Dulce Obsesión (Sangre bajo el hielo 3) CAPÍTULO
80%

CAPÍTULO

Un mar tranquilo nunca hizo experto a un marinero.

Junio.

Me pasan los párpados.

Gimo, porque me equivocaba, no solo me pasan los párpados, si no que lo hace todo el cuerpo.

¿Qué…? ¿Qué ha pasado? Lo último que recuerdo es estar en el piso con Lucien y que… ay, no, le di una bofetada.

Abro los ojos de golpe y me siento, aprieto las manos en puños y estas envuelven una textura suave y acolchada, después de varios segundos, mi cerebro registra el hecho de que estoy sobre una cama.

Tengo la vista borrosa, por eso parpadeo y me froto los ojos con las palmas de las manos. Entonces, cuando al fin los abro y consigo un poco de claridad, me quedo en shock.

¿¡Dónde demonios me encuentro!?

Una habitación que no había visto nunca se extiende ante mis ojos, pero eso no es lo que hace que pierda el aliento. Las ventanas son… ¡redondas! ¡Y hay agua azul y cristalina alrededor de ellas!

¡Dios bendito! No será verdad.

Me pongo de pie de un salto, pero tengo que apoyar las manos sobre la cama y esperar durante unos cuantos segundos a que se me disipe el mareo.

—No, joder, no se atrevería. Jodidamente no.

Jodidamente sí, porque en cuanto abro la puerta de la habitación en la que me acabo de despertar, no hace falta ser demasiado lista para deducir que me encuentro en el interior de un barco.

Noto que se me acelera el pulso, se me seca la boca y me tiembla todo el cuerpo.

Lucien, ¿él…?

Antes de pensar en una respuesta mis pies se ponen en movimiento, recorro medio barco sin prestar demasiada atención a sus detalles, pero reparo en toda la claridad que viene desde un punto a mi derecha, además de un olor alucinante a algo guisado, comida recién hecha.

Eso hace que mi estómago se queje con fuerza y me pregunto cuánto tiempo ha pasado desde que comí por última vez.

Unos cuantos pasos más y me paralizo, un salón enorme se abre paso y, a su derecha, una puertas correderas de cristal permanecen abiertas mientras se cuela por ellas el calor, el olor a sal que proviene del mar y el sonido de las aves.

¡El jodido mar!

—¡Cariño, estás despierta! —Lucien emerge desde una esquina, con el dorso perfecto solo cubierto con un delantal, pantalones cortos de tela y una dichosa gorra de béisbol del revés colocada sobre el pelo.

Parece un sueño, una aparición tan sexi que casi me hace perder el hilo de la situación tan surrealista que vivo en este momento.

Ni. De. Coña.

—Lucien, dime que no me has traído, quién sabe cómo, al medio del océano en un jodido barco.

Titubea un momento, se quita la gorra, se hunde los dedos en el pelo y se la vuelve a colocar.

—No lo he hecho —resuelve y desaparece de nuevo en la esquina por la que emergió antes.

Mis pies se mueven por sí solos y, al girar, descubro una cocina de concepto abierto completamente equipada.

Lucien apaga los fuegos, coge dos platos de uno de los estantes y los pone delante de mí sobre la barra americana.

—¿Dónde estamos? ¿Cómo hiciste esto? ¿Cuánto tiempo he dormido? —Apenas puedo respirar mientras formulo todas las preguntas, pero, de repente, comprendo algo importante que me hace permanecer en silencio—. Me has secuestrado.

Lucien llena los platos con comida recién hecha —que tiene muy buena pinta según mi estómago acalambrado—, y se dispone a coger dos vasos mientras me dedica una sonrisa.

—Oh, no utilices esa palabra tan fea, tesoro, solo te he traído al fin a la casa que te prometí.

—¿Cómo me trajiste aquí? ¿Por qué no recuerdo nada? ¡¿Me drogaste?!

El sonido del zumo vertiéndose en el vaso me resulta del todo insoportable.

—Digamos que hice todo lo que pude por hacer lo más cómodo posible el viaje hasta nuestra nueva vida.

Esto no está pasando. No. Él no lo hizo y esto es solo un mal sueño.

—Come —ordena con cariño y me tiende un cubierto. Se recuesta sobre la barra y me dedica una sonrisa.

Una parte de mí siempre se derretirá al verlo sonreír, porque no lo hace a menudo ni de forma del todo sincera. Ese tipo de sonrisa solo la tiene para mí y eso es egoístamente reconfortante, pero aniquilo esa parte antes de que pueda salir a la superficie y adueñarse del momento.

—Nunca dije que quería vivir en un barco contigo.

—Lo dijiste de los cuatro a los nueve años; de hecho, fue tu idea.

—Sigo sin creer que eres Miguel.

—¿Por qué?

—Porque tu palabra no es la ley, Lucien. No solo porque tú digas que el cielo es verde significa que esa es la verdad. Ya has mentido demasiado, has actuado sin pensar en nadie más aparte de tu jodida conveniencia…

—Yo sigo sin creer que eres mi Zoey —me interrumpe cabizbajo, y su mirada, joder, es un experto en el arte de la manipulación, porque su mirada consigue hacer que me sienta mal conmigo misma por hablarle de esta manera—. Pero ya es hora de que ambos lo asumamos y nos hagamos a la idea.

