CAPÍTULO 42
Cualquier pirata, que sigue el canto de una sirena, naufraga.
Miami, once años.
—No me importa.
Zoey se cruza de brazos y me mira de esa forma intransigente en la que siempre lo hace cuando no piensa ceder.
—No puedo exponerte a eso, Zoey, no me da miedo la idea de trabajar como un burro en las calles para lograr mantenerte, porque sé que alguien como yo sobreviviría a cualquier miseria, pero tú no, tesoro. Tu madre no te confío a mí para que te ofrezca una vida de mierda.
—Hablas como si tuviéramos todo el tiempo del mundo —sentencia con frustración —No lo tenemos, L, ¡vienen a por mí en una semana!
—A lo mejor si vuelves a hablar con ellos…
—Se los supliqué —me corta—, no son mala gente y creí que podría convencerlos, pero los trabajadores sociales les han envenenado la cabeza en tu contra.
Malditos hijos de puta. Se jactan con que soy un rebelde solo porque me cuelo en la habitación de Zoey, robo cosas para ella y la acompaño a todos lados.
—No voy a dejarte. —Me mira con tanta seriedad que me provoca escalofríos. Solo tiene nueve años, pero es fuerte, decidida y a cabezota no le gana nadie—. No iré a ningún lado con esa pareja ni con nadie que quiera adoptarme si no te llevan también.
El doctor Hale, mi psiquiatra, dijo que si amaba a Zoey de verdad debía darle la oportunidad de vivir una vida mejor.
Dijo que el liberar también es amar, pero la opinión del doctor Hale con respecto a lo que siento por mi tesoro me importa una reverenda mierda, porque, aunque es el tío más majo que conozco, no tiene ni puta idea.
—Yo me voy a las ocho, tú verás si me acompañas.
Su diminuta figura rubia me da la espalda, pero no permito que se aleje, corro hacia ella, la abrazo por detrás y le doy un beso en la cabeza.
Zoey es la única persona en el mundo con la que tengo un contacto físico real.
—Por supuesto que te acompaño. Sabes que iría por ti hasta el jodido fin del mundo si fuera necesario, tesoro. —Sonríe de oreja a oreja, se gira emocionada y me da un beso largo, sonoro y fuerte en la mejilla que me reinicia por dentro y también me hace reír.
—Sé que será difícil, y que esa casa da un miedo que te cagas, pero es algo temporal, hasta que consigas traer tu barco a la orilla y llevarme en él para siempre como le prometiste a mamá.
Me encojo sobre mí mismo, a veces no sé si lo dice de verdad, es decir, ya tiene nueve, somos pobres y huérfanos, es imposible que ella crea que realmente tengo un barco en algún lugar del mar esperando por nosotros, pero nunca me atreveré a decirle lo contrarío.
Trabajaré duro hasta que pueda convertir esa fantasía en una realidad.
—Nos vamos esta noche —farfullo—. No olvides meter ropa de abrigo, comida, y alguna manta.
Asiente, y es justo lo que hacemos.
De eso hace una semana, Zoey se ha enfermado por el frío, casi no nos queda comida, nos buscan con una alerta ámbar y todo en esta casa de mierda se cae a putos pedazos.
¡Joder!
Encima nadie me da trabajo, y Zoey me impide robar, porque, si me atrapan, la perderé, y no puedo perderla.
—Tesoro, ¿estás mejor? —Le toco la frente y se me acelera el corazón. Arde, y a ninguno de los dos se nos ocurrió traer medicina.
Una estúpida gota fría me cae desde lo alto del tejado.
Hay tantas goteras que es ridículo que esta casa se mantenga en píe, y claro, tienen que caerme justo en la cara.
No tengo dinero para nuestra siguiente comida, no puedo solo salir y comprarle medicina porque toda la ciudad nos busca, no puedo garantizarle la vida y eso es lo más esclarecedor, porque nunca permitiré que ella muera.
Se lo prometí a su madre, pero ahora me lo prometo a mí mismo una vez más.
Cuidaré de este tesoro mientras tenga vida y a lo mejor el doctor Hale tiene razón, a lo mejor amar también es mantener distancia, aunque no sea lo que quieras, solo para que el ser que amas pueda tener la vida que merece.
Es uno de los argumentos que más se repite entre los niños que son dados en adopción por padres que no pueden mantenerlos, así que, depende de por donde lo mires, también es un acto de amor.
—Tesoro, escúchame. —Me acomodo a su lado y ella saca la mano del saco de dormir en el que permanece acurrucada en posición fetal para sostener la mía.
—Te escucho, pirata —musita e intenta sonreír para tranquilizarme, pero no tiene mucho éxito.
—Zoey, tenemos que volver al orfanato —sentencio sin dudar, me pongo de pie y recojo un par de cosas que tengo a mi alrededor.
—¿Qué dices? —bufa mientras se incorpora y me mira con los ojos llenos de lágrimas. No puedo soportarlo, pero soporto mucho menos verla en ese estado, roja, sudada, débil y tiritando por la fiebre, por eso no la miro y recojo todo lo demás—. ¡¿Qué haces?! Para, no pienso irme a ningún lado.
—Necesitas un médico.
—No es verdad, estoy bien. —Se pone de pie a duras penas, pero supongo que en su cabeza lo hace con agilidad, porque me pregunta, convencida—. ¿Lo ves? Me encuentro perfectamente.
—Ambos sabemos que eso no es verdad.
Doy un paso adelante, recojo el saco del suelo y lo enrollo delante de su mirada agrandada y cargada de pánico.
