Dulce Obsesión (Sangre bajo el hielo 3) CAPÍTULO 45
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CAPÍTULO 45

Ninguna causa está perdida siempre que quede un insensato dispuesto a luchar por ella.

Jack Sparrow.

Toronto, septiembre.

—Lo siento, Lucien, pero ella no quiere verte.

Las cadenas que me mantienen sujeto repiquetean cuando me levanto con todas mis fuerzas y vuelco la mesa, mesa que debería estar mejor anclada al dichoso suelo, pero, como todo en esta mierda de lugar, está como el puto culo.

El abogado salta en su sitio, mientras que mi padre se pone de pie, nervioso y se alisa la chaqueta.

—Esto no tiene sentido, ¡necesito verla!

—He hablado con ella, hijo, pero necesita algo más de tiempo. Me ha pedido que tengas algo más de paciencia.

No puedo tener paciencia, no cuando vivo en una tortura, una que me lleva a autolesionarme cada día, a darme golpes contra las paredes hasta reventarme la cabeza o a golpear al personal que amenaza con sedarme.

—Tienes que tranquilizarte, ella retirará la denuncia, pero, como no te comportes, terminarás ingresado en un hospital psiquiátrico.

Cargo contra el abogado por decir esas palabras, pero el muy hijo de puta tiene suerte de que la putas cadenas me impidan avanzar más.

—Lucien —suplica mi padre—, no puedes seguir así. Rivas solo intenta ayudarte.

—Gilipolleces. Ese pedazo de mierda con traje no dice más que tonterías. Necesito hablar con Zoey, papá, convencedla para que venga o no os presentéis más.

—Lucien, recapacita.

—¡Guardia! ¡Guardia, llévame a mi puta celda, joder!

—Pero ¿qué cojones has hecho? —bufa uno de los guardias nada más entrar, son cuatro, los muy cobardes hijos de puta no pueden conmigo ni estando encadenado—. Esto merece la celda de castigo, Hale.

—Genial. —Bostezo y miro serio a mi padre—. No volváis sin ella.

Es lo que le digo antes de que me encierren en cuatro paredes blancas y diminutas, ahora acolchadas.

—¿Para qué necesito el psiquiátrico si ya tengo esta puta mierda?

Esto es lo que me has hecho, tesoro, ¿es lo que querías?

—¡Me has destrozado la puta vida!

Y ni siquiera lo entiendo, no entiendo que volví a hacer mal, ¿por qué merezco esto?

Pateo las paredes, grito, berreo y lloro hasta que el cansancio me vence y me quedo dormido.

—Hale, tienes visita.

¿Visita?

Tiene que ser ella, hasta ahora solo han venido a verme papá y el abogado, y ayer les dije que no volvieran si no consiguen que ella los siga.

—¿Vas a tomar la medicación? —Gruño como respuesta y el guardia chasquea la lengua—. Solo cumplo con mi deber de preguntar.

—¿Quién ha venido? ¿Lo sabes? ¿Es una chica rubia?

—Sé lo mismo que tú, que tienes visita en la sala de reuniones y que debemos llevarte hacia allá, así que no nos des problemas.

Eso lo veremos, como no sea ella, pienso destrozarlo todo hasta hacerme escuchar.

Cuando llego a la sala de visitas, asomo la cabeza dentro antes que el cuerpo, veo a papá, al plasta con traje y a… ¿El entrenador Holland? ¿Declan?

Entro a regañadientes sin apartar la mirada de mi antiguo amigo, ese al que traicioné de la peor forma a cambio de información sobre Zoey.

—Dije que…

—Que no volviéramos si no venía ella —interrumpe papá—, pero tenemos buenas noticias, hijo. Zoey ha retirado los cargos, ha dicho que se fue contigo por voluntad propia y que declaró lo contrario solo porque estaba asustada de la opinión de sus amigas.

Miro a Declan y este desvía la mirada con rabia. Pongo los ojos en blanco.

—¿A qué cojones has venido si ni siquiera puedes mirarme? —gruño.

—Yo que tú cerraría la puta boca.

—¿Dónde cojones está? —Lo enfrento, y, joder, que suerte tienen todos de que me encuentre encadenado.

—Huyendo muy lejos de ti, porque no hay nadie que te aguante.

—Que te jodan, no decías lo mismo cuando despejaba a todos los cabrones de tu camino para que pudieras brillar, o cuando te cuidaba las espaldas como un puto perro obediente.

—Me importa una mierda lo que digas, solo estoy aquí para ver tu cara de mierda cuando obtengas tu merecido, porque Zoey se marchó, Lucien, te desechó y se escondió en un lugar donde nunca la vas a encontrar, un lugar que yo conozco y que nunca te diré.

Le arden los ojos llenos de ira y desprecio, vaya, sí que me odia y es normal, pero, joder, menudo hijo de la grandísima puta.

—Te torturaré, joder. Cogeré a Martina y…

—Como toques a Martina te vuelo la puta cabeza.

—¡Parad ya con las gilipolleces! —grita el entrenador y se posiciona en medio de nosotros y nuestra pelea de gallos—.

Tú estás oficialmente libre sin cargos y todavía eres mi defensa.

—Me señala y, no lo entiendo, pensé que estaría fuera del equipo—.

Tú eres mi capitán, así que debéis resolver esta mierda y volver a jugar juntos.

—Te dije que era imposible de resolver —sentencia Declan con desgana.

—Yo lo dejo —anuncio y los ocho ojos de la sala me miran con fijeza e incredulidad.

—¡¿Por un coño?! —chilla el entrenador—. ¿Dejas tu carrera por un coño?

—¡No vuelvas a llamarla de esa manera!

—Vale, la llamaré como quieras, pero olvídate de la idea de dejar tu puesto. Aún te quedan tres años de contrato, chaval, le perteneces a los Bloodhwks y no pienso dejarte escapar.

—No puedo jugar sin ella.

—Claro que puedes, lo has hecho muy bien durante años, vuelve a echarla de menos y descarga esa frustración con los rivales en la pista.

—¡No soy tu puta maquina de atizar, joder! Ni de hacer dinero.

Declan emite una risa desprovista de humor y clavo sobre él la mirada.

—Pero si no vales para otra cosa.

Me abalanzo sobre él con la firme intención de demostrarle que tan bien se me da ser una máquina de atizar, pero la fijación de las cadenas me detiene y, esta vez, sí que las han anclado bien la mesa.

—¡Joder!

—Oye, Lucien, siento lo que te pasa, lo siento de verdad, chaval, pero sigues formando parte del equipo.

Además, piensa en la prensa que haremos ahora que esa chica ha confesado haberlo inventado, vas a ser una leyenda, tío.

Estarás en todos los titulares y tu regreso será tan esperado que les va a dar igual que tengas menor rendimiento, lo entenderán.

Holland no se calla, habla sin parar, hasta por los codos y hace que me duela la cabeza. No quiero titulares, ni contratos con patrocinadores, ni prensa.

—Solo la quiero a ella —digo en voz baja, pero, como siempre, Declan parece haberme escuchado.

—Y esa es la mejor de las venganzas.