Dulce Obsesión (Sangre bajo el hielo 3) CAPÍTULO 44
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CAPÍTULO 44

Sé siempre tú mismo, pero si puedes ser un pirata, sé un pirata para siempre.

Florida, agosto.

Zoey está preciosa con ese pañuelo de flores en la cabeza y esas gafas de sol puntiagudas.

Parece una estrella de los sesenta mientras sale de la pequeña farmacia y me saluda con la mano, pero, para mi buena suerte, en Miami, eso, o cualquier otra rareza, no llama en absoluto la atención.

Aquí la gente va a su bola, y si la miran es solo para admirar lo guapa que es o apuntarse su look para recrearlo en alguna fiesta.

Me adelanto un par de pasos y la agarro de la mano, gira la cabeza y me sonríe mientras yo me siento el hombre más afortunado del puto planeta.

No puedo dejar de mirarla, de amarla, de respirar por y para ella.

Zoey Graham es mi tesoro, todo lo que necesito para vivir.

Echo de menos el hockey y a mis amigos, eso es cierto.

Hay días en los que apenas puedo respirar de lo mucho que me apetece deslizarme por la pista y, a veces, aunque suena a locura, siento que llevo patines fantasma en los pies en lugar de zapatillas.

Antes, el hockey era lo único que lograba mantenerme despejada la cabeza, la soledad, el estrés.

La violencia disipaba la falta que ella me hacía y lograba que doliera un poco menos la promesa incumplida de encontrarla algún día.

Hoy, ella llena cualquier espacio, cualquiera.

Si necesito actividad física, su coño se convierte en mi deporte olímpico; si noto ansiedad, juego con ella; si echo de menos tierra firme, la miro y me recuerdo que todo vale la pena solo por el hecho de tenerla a mi lado.

—Mira, ¡sushi! —Señala y se me hace agua la boca. Hay muchísimos productos congelados y enlatados en el barco, incluso hacemos nuestra propia masa madre y horneamos pizzas y pan, pero el tema de las cosas frescas es básicamente imposible.

—Vamos a ponernos morados.

Tiro de ella y noto como me sigue, hasta que se detiene en seco con una expresión que no consigo leer. Me acerco y limpio una lágrima solitaria que le cae por debajo de las gafas con mi pulgar.

—¿Tanto te emociona el sushi, tesoro?

—Me apetece otra cosa. Barbacoa, sí, mira, justo allí hay un restaurante.

No entiendo nada, a mí sí que me apetece mucho el sushi, pero no voy a discutir con ella en nuestro único día en tierra.

—Vale, tenemos cinco horas para hacer lo que quieras y luego volvemos al barco.

—Aprovecharé hasta el último segundo.

Tres horas y media después, Zoey sale de otra farmacia, esta vez, pálida como una vela.

Se hace con provisiones médicas y, aunque mientras estábamos en el barco insistió mucho con el hecho de que quería que la viera un médico, una vez en tierra, dijo que era suficiente con la farmacia, puesto que solo era un malestar de estómago.

—¿Estás bien, tesoro? —Me encamino a la puerta y le agarro la mano—. ¿Han podido darte algo para el estómago?

—Tengo todo lo que necesito —asegura—, ¿vamos por un helado de pitufo ahora?

—Aún nos queda compra por hacer, Zof.

—Por favor.

Soy incapaz de resistirme cuando me pone esa carita.

—Tengo que ir al baño —dice en cuanto me siento en la mesa—. Pide uno de pitufo en tarrina y un cucurucho extra para mí.

—No tardes.

Asiente y marcha a toda prisa. No voy a mentir, no estoy del todo tranquilo. Sé que mi tesoro y yo ayer vivimos un momento mágico y que ella confesó que me ama y me acepta tal y cómo soy, pero es complicado entregar una confianza ciega a alguien que ya te traicionó una vez.

No, joder, soy un imbécil de mierda. Ella no me traicionó, perdió la memoria, aún lucha contra esas secuelas y, ahora mismo, aunque no recuerda del todo nuestro pasado juntos, ha vuelto a elegirme.

—¿Qué les pongo, señor?

—Una tarrina de dos bolas de pitufo y otra de ron con pasas. También quiero un cucurucho extra.

—Enseguida se lo traigo.

—Disculpa, ¿puedes poner el canal de las noticias o el de la NHL?

—pregunto con esperanza. El camarero frunce un poco el ceño y sé que está a punto de decirme que no, cuando saco un billete de cien dólares y lo tiendo en su dirección—.

Por favor, será solo un momento, esto está vacío y puedes quedarte con el cambio.

—Claro.

Coge el billete, pone el canal de noticias en la tele que tengo delante y el de la NHL en la de detrás, sube el volumen de ambas y, aunque es un poco difícil concentrarse en las dos, logro pillarles el tranquillo.

