ¿Quieres que vivamos en Toronto junto a nuestros amigos?
Hecho. ¿Quieres ser madre? Joder, hecho.
Te daré toda una camada de críos que se parezcan…
—A ti. —Me pongo de rodillas con prisa y le acuno el rostro con las manos—.
Quiero que todos se parezcan a ti, pirata.
Que muestren ese amor tan incondicional, que no huyan de la persona que aman aunque los asuste, que persigan lo que los hace feliz.
Quiero toda esta vida a tu lado, Lucien, y yo tampoco puedo respirar cuando no te tengo cerca.
—Sollozo—. Oh, Dios, te he echado muchísimo de menos. Gracias por encontrarme.
—Os he encontrado, tesoro. No tienes que huir nunca más de mí y no voy a perderos jamás. Te amo, Zoey, y si estos bebés son la mitad de ti, ya los amo a ellos también.
—¡Ay, madre mía, Lucien! —grito y el llanto me hace temblar—. Tenía tanto miedo de hacer esto sin ti, estoy tan aliviada. Te necesito tanto, pirata.
—Ya estoy aquí, tesoro. Cuidaré de vosotros. Pondré el puto mundo a tus pies, cariño, porque lo eres todo para mí, ¡todo!
—A ellos también los querrás, ¿verdad? —pregunto con esperanza—. ¿Puedes hacer eso por mí?
—Los querré por ti y por mí, tesoro. —Se me llena el corazón de orgullo—. Porque, a pesar de que soy una mierda de persona que no merece ni que le des la hora del día, me haces un regalo como este y me das la oportunidad de ser para alguien el padre que siempre quise tener.
—Serás un padre increíble —lo tranquilizo y le acaricio el pelo.
—¿Y si no lo hago bien? ¿Y si les pasa lo mismo que a los bebés que tuvo mi madre? ¿O que a Mía?
—No, escúchame bien. —Acuno su rostro desencajado por el llanto entre mis manos—.
Eso no va a pasar, solo eras un niño, Lucien, y nada de eso fue culpa tuya.
No lo fue. Con nuestros bebés las cosas serán diferentes, lo harás bien, yo estaré para guiarte, incluso podemos contratar profesionales para que nos enseñen.
—Deja caer el rostro en el hueco de mi cuello y lo escucho sollozar—.
Estaremos bien. —Le acaricio la espalda—.
Lo haremos bien, porque estaremos juntos y porque nos amamos.
—Te amo, tesoro. Te amo más de lo que he amado a nadie en mi vida.
—Yo también te amo más que a nada ni a nadie, amor. Y no volveré a irme, lo prometo, no volveré a huir de ti jamás. Solucionaremos todo juntos, porque tú eres mi norte y yo soy el tuyo.
—Eres mi norte, mi sur y mi jodido mundo entero.