Dulce Obsesión (Sangre bajo el hielo 3) CAPÍTULO 37
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CAPÍTULO 37

Cansado mentalmente… de mí.

Toronto, junio.

A la mierda todo esto. No puedo, joder, no puedo soportarlo.

Necesito que esa zorra vuelva a desaparecer, que Sterling deje de apuntarme con esa pistola como si de verdad pretendiera hacerme daño y que deje de decir esa mierda que hace que Zoey me mire de esa manera.

Vuelve a ocultarse de mí tras el cuerpo de su amiga como si yo le diera miedo, como si no supiera quién soy, como si todas las barbaridades que dicen que hice, no las hubiera hecho por ella, por hacer que mi grupo permanezca unido, por encontrarla.

—¿Quieres matarme por ella, hijo de puta? —Camino hacia Sterling, hecho una furia por todo el estruendo que monta solo por esa tía.

Pego la frente al cañón frío de la pistola y lo animo a que dispare. Supongo que este es el momento, no hay vuelta atrás, hice lo que hice por nosotros… y no me arrepiento.

—No me arrepiento una mierda de haberlo hecho, joder, ibas a dejarnos por ella.

—Eres un hijo de puta —gruñe Sterling visiblemente afectado—. ¿Por eso le mentiste a mi chica como pretendías hacerlo con Martina? ¿Para que ninguno de los dos se fuera?

—En realidad, no. —Ladeo la cara para buscar a la responsable del grito ahogado que acabo de escuchar y, entonces, lo veo. Zoey se desploma debajo de Briella y cae al suelo inconsciente sin que nadie haga nada al respecto—. ¡Zoey!

—¡No te muevas! —gruñe Sterling y me encañona aún más, pero me importa una mierda. Siempre me ha importado muy poco mi vida en comparación a la de ella.

—Dispárame si quieres, hijo de puta.

—¡No la toques! —ruge Briella y se interpone como una barrera cuando me acerco.

—¿Sabes qué? —Me doy la vuelta y vuelvo a enfrentar a Sterling.

Esto se acabó, ya está, se ha descubierto el pastel, Sterling me odia a muerte y no puedo ser el único salpicado—.

Esto me importa una mierda, no es mi puta lucha, joder, así que a la mierda.

Joseph me lo pidió, ¿vale? —Se lo digo a la cara y el muy imbécil se queda pálido mientras jadea como un animal degollado que pierde el aliento—.

Me dijo que pensabas escaparte con ella y que tenía que ayudarlo a impedirlo, me lo explicó todo y me pagó por la ayuda.

Dijo que solo tenía que conseguir que ella se fuera y luego él se encargó de fingir lo del acantilado y simular su muerte.

Ya está dicho. Es la verdad y solo accedí a ayudar porque no podía permitir que Sterling se fuera, que nos abandonara por ella, y más después de lo que habíamos hecho entre todos y lo que habíamos jurado.

—¡Mientes! —grita y noto cómo su mundo se fragmenta.

Me duele ver su dolor. Es uno de mis hermanos y, cuando hice lo que hice, no pensaba en hacerle daño.

Creí que lo hacía por su bien, por el de todos nosotros y que Maddox no sería buena para ninguno después de lo que les habíamos hecho a sus padres.

Me convencí de las palabras de Joseph y lo vi claro como el día.

Ella significaba problemas, así como los significó Martina en su momento, y no era una buena idea tenerla junto a nosotros, en especial junto Sterling, que estaba dispuesto a renunciar a todo con tal de conservarla.

—Sabes que no —evidencio—. No tengo por qué inventarlo. Si quieres disparar a alguien por perder a esta putita, entonces dispárale a él.

—O quizá le dispare a ella. —Sterling apunta con la pistola hacia el cuerpo tendido de Zoey, y Briella la protege mientras les grita desesperada a Declan y a Martina que por favor hagan algo.

Enloquezco. No puedo, no, ni siquiera puedo procesar durante un segundo la mierda que uno de mis mejores amigos acaba de hacer ni lo que eso me provoca.

Sé que Sterling es el más observador después de Declan, y sé que mi obsesión por Zoey no le ha pasado desapercibida, pero ¿apuntarle con un arma?

Maldita sea, voy a destrozarlo por esto.

Embisto contra él y lo derribo con todas mis fuerzas.

Suena un disparo, no sé de dónde proviene ni a quién da, pero no me duele nada, así que sigo luchando para dominar a mi amigo, hasta que noto que él no lo hace, no se mueve, no opone ninguna puta resistencia.

Me levanto del suelo, incrédulo, y miro la sangre entre mis manos.

—¡No! —escucho gritar a Maddox y veo como gatea hasta el cuerpo que yace tendido a mis pies y lo acuna entre sus brazos—. No, por favor, Star. No quería que esto pasara, por favor no te mueras.

¿Qué cojones? ¿Por qué demonios no se mueve? ¿Por qué sangra?

No puedo respirar.

¿He hecho daño a mi amigo, a uno de mis hermanos, en mi afán de proteger a los que quiero, de mantener mi grupo unido?

No.

La estancia se cierne sobre mí, parece cada vez más pequeña, más apabullante y los sonidos se tornan distorsionados, mientras el pulso me va a toda velocidad.

No le puede pasar nada a Sterling, a ninguno de ellos. La he cagado mucho, pero sin ellos ni siquiera puedo respirar.

—No. No es verdad. Yo no le he disparado. No lo he hecho. ¡Sterling tiene que estar bien!

Camino sin rumbo y con la vista nublada hacia donde se encuentran Briella y Martina de rodillas junto a Zoey. Parecen tan aterrorizadas mientras me acerco que es doloroso de presenciar, pero necesito ver a mi tesoro, es la única que puede ayudarme…

—Zoey —sollozo.

—Mantente alejado —advierte Martina y casi me entran ganas de reír.

Como si pudiera.

Entonces escucho otro disparo, y lo siguiente que noto es un dolor fuerte en el brazo. Me siento una vez más ese niño pequeño rechazado que siempre se las apaña para que nadie lo quiera y que todos intenten matarlo.

Mi padre.

El mar.

Maddox.

Me giro despacio y veo las expresiones de estupor en los demás, me presiono la herida, miro a mi tesoro una última vez y me digo a mi mismo que ha llegado el puto momento.

Al fin ha llegado el momento de que vivamos solo nosotros en un barco en medio del mar.