—¿Es qué ya te has cansado de mí y quieres que nos separen? Solo estoy un poco resfriada, L, me pondré bien enseguida, yo…
Un ataque de tos muy feo interrumpe sus palabras y lo veo todavía más claro.
—Tiene que verte un médico, Zof.
—No. No volveré al orfanato para que me alejen de ti, prefiero ir a tu barco.
—Zoey.
Estoy a punto de explicarle que todo eso es una fantasía cuando me sujeta la mano y me mira seria con los ojos húmedos. Entiendo que se aferre a un sueño, yo también lo haría si pudiera, pero nunca he tenido esa suerte.
—Nunca me separaré de ti, L, sin ti prefiero morir, así que, si ya no podemos estar aquí, solo deja todo esto y llévame a tu barco.
¿Quiere decir lo que creo que quiere decir? A veces me cuesta un poco comprender del todo a las personas, no me suele pasar con Zoey, pero es confuso.
—Jamás permitiría que te pasase nada malo, tesoro.
—Perderte es lo peor que me puede pasar. No quiero estar bien si eso implica dejarte, ¡¿es que no lo entiendes?! ¡Llévame a tu barco! No pienso ir con nadie sin ti, así que ¡vámonos ahora!
—Zoey, iré a dónde te lleven. Yo… Me las apañaré para robar los datos de esa pareja, conseguiré dinero para un billete de autobús, empacaré todas mis cosas y viviré en la calle cerca de donde vivas. Me verás cada día….
—No —solloza y niega con la mirada perdida, como si se estuviera haciendo a la idea de que está, realmente, es una encrucijada que ya no podemos sortear más—. No quiero eso…
Una Zoey hecha una furia que parece obtener energía renovada y erradicar la enfermedad en su sistema, sale a toda prisa, baja las escaleras y escapa de la casa en ruinas por la puerta del patio trasero, patio que no tiene demasiado lejos un pequeño muelle con acceso a mar abierto.
Mierda.
Dejo todo en el suelo y corro tras ella.
—¡Tesoro! —grito y la veo, me ha sacado cierta distancia, pero si apuro mis zancadas estoy seguro de que la podré alcanzar—. Zoey, no lo hagas, ¡detente!
—¡Nadaremos hasta encontrar tu barco!
No. Todo menos eso, joder, no. ¡No sé nadar! Y las olas están embravecidas.
Tengo que alcanzarla.
Acelero el paso y, por suerte para mí, la atrapo por la camiseta cuando está a punto de correr por el muelle.
—¡No vuelvas a hacer eso! —riño mientras ambos recuperamos el aliento.
—Entonces saltemos al mar —dice con cierto entusiasmo. Me desconcierta. Creo que mi tesoro ha entrado en una especie de estado de shock o algo por el estilo—. Sí, pirata, podemos hacerlo, solo tenemos que nadar hasta tu barco y escaparemos de los malvados.
—Zoey, nosotros no… no podemos hacer eso.
—Sí que podemos. —Me sujeta la mano e intenta tirar de mí—. No puedes dejar que nos separen, pirata, lo prometiste, prometiste que estarías siempre conmigo.
Mi semblante se desencaja totalmente. Por primera vez, no soy optimista con respecto a nosotros y eso es más que evidente.
Zoey me observa con atención, su sonrisa se rompe, se transforma en tristeza.
Sus ojos se llenan de lágrimas sin derramar, igual que los míos, y nos decimos sin necesidad de palabras que es hora de asumir esta parte de la realidad.
Es una parte que ambos odiamos, que nos duele a más no poder, pero que es inevitable.
—Pirata, deberíamos irnos ya. Tengo mucho frío —solloza despacio.
—El agua estará aún más fría, tesoro, no puedo dejar que lo hagas.
—Pero tu barco no estará lejos, no soy una niña débil, siempre me lo dices, dices que soy fuerte y te lo voy a demostrar.
—Zoey. —No puedo soportar que llore de esta manera.
—Siempre haces cosas por nosotros, nos cuidas y nos mantienes unidos. Quiero estar contigo, pirata. Puedo llegar al barco, puedo hacerlo por nosotros y te lo voy a demostrar.
Toma impulso, sortea la altura que nos separa y me da un beso en los labios que me eriza cada centímetro de piel y me hace sentir aturdido, entonces se da la vuelta a toda velocidad y corre, extiendo las manos y rozo su ropa, pero no soy capaz de sostenerla, ni de alcanzarla, porque mi tesoro se lanza al mar y yo me lanzo tras de ella.
Las olas me engullen enseguida. Hay muchísimo movimiento. No puedo respirar, pero necesito encontrarla.
Abro los ojos y la sal me pica en ellos, no veo apenas nada, el movimiento del mar me impulsa a la superficie y tomo un poco de aire.
Joder.
Abro los ojos una vez más, contengo la respiración, busco a Zoey con más ahínco, ahora hay menos burbujas, miro en todas las direcciones y, entonces, la veo. Tiene los ojos cerrados, se mueve al compás del movimiento del mar y… ¡sangra!
No sé nadar, pero hago lo que me pide mi impulso, muevo los brazos y lucho contra el agua para llegar hasta ella. Me arden los pulmones, debería ir a respirar, pero si a mí me arden, no me imagino como se encuentra ella y es mi prioridad.
Necesito respirar. Es desesperante y la distancia entre nosotros parece no acortarse demasiado.
Vamos a morir aquí.
Noto que pierdo las fuerzas y, justo cuando le rozo la mano, todo se vuelve oscuridad.
Siento no haber podido cuidarte, tesoro. Siento ser una mierda de pirata.