CAPÍTULO 41
En cualquier vida, te encontraré.
Barco, agosto.
La escucho gritar antes de girar la esquina y verla, luego oigo sus pasos veloces recorriendo el suelo de madera. Es música celestial, y mi alma, al fin, se siente en armonía.
Renunciar al hockey y a mis amigos no fue una decisión fácil; de hecho, a pesar de toda la felicidad, hay días en los que me despierto y lo hecho muchísimo de menos.
Es agosto, debería acudir a los entrenamientos para mantener la forma, pero, en lugar de eso, corro para atrapar y follar por segunda vez en el día a la chica más perfecta del mundo.
Zoey.
No me extraña haber hecho todos los sacrificios, cagadas y locuras que hice por ella, no, lo extraño para mí es no haber hecho mucho más que eso, porque esta mujer me vuelve del todo majareta.
—¡No vale! —grita, se coloca detrás del sofá, y me lanza los cojines—. Quédate quieto, necesito más ventaja.
No la necesita porque igual voy a atraparla. Me subo en el sofá, tomo todo el impulso que puedo y salto al otro lado. Zoey chilla sorprendida y corre en dirección a la cocina, donde me lanza una lata de conserva antes de continuar con su huida rumbo a los pasillos que conducen a la habitación.
Han pasado casi dos meses desde que vivimos en el barco y, aunque hay días mucho más retadores que otros debido al afán de mi tesoro por convencerme de que ponga rumbo a casa, han sido los mejores de mi vida.
Espero que para ella también lo hayan sido, porque pronto nos quedaremos sin suministros y tendremos que volver a la superficie el tiempo justo para repostar.
No quiero tener que drogarla, no quiero volver a comportarme de forma tan gilipollas, porque, aunque Zoey piense que no la entiendo cuando dice que necesita que me comunique mejor con ella y tenga en cuenta sus opiniones, sí que lo hago.
La entiendo a la perfección, comprendo lo que piensa y lo que quiere, solo que estoy convencido de que lo mejor para nosotros es hacer las cosas a mi manera en vez de a la suya.
—Así que te escondes de mí —musito despacio cuando entro en la réplica de mi habitación en el internado y no la encuentro por ninguna parte. Juro que la vi entrar aquí, pero todo permanece en tal silencio que me permito dudarlo.
El barco que construí para ella con mi primer contrato de la NHL sufrió algunos cambios cuando supe que había perdido la memoria.
Añadí algunas habitaciones con la esperanza de que hicieran brotar en ella todos nuestros recuerdos importantes.
Ha funcionado a medias, porque Zoey aún no recupera sus recuerdos de la infancia, pero, al menos, ya cree en mí y está convencida de que sí soy ese niño que ella tanto anhelaba encontrar.
También tiene claro que sus padres le mintieron, que todo su entorno lo hizo.
No intenté matarla y, solo soy ese mismo niño que no ha parado de buscarla ni siquiera un segundo de su vida y que no piensa dejarla escapar.
Escucho un movimiento extraño y luego pasos apresurados.
A mi derecha, Zoey sale del armario con la velocidad de una bala y abro los brazos para recibirla cuando veo que se abalanza hacia mí.
En lugar de recibir el impacto tan agradable que espero, siento una brisa fresca con olor a jazmín porque Zoey me rodea, abre la puerta del baño y se abalanza sobre el váter con una arcada ensordecedora que dispara el contenido de su estómago con la rapidez de un proyectil.
—Princesa.
Corro a su lado y le sujeto el pelo, que le ha crecido bastante a lo largo de estos dos meses y ahora le roza la cintura.
—Eso es, échalo todo.
Joder, no quiero que se ponga mala, pero siempre he sabido que era una posibilidad. Mis recursos en el barco son limitados y, si llamo al doctor para que venga en el helicóptero a mi encuentro, estoy seguro de que los chicos estarán pendientes y listos para localizarlo.
O a lo mejor no, a lo mejor soy un flipado y mis amigos ahora me odian tanto que pasan del todo de mí, pero no de ella.
Martina y Briella jamás permitirían que los demás no pongan todo su empeño en hallar a Zoey, y sé que la única razón por la que nuestra desaparición no está en todos los noticieros es porque tienen la esperanza de que recapacite a tiempo.
—¿Qué te pasa, princesa? —musito mientras la veo incorporarse, pálida como una hoja.
La sigo mientras se mueve con precisión inestable, la veo enjuagarse la boca y la consuelo cuando se da la vuelta y hunde el rostro en mi pecho.
—¿Comiste algo que te sentó mal? —pregunto mientras le rodeo los muslos, la elevo y le apoyo el culo sobre la encimera del baño.
Ella niega con la cabeza—. ¿Sientes que tienes fiebre?
—Vuelve a negar—. ¿Es por algo de la regla?
—Su cabeza se eleva del hueco de mi cuello con la velocidad de un resorte y la veo fruncir mucho el ceño—.
Oh, mierda, no comprobé si se compraron ese tipo de productos de higiene, soy un jodido gilipollas.
