CAPÍTULO
Si estás segura… quema los barcos.
Toronto, junio.
Mis amigas no se apartan de mi lado. Están preocupadas por mí y es normal, pero ya no soy esa niña pequeña y asustadiza que necesita apoyarse en ellas para no enfrentar ningún tipo de miedo o situación.
Necesito ver a Lucien, saber que se encuentra bien, y una parte de mí se odia a sí misma por ello, pero la otra se siente muy orgullosa de que sea capaz de enfrentarlo, de reconocerlo.
El hombre que me ha utilizado durante todos estos meses, el que sabía que era una bala perdida, el que vi por primera vez golpeando a otras personas sobre una pista de hielo sin ningún tipo de escrúpulo o remordimiento activo, y luego me encerró en un baño e hizo lo mismo conmigo.
Ese hombre… es él mismo que estaba convencida de que guardaba un atisbo de respeto y sinceridad en cuanto a sus emociones por sus amigos, pero acabo de escuchar como confesaba haberlos engañado, haberles echo daño y… no puedo comprenderlo.
Se me llenan los ojos de lágrimas y lucho contra la imperiosa necesidad de explotar en llanto.
Lucien engañó a la novia de Sterling, así como intentó hacerlo con Martina, lo hizo porque temía perderlos, pero lo que le hizo a Declan, la forma en la que colaboró con esa mujer para que lo violara, yo…
no entiendo nada. No sé quién es ese hombre y duele demasiado, porque…
creía que empezaba a conocerlo a… ¿amarlo?
¿Por qué? ¿Por qué hacer algo así a tu mejor amigo cuando te llenas la boca diciendo que lo quieres con locura?
Lucien es… ¡joder! Es una maldita incógnita que me desgasta la cabeza.
Es oportunista, impulsivo y, sí, también un poco rastrero, pero nunca he conocido a nadie más leal a los suyos.
Sé que quiere a esos cuatro tíos, vive con ellos y la única razón por la que me permite mantener lo nuestro como un secreto es porque tiene miedo de la reacción que puedan tener al saber que está obsesionado conmigo de esa manera.
O eso es, al menos, lo que creo haber deducido que piensa ese cerebro hermético y testarudo del tamaño de un guisante.
—Os prometo que estoy bien, solo fue la impresión por ver el arma, creí que resultaríamos heridos, pero ya me he recuperado.
—Zoey, creo que ya es momento de que nos confieses que demonios te traes con Lucien —sentencia Briella y se apoya en la cómoda delante de mi cama mientras se cruza de brazos. Martina adopta la misma posición, a su lado, y me dedica la misma mirada inquisitiva.
—No somos idiotas… y te conocemos.
—No pasa nada con…
—Si te acosa, te intimida o te obliga a hacer cosas que no quieres hacer de alguna manera, tienes que contárnoslo. Estaremos contigo en esto, Zoey. Si ese hijo de puta se aprovecha de ti, lo denunciaremos.
¿Se aprovecha de mí? ¿Me obliga?
Joder, esa es una buena pregunta, pero supongo que lo que más me atemoriza es lo clara que tengo la respuesta.
Hace mucho tiempo que ya no.
—Madre mía, Brie, no sé de dónde sacas eso.
Me pongo de pie de un salto, pero el suelo se tambalea un poco a mis pies. Martina y Briella corren en mi ayuda, me sujetan las manos, hacen que me siente y se sientan a mi lado.
—Aún no te encuentras bien —evidencia Martina.
—Es que no he comido nada en horas —farfullo—. Me muero de hambre y bebí demasiado ponche.
—Te prepararé algo de comer —dice Briella con diligencia.
—Y yo un baño —añade Martina.
Le coloco una mano en el muslo a cada una y las miro con el ceño fruncido.
—Chicas, ¿qué os pasa?
—Te hemos descuidado tanto estos meses, Zof… —confiesa Briella con pesar.
—Nos hemos perdido en la rutina, en el trabajo, en Declan. Apenas nos hemos visto y eso es inaceptable.
—Eh, que estoy perfectamente. Soy una mujer adulta, chicas, y este tiempo ha sido lo mejor que me ha pasado en la vida. He aprendido a ser independiente, a llevar las riendas de mi vida, a no amargaros las vuestras con mi psicosis emocional y mi miedo al abandono…
—¿De qué hablas, Zof? Tú nunca de los nuncas y jamás de los jamases has amargado nuestras vidas.
—Las tres sabemos que eso no es verdad, pero ya no soy una niña, chicas, me di cuenta y creo que hice bien al hacer ese pequeño cambio.
No es que vosotras hayáis estado demasiado ocupadas para mí, es que yo también quería descubrir cómo era la vida viviendo cada una en su propio espacio, pero sin abandonarnos
Mis amigas se miran entre ellas, sorprendidas por mis palabras, entonces me abrazan con fuerza y yo les correspondo el gesto.
—Nunca has sido una carga para nosotras y nunca lo serás.
—Te queremos muchísimo, Zof.
—Lo sé, yo también os quiero. Pero, la verdad, es que sí que me haría muy feliz ese baño y esa comida —bromeo.
En cuanto las veo salir de mi cuarto con diligencia, cojo mi bolso, meto dentro las llaves del coche que Lucien me regaló y me escabullo con sigilo de mis amigas para ir a su encuentro.
Ni siquiera sé donde está, pero no pararé hasta encontrarlo y escuchar sus explicaciones.