Dulce Obsesión (Sangre bajo el hielo 3) CAPÍTULO
89%

CAPÍTULO

Tú, yo y el mar.

Barco, agosto.

No es posible, pero, entonces, ¿qué demonios me pasa?

Cuando me vino por primera vez el periodo tenía catorce años y medio, todo era un caos y yo no entendía nada.

A veces, pasaban meses y mi periodo ni siquiera asomaba; otras, me venía dos o incluso tres veces con semanas de diferencia.

Mi cuerpo era una locura, el dolor era insoportable y le pedí ayuda a mis padres porque no lo toleraba cuando cumplí los dieciséis.

Esa fue la primera vez que escuché a un médico decir que soy estéril, o bueno, incapacitada para tener hijos.

Cuando caí al mar con nueve años, no solo me di un golpe en la cabeza que me robó los recuerdos, si no que también me di un golpe en la pelvis que me dejo el útero atrofiado e inflamado junto a otros órganos cercanos, o eso es lo que ponían los informes y las placas de ese entonces, que fue las que el médico miró.

Dijo que la inflamación y el sangrado eran tales que ni siquiera tenía una buena visión, pero que concordaba con su colega.

Me hice a la idea de que nunca sería madre, y no es que haya sufrido en exceso por ello a lo largo de estos años, porque, siendo sincera, ¿quién piensa en hijos a los veintidós?

Pero sí que es un dolor que visita mi pecho de vez en cuando.

El ginecólogo que me trató a los dieciséis me recetó tomar anticonceptivos orales para regular mi ciclo y reducir el dolor. Bien, ¿pues adivina quién no trajo esos anticonceptivos a su secuestro en este barco? Yo.

Mi único alivio es saber con certeza que no estoy embarazada porque eso es, simplemente, imposible; pero, a pesar de ello, siento una espinita clavada en lo más profundo de mi pecho.

Lucien y yo hemos sido extremadamente activos sexualmente durante estos dos meses.

A veces incluso lo hemos hecho tres veces seguidas, sin parar.

Pero, es que, ¿qué más se supone que íbamos a hacer si ni siquiera tenemos tele o acceso a internet?

Y Lucien es demasiado competitivo e irritable como para jugar a juegos de mesa durante más de dos minutos.

No, él prefiere otro tipo de juegos, y esos siempre terminan conmigo gimiendo su nombre mientras me llena con su orgasmo.

No puedo estar embarazada.

Es imposible y solo estoy agobiada, pero, aún así, estoy decidida a que Lucien me lleve a tierra sin permitir que me drogue.

Camino despacio y semidesnuda por el rincón más privado del barco, ese en el que Lucien diseñó para nosotros una habitación de juegos sexuales con temática pitara que más bien parece una habitación de tortura y que, hasta hoy, había conseguido evitar.

La habitación es chula, y las cosas tienen pinta de ser una pasada, pero Lucien es un bruto al que le cuesta mucho escuchar o comunicarse de forma adecuada y, hasta hoy, la idea de quedarme a merced de él en un lugar como este, me daba un poco de pánico.

No soy una cobarde y no quiero serlo nunca más.

Abro la puerta del «cofre del tesoro», como él lo ha nombrado y me quedo sin aliento.

He visto esta habitación infinidad de veces antes de esta, pero, aún así, no puedo evitar sorprenderme cada vez que la piso.

Es una auténtica pasada. Las paredes son negras y de revestimiento de madera, por eso, cada detalle de un color diferente destaca a la perfección.

Lo primero que se roba mi atención son las cuerdas gruesas con estilo red o nudos marineros que recubren la parte de madera de las paredes; lo segundo, las fundas, mordazas y látigos.

Lo tercero es la cruz de San Andrés. Lo cuarto, los diversos consoladores y plugs anales con los que Lucien ha insistido para que entrene.

Pasé al tamaño más grande hace tres días, y es el que llevo justo ahora.

Lo último, pero no menos importante, el mecanismo que reposa en medio de la habitación y las cuerdas que cuelgan de él.

Vale, puedes hacer esto, estará bien, hace mucho que quieres probarlo, pero, simplemente, no te decidías. Hoy es el día de arriesgarse y jugarlo todo al rojo.

Me quito la ropa interior, salgo de la habitación y camino despacio hasta la esquina de la cocina, donde Lucien prepara nuestra cena.

