CAPÍTULO 39
Nunca renuncies a algo en lo que piensas cada segundo del día.
Toronto, junio.
Sabía que ella vendría.
Se me acelera el pulso y casi se me escapan las lágrimas debido al alivio que me provoca escuchar la puerta de entrada, sus pasos vacilantes y su voz, tímida y angelical.
—¿Lucien? —murmura, siempre tan prudente, como si importara una mierda que alguien la escuchara, como si no me hubiera tomado la molestia de insonorizar muy bien este piso para que nadie escuche sus gritos mientras me la follo—. ¿Estás aquí?
Salgo de mi escondite en la habitación principal y corro a su encuentro. Jadea cuando la elevo entre mis brazos, la pillo desprevenida y su cuerpo se destensa al reconocerme, se adapta al mío.
—Tesoro… —musito sobre su pelo y la escucho suspirar mientras me abraza con fuerza y se aferra al cabello de mi nuca.
—¿Estás bien? Por favor, dime que no estás herido —pregunta con evidente preocupación. La dejo en el suelo, doy un paso atrás y extiendo los brazos para mostrarle que lo único que tengo es un pequeño rasguño.
Las lágrimas le brotan de los ojos, y creo que son de felicidad, pero cuando intento volver a abrazarla, interpone la mano entre nosotros, me empuja el pecho y me da una bofetada.
Ella… Zoey. Mi tesoro. La chica que es dulce y empática con todo el mundo, la que odia la violencia y el simple hecho de mirarla es uno de sus desencadenantes. La mujer que he buscado durante la mayor parte de mi vida, vida que he dedicado a extrañarla, me ha…
—¿Acabas de golpearme?
—¡¿Por qué?! —escupe y me señala con un dedo acusatorio y cargado de desdén—. ¡¿Por qué le hiciste eso a la chica de Sterling?! ¿Por qué los separaste? ¡¿Por qué permitiste que esa mujer pusiera sus manos sobre Declan?
Me duele el pecho.
No, joder, eso es un puto eufemismo, porque no solo duele, si no que me desgarra, aniquila, me extermina desde dentro y apenas puedo soportarlo.
—Deja de señalarme —le advierto y niega, como si no pudiera creer mi descaro.
—Respóndeme, Lucien. No soy una muñeca con la que puedas jugar a tu antojo, ni una puñetera marioneta que espera que la dirijan. No puedes solucionar todo a base de sexo y necesito que te comuniques conmigo, joder.
—¿Para qué? —A la mierda todo esto—. ¿De qué cojones me servirá?
—Doy un paso amenazante hacia ella y se tensa, paralizada—.
Mírate, joder. Para ti solo soy un bruto, una bestia, alguien peligroso e intransigente, tal y como piensan los demás.
—Se le caen las lágrimas y asoma entre mis labios la misma mueca de disgusto de siempre—.
Para ti todo esto solo es una transacción, una en la que «Lucien, el demonio» te obliga a participar.
—Quiero encontrar a Miguel.
Me duele escucharlo, esa es la verdad, pero ya lo sabía. Y sus palabras, en lugar de aliviarme, me lo confirman.
—Eres patética. —Una risa carente de humor brota de mi garganta y Zoey jadea en respuesta—. Miguel está muerto hace demasiado años, Zoey.
—No es verdad —solloza.
—¡Sí! —la encaro—. Lo maté yo, pero tú acabas de enterrarlo.
—¿De qué hablas?
—¿Quieres conocer el motivo por el que alejé a Maddox de Sterling?
¿O por el que permití que esa hija de puta me violara?
—Sus ojos azules se abren como platos y me miran llenos de lágrimas—.
Claro, esa parte de la historia no la conocías, ¿verdad, tesoro?
—Suspiro—. Pero ella lo hizo, lo hizo demasiadas veces y yo se lo permití.
—Lucien, yo no… no tenía ni idea.
—¡Cállate de una puta vez y deja de compadecerme! —estallo y golpeo con el puño la pared que tengo a mi lado—. No soy digno de compasión, ¿recuerdas? Soy un bruto, un violento y alguien capaz de traicionar a sus amigos.
