CAPÍTULO 46
Hay millones de peces en el mar, pero yo busco a una sirena.
Toronto, octubre.
Zoey me abandonó, justo lo que dijo que no haría. Me miró a la cara, dijo que me amaba, que siempre estaría conmigo, que era merecedor de amor y, luego, me dio una puñalada.
—¿Ya te vas a entrenar?
Mi padre y sus preguntas estúpidas, si llevo la bolsa con el uniforme y salgo a estas horas, ya conoce la respuesta.
—No te pelees con nadie hoy, por favor. Te esperaré para el almuerzo.
No puedo prometerle nada, pero asiento para que lo deje estar.
Estas han sido las peores tres semanas de mi vida, con diferencia.
Los chicos no me dirigen la palabra, las amigas de Zoey me insultan siempre que me ven y sus padres adoptivos han amenazado con ponerme una orden de alejamiento por acoso.
Solo lo dejo estar porque tengo sus líneas intervenidas y su casa vigilada.
Si ella contacta con ellos, lo sabré primero que nadie.
También intervine los móviles de Declan y Martina, pero estoy seguro de que tienen otros y solo utilizan el que tengo para poder burlarse de mí. Declan me saludó en la primera conversación, después de que ambos fingieran mantener sexo telefónico.
Malditos hijos de puta.
Después, al verme en la pista, bromeo con el gesto de hacerse una paja, se acercó y me restregó la mano sobre el apellido en la camiseta como si me restregase su corrida. Necesité toda mi fuerza de voluntad para no partirle la puta cara.
Ahora solo entreno, no tengo amigos, no tengo casa, no tengo compañeros de equipo y no tengo a mi tesoro. No tengo nada. Estoy perdido y la única razón por la que permanezco en pie, por la que salgo a la pista y juego, es porque aún tengo esperanzas.
Puede que ella me haya traicionado, pero me prometí no perderlas y eso es lo que haré.
La seguiré buscando hasta volver a encontrarla.
—¡Anda! Mira quién está aquí, si es la rata callejera.
Ignoro a Sterling y sigo patinando en zigzag para mejorar mi resistencia.
—¿Por qué no te callas de una puta vez, payaso? —lo pincha Logan—. Tu voz me irrita un huevo.
—El único que tiene los huevos irritados de que se rocen contra el culo de tu prima aquí soy yo.
Hostia.
Logan se detiene en seco, cambia la dirección de sus patines y arremete contra Sterling, lo tira al suelo y ambos se enfrascan en una pelea absurda y tan sin sentido como sus propias vidas.
—Te juro que un día me pondré esa máscara blanca que me hizo y te asesinaré sin que te des cuenta.
—¿Cómo qué máscara blanca? Ella… No puedes tener una máscara como la nuestra.
—Pues la tengo, así que te jodes.
—Iré a casa de mi suegra y la destruiré.
—Más quisieras, hijo de puta…
—Vosotros dos —escucho la voz autoritaria de Declan y algo en mi interior hace el amago de detenerse para demostrarle mi atención, pero lucho contra ello—. Dejad de pelearos y vamos a repasar las jugadas, joder.
Y es lo único que hacemos durante los siguientes noventa minutos.
Al terminar el entreno, me apresuro y salgo el primero; pero, a mitad de pasillo, me encuentro una sorpresa poco agradable a la que soy incapaz de no reaccionar.
—¡¿Qué demonios haces tú aquí?!
No, joder, eso si que no.
—Aléjate de mí, ¡bestia!
—¿Yo soy la bestia? —hablo al ras de ese hijo de puta vestido de traje y ojos de colores desiguales, justo como los de Kirian.
Tiene una complexión similar a la de él, pero algo más delgada, porque este cabrón se dedica a sentar su culo en un asiento de oficina, mientras su hijo se deja la piel en el hockey en busca de su aprobación.
—Pero el hijo de puta que hacía entrenar a tu hijo hasta desmayarse bajo tu orden no lo era, ¿verdad? Maldita jodida ironía.
—Deja de ladrar, perro.
—Deja a Kirian en paz. ¿A qué demonios vienes?
—Sigue siendo mi hijo…
—¿Ah, sí? Creí que solo veías en él la gloria perdida de tu hermano el drogata.
—¡Que te jodan! —Saca pecho y pega su frente a la mía. La tensión escala y se palpa en el ambiente y deseo que se desborde para poder destrozarlo.
—Lo estoy deseando.
—Eh, Lucien, basta —escucho decir a Kirian desde detrás.
—Pues yo no creo que baste, ¿qué demonios hace aquí este cabrón?
Sterling se coloca a mi lado y noto como aprieta los puños. No separo mi frente de la del padre de Kirian a pesar de que él lo intenta.
—¿A ti qué cojones se te ha perdido? —Declan se coloca a mi izquierda.
—Pégame, hijo de puta —incito al cabrón—. Llevo años deseándolo.
—Eso dilo por todos —sentencia Gideon y noto su mano en mi hombro izquierdo.
—Anda, pero si es el solecito —se burla ese cabrón y lo empujo con tal fuerza que su culo se desliza sobre el suelo. Corro hasta él, le sujeto el cuello de la camisa y lo incorporo.
—Se llama Gideon. —Hago que lo mire a la cara—. Llámalo por su jodido nombre.
—Eso, hijo de puta, queremos oírlo —musita Sterling.
—Chicos, dejadlo —interviene Kirian.
—No hasta que llame a nuestro amigo por su nombre con el respeto que se merece —sentencia Declan. Y lo que Declan dice, es ley para los Bloodhawks.
—¿A ese mari…? —El cerdo trajeado grita como una niña cuando le hago una llave de cuello y me lo acomodo bajo el brazo—. ¡Suéltame, bestia!
—¿Eh? Perdona, es que no es lo que quiero jodidamente escuchar.
Los chicos se ríen por lo bajo, incluso Kirian, pero lo disimula.
—Creo que mi amigo espera que lo saludes con respeto. —Sterling le pasa el brazo por encima del hombro a Gideon y este se encoge sobre sí mismo.
—Hostia puta, ese cabrón feo como la mierda se esta poniendo morado, Lucien. —Evidencia Logan, que acaba de acercarse.
—Pues más le vale hablar rápido, antes de que sea totalmente incapaz.
—Gideon —vocifera con voz ronca el hijo de puta y suelto un poco el agarre—. Hola, Gideon.
—Hola, mierda trajeada.
Todos nos reímos, ese mote le va genial.
—Que sepas que no nos alegramos de verte… nunca —evidencio antes de soltarlo. El cabrón cae hacia adelante, apoyado en palmas y rodillas, y tose mientras recupera el aliento. Todos nos reímos de ello.
—Ese cabrón acaba de aprender lo que es la gravedad. —Sterling se parte de risa.
—Si necesitas que nos quedemos… —inicia Declan, pero Kirian lo corta.
—Estoy bien, solo ha venido a hablar y será breve.
—Eso dijo tu madre —se burla Logan y Kirian lo fulmina con la mirada.
Nos retiramos al vestuario y, al entrar, estoy tan preocupado por Kir como todos los demás. El ambiente es diferente al de todos estos días, porque nuestro amigo nos necesita, y estar para los demás, forma parte de nuestro pacto. No puedo olvidarlo, es lo que soy por mucho que la haya cagado.
—Eh, Lucien. —Elevo la vista y descubro la cabeza pelirroja de Reese—. ¿Te apetece una cerveza?
—Que sean dos —acepto, sin mirar a mi alrededor.