Zoey no me presta atención, de hecho, su mirada permanece agrandada, fija en un solo punto y cargada de dudas.
—Siento haber sido tan imbécil, tesoro. —Le sujeto el rostro con las manos y la beso en los labios antes de que sus ojos, que siguen con la misma incertidumbre, se fijen en mí—.
No tienes que esconderte de mí si te encuentras mal.
Yo cuidaré de ti, te daré masajes y te haré dulces o lo que sea que os guste a las chicas mientras tenéis la regla.
Puedes usar estas toallas si esos imbéciles no te trajeron compresas ni tampones.
—Señalo las toallas pequeñas de secarse las manos—. Yo las lavaré.
Mis empleados suplieron el barco con ropa para ambos y comida para varios meses, pero no comprobé todo lo que hicieron, yo solo… estaba demasiado desesperado por estar aquí con ella como para preocuparme por nada más.
—Creo que debemos ir a tierra firme. Se nos han acabado los productos frescos y quizá es mejor que te vea un médico. No quiero volver a drogarte, Zof, pero me muero de miedo. Promete que no volverás a escapar.
Sus ojos azules brillan repletos de esperanza y ni siquiera sé cómo sentirme ante eso, ¿está emocionada porque confío en ella? ¿O porque vamos a tierra firme y ve una oportunidad de huir?
—No escaparé —murmura y me acaricia la mejilla. Me derrito contra ella, porque esta mujer es el único ser en la tierra que me tiene totalmente en sus manos—, pero me sentiría mucho mejor si pudiera verme un médico, Lucien, creo que es una gran idea que vayamos a la superficie.
Doy un paso atrás, contrariado.
¿Intenta convencerme con el fin de jugármela o lo dice de verdad?
—¿Qué pasa? —pregunta mientras me doy la vuelta y me alejo, entre bufidos.
—¿Quieres jugármela y escapar de mí? —Me giro para enfrentarla y ella se choca contra mi pecho. Es tan mona, tan delicada, tan diminuta y tan mía…
—¿Qué? No, ¿por qué piensas eso?
—Porque quieres que volvamos a la superficie y que me enfrente a mis amigos.
—Por supuesto que lo quiero —sentencia, y entonces lo veo claro. Se me escapa un gruñido, me desenrosco de ella y corro a la habitación del barco que es como aquella en la que dormíamos los días en los que nos escapamos juntos del orfanato, los días previos a que lo perdiéramos todo para siempre.
Zoey jadea al entrar detrás de mí, no le gusta este lugar y no me extraña, da puto miedo, tanto como lo daba aquella casa en ruinas en la que solo pudimos resguardarnos porque nos teníamos el uno al otro.
—¡Vas a dejarme! Sigues queriendo dejarme y no puedo soportarlo más…
—No. No es cierto, Lucien, no es verdad.
—¡Deja de intentar jugar con mi mente! Repites esa mierda de que tener el perdón de mis amigos y jugar es lo mejor para mí, ¡pero lo mejor para mí es esto, Zoey, es estar contigo!
—¡Y estarás conmigo! No voy a dejarte, Lucien, no puedo hacerlo…
—Claro, porque yo te obligo.
—¡No! Nada más lejos de la realidad, pero ambos debemos tener una vida independiente a la del otro, por nuestro propio bien, por nuestra salud mental.
Tú tienes el hockey, y sé que lo echas de menos, lo veo en tus ojos cada día y en la forma en la que tiemblas cuando terminas de entrenar y sientes que te falta algo.
¿Se ha dado cuenta de eso?
—Sí, luego corro para ti y sé que te hace feliz atraparme, Lucien, follarme, pero no es suficiente. Eres como un animal enjaulado desde que no puedes patinar sobre el hielo.
—No me pongas como excusa —escupo con resentimiento y ella niega, indignada.
—No necesito hacer eso, porque yo también tengo una vida a la que quiero regresar. Quiero ver a mis amigas, joder, a mis padres, deben estar preocupadísimos, y quiero volver a regentar la galería.
—¡Quieres volver a dejarme!
—No, claro que no, Lucien. Pero podemos estar en Toronto juntos y ser felices.
—Tus amigas te alejaran de mí.
—No lo permitiría.
—Lo harán tus padres.
—No se los permitiré.
—Aún no recuperas la memoria, no recuerdas la promesa que nos hicimos, la forma en la que nos quisimos.
—Eso no es importante…
—¡Lo es para mí!
Ni siquiera me has dicho que me quieres. Eso es lo que deseo decirle, pero soy demasiado orgulloso como para que suene como una súplica. Pero creo que es lo necesito para sentirme más seguro, necesito tener una certeza.
—No te abandonaré, Lucien, te lo prometo ahora. Te lo juro.
«Nunca nos separaremos». «Estaré siempre contigo». «Sin ti prefiero la muerte».
Eso ya lo he escuchado antes.
—No te creo —sentencio—. Lo siento, Zoey, pero supongo que tendré que volver a drogarte.
Se le ensancha la mirada y me mira perpleja, pero es una decisión tomada. No puedo ni quiero volver a arriesgarme a perderla.