Diez minutos después, no he visto mi cara ni la de Zoey en ninguna de las dos pantallas, tampoco ha venido la policía, lo cual es buena señal, pero…

mi tesoro. Elevo la mirada y encuentro a Zoey delante, juega con el helado derretido sin probar bocado, no lleva el pañuelo ni las gafas y tiene los ojos hundidos.

—¿Vuelves a encontrarte mal? —Me coloco mis propias gafas y la gorra de béisbol solo por pura paranoia. Ella niega con la cabeza—. ¿Ya no te apetece el helado?

Baja la mirada hacia la tarrina, como si apenas recordara que esta ahí.

—Lucien —musita, y le dedico toda mi atención—, ¿sigues pensando lo mismo sobre no querer tener hijos?

—Exactamente lo mismo, no me interesa ser padre. Y, bueno, ahora sabes lo de los trastornos de personalidad, así que, supongo que comprendes mejor porque no quiero reproducir mis genes defectuosos de mierda.

—No estas defectuoso —murmura, y me acaricia la mano que mantengo sobre la mesa—. Eres perfecto, Lucien. Te esfuerzas, tomas tu medicación y tu único hándicap es que amas con tal intensidad que ni siquiera le das importancia a las normas sociales que puedas transgredir en el proceso.

—Creí que eso te disgustaba.

—Lo hacía.

—Pero ahora ya no —musito con una sonrisa y le sostengo mejor la mano, pero ella la separa—, porque me amas —concluyo.

—Te amo —asiente—. Intenté no hacerlo, te juro que lo intenté con todas mis fuerzas, pero no lo conseguí.

—Al diablo todos los que te hicieron creer que está mal amarme, Zoey, porque no lo está.

Puede que sea todas esas cosas malas que has dicho, a la mierda, lo soy, pero amarte es lo único bueno y puro que hago, lo único de verdad.

Daría mi vida por ti o por cualquiera de los chicos sin dudarlo y…

—Se me corta la voz al recordar a mis amigos—.

Da igual, sé que ellos no pensaran igual, pero yo sé que es así y con eso me vale.

—Aunque tuvieras un hijo que heredara tus trastornos de la personalidad, él o ella serían diferentes, tendrían amor, guía y una red de apoyo inquebrantable desde el inicio…

—¿Por qué estás tan pesada con el tema de los hijos? ¿Eh? Da igual, aunque quisiera tenerlos, que no quiero, ni siquiera podríamos. Es una tontería.

—Solo quiero que entiendas que tener un hijo no es lo peor del mundo, Lucien…

—Para mí lo es, Zoey, no me interesa en absoluto ser el responsable de la existencia de un ser tan pequeño y frágil. No, joder, no. Paso. No quiero ser padre y fin de la conversación.

—Entendido.

Sé lo que hace, no soy idiota, se martiriza a sí misma con la idea de que, a lo mejor, si yo quisiera ser padre, ella me privaría de ello, pero no es así, porque no me interesa ser el padre de nadie que no lleve la mitad de sus genes.

Así, quizá, ella lo salvaría, lo haría bueno como ella y no un monstruo como yo.

—No te vas a comer eso, así que vamos a hacer la compra.

Me pongo de pie, la agarro de la mano y, al dar un primer paso fuera de la heladería, siento que ella me suelta. Unas luces se encienden a mi alrededor, me deslumbran y, cuando miro hacia el frente, tengo pistolas apuntándome a la cabeza.

—Lucien Hale, quedas arrestado por el secuestro de Zoey Graham. —El puto Jack se acerca y me apunta con un arma—. Tienes derecho a permanecer en silencio.

No, joder, no, cállate, puto payaso.

—Vas a tener que dispararme —lo corto—. Deja de ser tan nenaza solo porque te rechazó, joder, ambos sabemos que no estaba secuestrada.

—Eso no es lo que dice la denuncia presentada por sus amigas, ni la propia víctima que ha llamado para delatarte.

Se me cae el mundo encima, noto como se destroza, como se hace añicos y se desmorona en tropecientos pedazos. ¿Ha dicho que Zoey llamó a la policía para delatarme? Eso es imposible.

¿Entonces por qué, cuando giro la cara para mirarla, no puede ni siquiera sostenerme la mirada? ¿Por qué llora de esa manera?

No puede ser.

—¿Qué has hecho, tesoro? —musito roto de dolor y ella se rompe. Llora y dice que lo siente, pero no es suficiente, joder.

He sido un puto idiota, he creído que me amaba, que me elegía… y ahora me ha traicionado.

—No dejaré…

No logro terminar la frase, ni el paso que inicié, porque noto como unas descargas eléctricas me recorren cada terminación nerviosa de forma dolorosa.

No dejaré que me tumben, no pueden alejarme de ella.

Recibo una segunda descarga, pero sigo avanzando hacia Zoey, que llora y me mira desconsolada.

Con la tercera, caigo a sus pies de rodillas, incapaz de hablar y, con la cuarta, me desplomo y me desmayo tan pronto veo sus lágrimas de desesperación.

¿Por qué nos has hecho esto, tesoro?

¿Por qué?