CAPÍTULO #2
—Puedo hablar, puedo decir lo que quiera y puedo dar las órdenes en mi vida y en esta relación. Llévame a la orilla ahora mismo, arregla las cosas con los chicos, y...
—No —me interrumpe justo cuando iba a confesar que, solo entonces, nos daré una oportunidad de forma pública.
No, ¿a cuál de todas las partes? O, quizá, a todas.
—Entonces que te jodan mientras vives tu puta fantasía por ti solo.
Intuye lo que haré y, antes de que dé un paso, él ya está en movimiento.
Aún así, logro sacarle ventaja y corro a toda velocidad en dirección a la cubierta, es…
¡maldita sea! Esto es una locura, este lunático desquiciado ha pensado en todo, en cada mínimo detalle y, aunque por dentro el barco es una construcción moderna y de concepto abierto, por fuera ¡tiene el aspecto mismo de un galeón de los años mil seiscientos!
—¡Zoey! —grita mientras la madera cruje bajo mis pies y siento que se me va a salir el corazón.
Me vibra toda la piel, me arden los pulmones y creo que tendré una sobrecarga de adrenalina, pero no me detengo. Corro más deprisa y recorro toda la cubierta en busca de algo que me sirva para pedir ayuda, o para lograr escapar.
—¡No puedes huir de tu pirata, tesoro!
Siento esa afirmación como una puñalada, porque sí, he aprendido a amar la manera en la que utiliza esa metáfora con nosotros y me duele mucho que lo haga bajo este contexto.
Solo quiero ser escuchada, que me demuestre que me respeta y le importa mi opinión.
Y estoy dispuesta a llegar hasta las últimas consecuencias para ello.
A lo lejos, algo llama mi atención, y lo no pienso demasiado antes de precipitarme hasta el lugar.
Creo que Lucien se da cuenta de mis intenciones, porque acelera el paso, noto el roce de sus dedos entre mis cabellos, pero no me atrapa y escucho como gruñe molesto por eso.
—¡Ni se te ocurra! ¡Zoey!
No lo escucho. Sin pensarlo, me subo a la pasarela de madera y, para mi buena suerte, logro detenerme de puntillas justo antes de caer directa al mar.
Enseguida noto como el peso de Lucien hunde el inicio del último camino de muchos condenados hacia la muerte, me estabilizo como puedo, me giro y le advierto que se detenga.
—Baja de ahí ahora mismo —ordena con una calma letal y taimada que sé que en realidad no siente, pero una parte de mí se apunta una pequeña victoria al ver su abnegación, la forma en la que permanece estoico, pero alerta, como un guardián protector que siente verdadero miedo a perderme.
—Lucien, por favor, hablemos. Da la vuelta ahora mismo, vámonos a casa.
—No tenemos más casa que esta.
—Eso no es verdad y lo sabes, Lucien. Tenemos un piso encima de la galería, familia, amigos.
Sabes qué pasará si les explicas lo que me explicaste a mí, el cómo te sentiste en ese momento y el por qué actuaste como lo hiciste, la forma en la que te sientes ahora…
si te abres de verdad y les cuentas tus motivos, ellos te perdonarán.
—No hay perdón para mí, Zoey, y ambos lo sabemos.
—Lo hay si lo pides, pi...
—¡Pero no quiero hacerlo! —brama, y se me eriza la piel—.
No siento remordimiento alguno por lo que le hice a Maddox, ni a Martina, ni por la forma en la que maté a esa perra.
Por lo único que siento rabia es por haberme visto obligado a permitir que esa cerda pusiera sus manos sobre Declan.
Para mí, todo lo demás, está perfectamente justificado.
—¿Cómo…? ¿Cómo puedes pensar eso, Lucien?
—Solo me importas tú y mis amigos, todo el que se encuentre fuera de ese círculo, es un obstáculo, un estorbo, o un medio para un fin.
—Eso es muy retorcido. No puedes tener esa visión sobre las personas, y menos cuando son las mujeres a las que esos amigos que tanto dices querer aman.
—Baja de la puta plancha ahora mismo y lo hablaremos cuando estés segura.
—No.
—Zoey, no mentí al decir que hay tiburones en estas aguas.
—¿Dónde nos encontramos? Al menos dime eso, tienes que darme algo…
—Estamos en el estrecho de Florida —dice con tanta convicción que creo que dice la verdad—. Ya lo sabes, ahora ven aquí.
—No. ¿Por qué elegiste este lugar?
—Porque siempre que íbamos a la playa señalabas el horizonte, y este es el lugar perfecto, el lugar que querías.
Yo no quería nada de esto, o no recuerdo quererlo, pero podría ser un sueño hecho realidad si él no fuera tan jodidamente cabezota.
—Tengo mucho que enseñarte en el barco, Zoey, baja de ahí ahora y no agotes mi paciencia.
—No.
—Como me vuelvas a decir que no una vez más…
—¿Qué harás? ¿Me secuestrarás en un barco en mitad del mar como un psicópata retorcido?
—No te imaginas lo jodido y retorcido que puedo llegar a ser, tesoro.
Ni siquiera has visto nada, y no soy un psicópata, pero casi.
Te lo expliqué, tengo un perfil psicológico mixto, me diagnosticaron Trastorno Límite de la Personalidad y Trastorno de la Personalidad Antisocial cuando tenía once años, después de liarla demasiado mientras lloraba tu ausencia.