Le sujeto el brazo, ciego de ira, y la arrastro detrás de mí hasta llegar a nuestro baño, enciendo la luz, la planto delante del espejo y la obligo a que nos mire.
—¿Quieres conocer el motivo por el que hice todo lo que hice? —pregunto mientras le acaricio la mejilla y ella niega con la cabeza a la vez que tiembla. Odio verla así, pero ya es demasiado tarde—. Yo te lo diré, tesoro.
Pego mi cuerpo al suyo, la abrazo por la espalda, le acaricio los brazos y le hablo al oído.
—Tú fuiste mi motivo. —El llanto brota desde lo más profundo de su ser y le desencaja el rostro.
Ni siquiera me esfuerzo por consolarla—.
Hice todo lo que hice a cambio de migajas de información que me ayudaran a encontrarte.
Dejé que esa zorra me tocara a pesar de que me daba asco, le di mi virginidad y me la follé en todas las formas que ella lo pidió desde que tenía trece años, ¿y sabes por qué?
—Zoey niega con la cabeza—. Porque ella conocía mi necesidad de encontrarte.
Dijo que te conocía, tenía una foto tuya y, al final del polvo, me la enseñaba y me contaba algo nuevo sobre cómo te iba la vida.
Zoey centra en mis ojos su mirada llena de sorpresa y desolación. Es lo mismo que le he hecho a ella con la información sobre Miguel, he hecho lo que, por desgracia, conozco; pero en mi defensa diré que yo si estaba desesperado por amor y no por ser un puto pedófilo depravado.
—El mundo es una jodida caja de pañuelos, tesoro, y entre todas las hijas de puta del planeta, tuve que cruzarme con la única que te conocía, con la única que supo utilizarte en mi contra, la única que descubrió antes que nadie que era un crío desesperado, deprimido y desequilibrado que necesitaba una medicación que no se tomaba.
La única que supo enseguida cómo sacar lo peor de mí.
Niega, cierra los ojos agotada y yo le sujeto el pelo, tiro de él con fuerza para que los vuelva a abrir.
—Sí —gruño—. No finjas que no recuerdas esto también, Zoey.
Conociste a esa perra. Dijo que tu madre era su amiga y la mantenía muy al tanto de todo lo que hacía la pequeña y preciosa niña encantadora a la que había adoptado.
Ojalá hubiera podido descubrir eso antes, ¡pero no pude porque esa maldita perra, ni siquiera en los segundos antes de matarla, fue capaz de cumplir con su parte del trato y decirme dónde te encontrabas!
Solo cuando culmina mi arrebato me doy cuenta en los ojos desorbitados de Zoey de lo que acabo de hacer.
He traicionado nuestro pacto, otra vez, por ella.
—Lo hicimos los cinco —confieso con tono atropellado—.
Sterling nos dio la voz de alarma, Declan lo planeó, todos lo ejecutamos y nos deshicimos de las pruebas.
Si quieres saber cuál fue mi parte, yo maté a la perra.
Declan piensa que lo hizo él, que puso veneno en su copa y eso la mató, pero no fue así.
Tiré la copa con veneno para ratas en el último segundo y rocié a esa zorra con la tetrodotoxina que guardaba para un momento así desde hacía dos años atrás.
Fingí querer un momento a solas con ella mientras los chicos se ocupaban del cuerpo del entrenador.
La muy puta no me dijo lo que quería ni siquiera sabiendo que eran sus últimos momentos en la tierra y, entonces yo, volví a rociar polvo zombie sobre ella y logré que la enterramos viva.
Los investigadores la encontraron, hicimos un trabajo chapucero de mierda con su cuerpo porque apenas nos quedó tiempo después de ocuparnos del entrenador.
Ese hijo de puta era una prueba de cien kilos y metro ochenta de altura, Kirian lo molió a golpes y nunca puede ser encontrado.
Por suerte para nosotros, y gracias a la influencia de nuestros padres, en especial el de Gideon junto a su hermano, todos creyeron nuestro relato, creyeron que estuvimos encerrados, como el resto de los chicos, y adjudicaron el crimen a un posible ajuste de cuentas, porque esos dos hijos de puta eran toda una fichita.