Me aclaro la garganta y mira en mi dirección, sus labios se entreabren debido a la sorpresa, apaga los fuegos con prisa y yo corro a toda velocidad consciente de que él vendrá para atraparme.

El eco de sus pasos resuena contra la madera noble justo después de los míos, suenan mucho más amenazantes, mucho más pesados y, si no hubiera pasado por estas persecuciones ya unas cuantas veces y no tuviera claro como terminan, estaría muerta de miedo.

El pulso me late en los oídos y noto una mezcla embriagadora entre cierto temor y excitación pura.

No miro atrás, pero sé que él está ahí, a poca distancia, listo para atraparme.

Me pregunto si hago lo correcto y supongo que pronto lo descubriré.

Empujo las puertas dobles al final del pasillo y me adentro en el único espacio del barco que había evitado pisar con Lucien durante estos dos meses, pero que ahora mismo se presenta como mi única oportunidad.

Al cruzar el umbral, el aroma a cuero caro, cera de velas y el sutil perfume de Lucien, que él mismo se encarga de atomizar cada día para marcar el territorio, me envuelve de nuevo de golpe.

En el centro de la estancia, suspendido del techo de vigas reforzadas, destaca la estructura de acero negro del colgador de BDSM, que es justo mi objetivo.

Me detengo debajo, jadeante y con las mejillas encendidas.

Cuando me yergo, noto como la silueta imponente de Lucien bloquea la luz del pasillo.

Sé que, la única razón por la que no me ha atrapado es porque le puede la intriga de verme correr desnuda con este lugar como destino.

Elevo la vista y busco su mirada, la encuentro oscurecida y recorriendo mi cuerpo tembloroso.

—Has tardado en cruzar esta puerta para mí, tesoro —dice, y su voz suena más como un ronroneo bajo cargado de una devoción absoluta y posesiva—. Pero siempre supuse que lo terminarías por hacer.

Se acerca sin prisa, y puedo ver cómo se dibuja en su rostro esa pequeña mueca que tanto me excita y, a la vez, me cabrea. Parece un depredador tranquilo, uno que sabe que la presa entró en la jaula de forma voluntaria. Me sujeta la barbilla con su mano colosal y la eleva para obligarme a mirarlo.

—¿Estás lista para esto? —pregunta, con esa intensidad antisocial que a cualquiera horrorizaría, pero que a mí me hace sentir el centro de su universo.

—Sí —susurro con voz trémula—. Estoy lista, pirata.

Una chispa genuina cargada de satisfacción brilla en el centro de sus ojos color whiskey .

—Eres una buena chica, tesoro —me alaba, me acaricia la mejilla y, el elogio más su tacto, hacen que se encienda la piel—. Qué hermosa te ves cuando no te empeñas en pelear contra lo inevitable.

Con movimientos fluidos y expertos, Lucien sujeta las cuerdas y las enrolla por cada zona de mi cuerpo, muy despacio, pero apretando lo justo y sin perder el contacto visual conmigo.

¿Es normal que me excite incluso la simpleza y, a la vez, peligrosidad de sus movimientos?

Es imponente, vestido solo con un pantalón de tela, con ese torso tatuado y tan trabajado que…

Joder. No puedo parar de mirarlo, mi cuerpo se calienta solo con su presencia y con los besos que me roba mientras continúa con su trabajo.

Estoy a punto de rendirme a sus pies, de gritarle que puede hacer lo que se le antoje conmigo, porque sí, hay una parte de mí que confía en él lo suficiente como para sentirme siempre segura.

Lucien me coloca las gualdrapas y los arneses acolchados del colgador.

No hay prisa en él, mi seguridad parece ser la única regla que su mente estructurada respeta de forma obsesiva.

Me pide que eleve los brazos, y lo hago, entonces me guía con toques firmes, pero extrañamente delicados.

Ajusta las muñequeras anchas y se asegura de que el peso se distribuye de manera uniforme sobre los herrajes para no lastimar mis articulaciones.

Cada hebilla que cierra va acompañada de una caricia que me eriza la piel, o de un susurro aprobatorio que me hace perder el aliento.

—Mírate, tesoro, tan suave, tan perfecta, tan mía —murmura mientras engancha los mosquetones metálicos a la barra de suspensión—. Has sido tan valiente hoy, tesoro. Me encanta cuando me dejas ver lo mucho que me necesitas y voy a recompensarte por ello.