—No pienso quedarme aquí.

No. Cuando vine a Toronto, lo hice con el plan de dejar de ser un lastre emocional y dependiente de mis amigas, quería evolucionar, aprender a vivir sin miedo, a controlar mi mente defectuosa y sentirme en paz conmigo misma a pesar de mis lagunas y mis muchos defectos.

Ni siquiera en un millón de años voy a retroceder en todo lo que he avanzado.

No voy a cambiar mi dependencia de las chicas a Lucien y no voy a permitir que él lo haga.

Tengo una galería de arte, y sí, joder, sé que él la montó, aún en contra de mi voluntad, pero mis cuadros se venden, a la gente le gusta lo que hago, mi nombre resuena de forma profesional y al fin conseguí sentirme una mujer realizada e independiente capaz de manejar y vivir de lo que ama.

Lucien no puede quitarme eso, me da igual que él haya contribuido a que lo tenga.

—Buena suerte con la alternativa, aunque no sobrevivirías a nadar tanta distancia… ni a los tiburones.

Mi esperanza, mi ánimo, y cualquier atisbo de fe, se desvanecen de repente, pero la desolación momentánea que me producen sus palabras da un paso a un lado y noto como me carcome desde dentro una ira demoledora.

—He hecho cambios en el barco, lo preparé de forma especial. Me muero por que lo veas.

—No —sentencio y doy un paso atrás—. No voy a obedecer a lo que digas y comer la comida que preparas.

No voy a recorrer tu barco y aceptar que es mi prisión y no voy a adaptarme a ella solo porque es lo que quieres.

Estás mal, Lucien, y estoy harta de que creas que solo soy un accesorio que te gusta siempre llevar a tu lado a todas partes para podértelo follar.

No soy un juguete para adultos, ¡soy una persona!

Las lágrimas me pican en los ojos y el nudo en el pecho amenaza con destrozarme, pero no me detengo porque necesito soltarlo, necesito sacarlo todo y ser completamente sincera con este gigante cerebro de guisante y sin estabilidad emocional.

—Sé que odias la sola idea de que se te contradiga, o de intentar comunicarte, o de comprender a los demás, pero, spoiler de la vida, Lucien Hale, necesitas dominar esos aspectos si quieres tener alguna relación normal y recíproca alguna vez, porque todo lo que te he mencionado funciona de forma bilateral y si una de las partes se comporta como un muro inaccesible, todos los intentos de la otra chocan y se destruyen.

Eso provoca dolor y ¿sabes lo que pasa al final?

—Me mira con cautela, pero no dice ni media palabra—.

El que siempre lo intenta se cansa, los esfuerzos cesan y el propósito muere.

Se yergue detrás de la barra y me observa con vehemencia. Tengo la esperanza, por un segundo, de que se acercará a mí, me escuchará y me dirá que tengo razón, que todo va a ir bien y que podemos hablarlo, que negociará conmigo y no solo intentará imponerse a toda costa por encima de mi voluntad.

—Esta vez no dejaré que saltes, Zoey, estoy harto de esta mierda. —Sus palabras me caen como un balde de agua fría, se me caen los hombros de golpe y me anclo en mi lugar—. Harto de que pretendas que tienes alternativas a mí, que no soy tu destino.

—Llévame a la orilla, Lucien —ordeno con rabia. Porque sí, joder, soy capaz de sentirla, me enfurecen sus palabras.

Sé que él es mi destino, lo he aceptado, comprendo que nunca me dejará marchar y estoy casi segura de que eso es lo que quiero.

No quiero que renuncie a mí, pero tampoco puedo vivir escondida, no es un niño, ninguno lo somos ya, y no puede pretender permanecer siempre debajo de una coraza en la que cree que es la única persona en el mundo que tiene la razón.

—Tú puedes quedarte aquí para siempre y esconderte de lo que has hecho para no enfrentar a los chicos que dices amar, pero yo me voy.

Se tensa, frunce el ceño y hace esa mueca suya tan característica con los labios en las que enseña los dientes de un solo lado.

Mis palabras lo han enfurecido, y eso no es inteligente de mi parte, puesto que estoy en un barco sola con él en mitad de la nada, pero no puedo tener miedo, no puedo sentir miedo de la persona que dice amarme, no puedo vivir con miedo de la persona a la que amo.

Joder.

Me he enamorado de Lucien Hale.

—Eres un cobarde, Lucien. Eres patético.

¿Por qué no me has mostrado esto antes? ¿Por qué no me has cogido de la mano y me has traído a este barco para contarme la verdad sobre quién eres y hablarme de nuestras promesas de niños?

—Intenta hablar, pero lo impido, elevo la mano y niego con la cabeza—.

Ni siquiera intentes inventar una excusa de mierda para mí, lo tengo todo muy claro, solo estamos aquí porque pretendes huir de tus amigos ahora que conocen la verdad sobre cómo te comportaste, la manera en la que los traicionaste, y pretendes arrastrarme contigo. Pero no lo vas a lograr.

—No sigas —advierte, pero no le tengo ningún miedo. Si quiero que esto funcione, que él recapacite, no puedo hacerme pequeña ante él, bajar la voz y evitar el conflicto, tampoco puedo dejar que me anule a base de sexo. No. Soy una igual, y él debe entenderlo y verme de esa manera.