Zoey se gira a toda prisa, se desenrosca de mí y apenas tiene el tiempo justo para hacer la descarga del contenido de su estómago en el interior del váter. Le sujeto el pelo y no me detengo a pesar de lo crudas que suenan las arcadas.
—¿Crees que soy un amigo de mierda por drogar y atar a Declan para ella? Lo soy, no pretendo justificarme. No quería participar en ello, ni hacer daño a mi amigo, pero las noches en las que ella lo quería a él, no me tocaba a mí.
Zoey se deja caer sentada y me mira, su cabello se me escurre de las manos y permito que lo haga.
—Declan nunca debía enterarse, no iba a darse cuenta y nunca experimentaría ese dolor, pero esa hija de puta, ella, ¡joder! Es igual de zorra que su madre, ¡lo jodió todo! Hizo que Declan viera todos esos videos y le jodió la vida. ¡Nos la jodió a todos!
—No es culpa de ella —solloza y yo gruño, frustrado. Por supuesto que no, da igual lo mucho que me explique, ella pensará que todo es solo culpa mía —. ¿Y a Gideon? —escucho que pregunta—. Ella lo liberó.
—Gideon. —Se me escapa un suspiro—. Gideon sigue viviendo en la misma prisión de aquel entonces, solo que ahora es él mismo quien se ajusta las cadenas y se cierra los grilletes.
—Tú no eres el dueño del destino de todos. En realidad, no eres el dueño del destino de nadie, ni siquiera del tuyo propio, Lucien. —Se pone de pie a duras penas y la analizo despacio.
Ese deje de fuerza y testarudez me pone muy cachondo, cuando se resiste a lo mucho que le gusto o cuando corre para mí; me gusta ver como saca esa versión de sí misma que parecía tan muerta y enterrada entre toneladas de dulzura, vulnerabilidad y miedo; pero me saca de quicio cuando parece comprender las razones de todos menos las mías.
—La cagaste y me da igual si lo hiciste porque querías encontrarme, no voy a sentirme culpable por ello, porque nunca te pedí que lo hicieras.
No entiendo por qué estás tan obsesionado conmigo cuando ni siquiera eras la persona a la que estaba tan unida en ese orfanato.
No eres Miguel, así que no te comportes como si lo fueras.
—Es que sí lo soy.
Se le cae la mandíbula y le tiemblan los labios.
—Ni se te ocurra…
—¿Mentir? —Me río—. ¿Ves esta cicatriz? —Le muestro el borrón rojo con forma de rayo sobre mi pómulo—.
Me la hice cuando salté al mar para rescatarte a pesar de que no tenía ni la más remota idea de cómo nadar, ¡a pesar de que el mar había ahogado a mi hermana!
Casi morimos los dos, Zof, si no hubiera sido por ese chico que nos vio y nos sacó nosotros…
no lo estaríamos contando. Pero cuando despertaste tuviste tanto amor y mimos que preferiste olvidarme, mientras que yo estaba condenado a cargar con el dolor de tu recuerdo.
Me quito la chaqueta del traje, la dejo sobre el suelo y me levanto la manga de la camisa.
—Esta me la hice cuando me corté con un cristal el día del accidente de tus padres solo para que nos llevarán en la misma ambulancia. ¿Recuerdas la historia sobre las conchas y la lluvia? Tengo que cuidarme los pulmones desde ese día debido a la neumonía tan gorda que pillé.
—Para, por favor.
—¡No! Es la verdad, es la jodida verdad, soy ese niño, Zoey, soy L.
Se le ensancha la mirada, como si acabara de recordar algo, o como si lo viera en su cabeza.
—Soy tu pirata, tesoro. Y al fin puedo cumplir mi promesa. Construí para nosotros ese barco, ha llegado el momento de que vivas conmigo en alta mar y cumplas la tuya.
Todo lo que podía hacer mal, lo hice mal, pero ni siquiera eso es motivo suficiente para que renuncie a ella. Nada ni nadie, en este jodido mundo, me hará renunciar a mi tesoro después de haberlo encontrado. Porque Zoey es mía, aunque ni siquiera ella misma lo entienda.