Lucien acciona el sistema de poleas con suavidad y contengo el aliento al sentir la tensión que me eleva los brazos y las piernas, el balanceo del barco añade una sensación de ingravidez e indefensión absoluta.

Estoy completamente suspendida, a merced del hombre que me mira como si fuera su posesión más valiosa. Su tesoro. Lo único que necesita.

Él da un paso atrás para admirar su obra.

Cuelgo frente a él, con el pecho agitado y los ojos fijos en los suyos, espero a que tome acción, pero no me siento vulnerable en absoluto.

Por la forma en la que él me mira, como si pudiera entregarme el mundo en una bandeja, sé que he ganado, sé que soy poderosa y que, a diferencia de lo que antes creía, puedo manejar a Lucien Hale.

Lucien se desnuda despacio, rompe la distancia entre nosotros, se interpone entre mis muslos suspendidos y elevados, y conecta nuestros cuerpos con una sola estocada que me hace ver las estrellas.

El contraste entre la rigidez de la cuerda, la firmeza de los amarres y el calor ardiente de la piel de Lucien hace que se me escape un gemido ahogado y gutural.

—Eres mía, tesoro —sentencia y captura mis labios en un beso profundo y hambriento que sabe a rendición y a una oscura y eterna promesa de posesión.

—Soy tuya —le confirmo entre jadeos y hago que mis músculos se contraigan mientras lo acogen—. Soy tuya por completo, pirata. No quiero ser de nadie más, ni estar en ningún otro lugar que este.

Y es cierto. Tanto que me sobrecoge siquiera pensar en la posibilidad de no estar a su lado.

Me he enamorado de este sociópata desquiciado, del hombre que lo daría todo por mí.

Él es mi pirata y yo soy su tesoro.

Las manos de Lucien me recorren entera, sus labios se enganchan a mi pezón, su polla me folla sin contemplaciones. Me escucho gemir y siento que es un canto de sirena.

Sale de mí un momento y regresa con un consolador de punta ancha y redonda, lo enciende y me lo coloca en el clítoris.

Mis paredes se encogen a más no poder y él me penetra.

Sisea de gusto y a mí se me cae la cabeza hacia atrás, pongo los ojos en blanco y no me contengo con los gemidos.

Desde que estamos aquí, el silencio nunca ha sido algo que debamos procurar.

—Joder, tesoro. No me canso nunca de ti.

—Ni yo de ti, pirata, pero quiero probar algo nuevo. —Lucien frunce el ceño—. Lleva tu mano libre a mi agujero trasero. —Se le ensancha un poco la mirada y se le dibuja en los labios un amago de sonrisa.

—Me necesitas aquí de… —Se sorprende al rozar el plug.

—Sácalo y lléname con tu polla, pirata. Me he estado preparando para ti. Quiero ser completamente tuya.

—Zoey…

Me saca el plug , se pone de rodillas y me lame toda la zona. Se me encogen los dedos de los pies y la sensación me viaja por todo el cuerpo como si fueran corrientes eléctricas.

—Lucien —gimo.

—¿Estás segura de que es lo que quieres?

Abro los ojos, desorientada, y lo veo de pie entre mis piernas, imponente, como un jodido pirata.

Asiento.

—Bien, tesoro, pues es lo que tendrás.

Se vierte un chorro de lubricante sobre la polla y lo extiende antes de poner una buena cantidad también en mi entrada.

—Quiero que lo hagas de golpe.

—¡¿Qué?!

—Quiero que me folles así, Lucien, necesito tenerle dentro de mí. Por favor, Lucien.

Me trago el grito. Aprieto los labios, pongo los ojos en blanco y asimilo el dolor. Duele, pero solo durante los primeros diez o veinte segundos. Entonces me permito sentir y me doy la oportunidad de registrarlo. Estoy tan llena...

Lucien se mueve despacio y a mí me saliva la boca. No… no creí que podría disfrutarlo tanto.

Dejo mi mente vacía y me concentro en la sensación, en la forma en la que su polla gruesa entra y sale de mí, como me coloca el vibrador sobre el clítoris y yo… Madre mía, cortocircuito.

Es el orgasmo más feroz que he tenido jamás, me deja ida, sensible y babeante.

—Perfecta —musita Lucien.

—Y tuya —le recuerdo—. Te amo, pirata. Te amo tanto que ni siquiera me lo puedo explicar. Te amo tal cual eres. Yo, solo… te amo.