Así que la palabra correcta es psicópata, tesoro.
—Emite una risa seca y yo siento que me quedo sin aire—.
Soy uno de los peores perfiles —continúa—.
Porque, a diferencia de un psicópata normal, que no siente nada, yo siento demasiado por las personas que me interesan. Mi círculo, es decir, tú y mis amigos.
—Yo… —musito, y solo me doy cuenta de que lo he hecho en voz alta cuando lo escucho contestar.
—Tú —sentencia —. Baja de la plancha ahora, Zoey.
—No.
Lo digo de forma automática, sin pensar, pero su reacción me sorprende demasiado.
Lucien hace tambalear la plancha con su peso y grito, se acerca a mí con dos grandes zancadas que me hacen saltar del sitio.
No quiero caer en el agua, no quiero morir aquí, pero justo cuando creo que voy precipitarme, me agarra del cuello, me inclina hacia atrás y hace que solo la punta de mis pies permanezca anclada a la plataforma.
Me tiene, literalmente, en la palma de su mano.
—Lucien, nos caeremos —consigo pronunciar con pánico y me sujeto a su brazo.
—Es lo que pretendías, ¿no? Ahora al menos lo haremos juntos.
—No, sé que no sabes nadar…
—Soy tu puto destino, Zoey —amenaza—, pero no agotes mi paciencia poniéndote en peligro. Eso no acaba bien, ya lo hemos comprobado, y es lo único que no pienso permitir.
Da un par de pasos atrás y suspiro de alivio cuando apoyo los dos pies completos sobre la plancha, quiero avanzar hasta volver a estar a salvo en la superficie del barco, pero Lucien no me deja, permanece delante de mí y me bloquea el paso, como un bloque enorme en mitad del camino.
Busco su mirada y veo cómo recorre mi cuerpo sin pudor mientras se lame los labios y se le escapa esa mueca casi tan sexi como molesta.
Eso hace que un calor electrizante me viaje por las venas.
Se me entreabren los labios, noto fuego en las mejillas y se me endurecen los pezones, cosa que a Lucien no le pasa desapercibida, porque clava su vista justo en ese lugar.
Es entonces cuando caigo en la cuenta de que, todo este tiempo, solo he vestido con una camiseta blanca básica de mangas cortas, y que se me marcan así los pezones porque no llevo sujetador.
—Deberíamos regresar —aventuro—. Creo que los dos ejercemos demasiado peso sobre la plancha.
—Está diseñada como un accesorio, tesoro, pero no dejé nada al azar. Es totalmente segura y puede soportar el peso de hasta diez personas.
—Pero se tambalea.
—Es un efecto creado a propósito con muelles en los soportes.
Será…
—Ponte de rodillas, Zoey —dice con seriedad mientras me observa con una mirada febril.
—¿¡Qué!? ¿Aquí? ¿Ahora? —pregunto perpleja. Él se lame los labios, asiente, se baja el pantalón de tela y se bombea despacio la polla.
—Has sido una chica mala, tesoro, y lo mínimo que mereces es un castigo por ello.
No tengo ni idea de por qué sus palabras y su locura me excitan, pero lo hacen. Me descubro analizando la mejor forma de ponerme de rodillas sin acabar directa en el mar.
—Lucien, no creo que sea una buena idea.
Da un paso adelante y chillo debido al temor, porque la plataforma se mueve. Extiende la mano y la posa en mi barbilla, me acaricia los labios con el pulgar, desliza la mano a mi hombro y ejerce presión para que descienda mientras me observa como un maníaco.
Me pesan los pechos, me exigen algo de atención y me los toco casi sin darme cuenta.
—Quítate la camiseta.
Me sonrojo, miro a mi derecha, pero soy incapaz de hacerlo en ninguna otra dirección por el vértigo que me provoca.
Me quito la camiseta y Lucien me acaricia los pechos. Siseo debido al gusto que eso me provoca con su polla a centímetros de mi cara. Noto cómo me saliva la boca.
Esto es enfermizo, temerario y extremadamente arriesgado.
Su mano asciende a mi rostro y me acaricia los labios antes de darme una pequeña palmada en la mejilla.
—Abre la boca —musita y noto que se me eriza la piel. Se me escapa un jadeo, lo miro y me mojo los labios.
—Eres insufrible —digo mientras le empuño la base de la polla sin apartar la mirada de la suya. Lo siento sisear y tensarse—. A veces te odio muchísimo.
—Ódiame, tesoro.
—Te vas a arrepentir por esto.
Saco la lengua y lo pruebo, lo lamo muy despacio y le doy pequeños besos mientras lo veo enloquecer.
—Haz que me arrepienta —murmura y me envuelve el cabello con las dos manos.
—Yo tengo el control —le advierto y entonces me introduzco la mitad de su longitud en la boca, la humedezco todo lo que puedo y deslizo de arriba a abajo mientras acaricio sus huevos y hago movimientos en la base mientras la empuño.
—Joder, Zof —ruge y tensa su agarre en mi cabello.
Me esmero en darle lo que quiere, en hacer lo que le gusta, lo que lo hace enloquecer, mientras la brisa cálida del verano me acaricia la piel.
—Tu boca es el paraíso, tesoro.
Asiento. Él agudiza la mirada sobre mí y amenaza con tomar el control con un movimiento de caderas. Me aparto de inmediato.
—Yo tengo el control —le recuerdo. Asiente serio, desesperado.