CAPÍTULO
Solo tienes una vida, así que haz de ella la mejor historia jamás contada.
Toronto, junio.
—Estas preciosa.
Briella me echa un poco más de laca en las ondas que acaba de hacerme en el pelo y se aleja para mirar con orgullo la obra final.
Es una ocasión especial, Martina y Declan inauguran la fundación sin ánimo de lucro que decidieron crear para ayudar a niños y adolescentes que hayan sufrido abuso sexual o que tengan padres tan controladores que pongan en peligro sus vidas.
Eso forma parte de lo que les pasó a ellos, y que hayan podido superar juntos su trauma y evolucionar hasta convertirlo en algo tan altruista es maravilloso.
Mi Martina también pretende incluir una cláusula de ayuda a chicos o familiares que experimenten síndrome de disociación, pero aún es muy pronto, porque aún forma parte de su lucha, de su proceso.
No es algo que se supere de la noche a la mañana, si no algo que aprendes a combatir con el tiempo, y con lo que aprendes a convivir.
Aún no puedo comprender cómo es posible que no me haya dado cuenta que una de mis mejores amigas se perdía tantos momentos mientras estaba delante de mí y parecía una persona presente.
Es una locura.
Y también lo es estar en esta mansión. Hace dos semanas que logro evitar a Lucien y ahora estoy en su casa, ¡bajo sus mismas paredes!
No quería estar sola un segundo en este lugar, y por eso he dejado que Briella me vista y se ocupe de mi pelo, aunque nuestros estilos no pueden ser más diferentes.
Se ha esmerado conmigo, esa es la verdad, eligió un vestido corto rojo pasión con acabado metalizado brillante que se adhiere a mis curvas como un guante y resalta, gracias al corsé incorporado, todos los puntos correctos.
El móvil vibra en la mesita, y es la décima vez, desde que empecé a ignorarlo hace como una hora.
—¿Quién está tan desesperado? —Briella deja el bote de laca a un lado y hace el amago de ir a por mi móvil. Me muevo tan deprisa que casi me salto un paso, puesto que no sé cómo demonios andar subida a estos tacones, pero sostengo el aparato antes de que ella lo haga.
—Debe de ser algún cliente —invento con argucia, pero a mi amiga, que no se le escapa una y es más lista que el hambre, esa explicación no la convence ni un poco, arruga tanto el entrecejo que parece triplicar su edad.
—¿Un cliente en sábado? —Asiento, muy poco convencida—. ¿Y te llama diez veces?
Mierda, pero ¿por qué no lo habré puesto en silencio en vez de en modo vibración?
—Zoey, sé que te ves con alguien —suelta de sopetón y yo siento que el mundo se me cae encima—. Soy tu mejor amiga, te conozco mejor que nadie y, además, reconozco a la perfección en ti la misma tontería que en Martina mientras se veía con Declan en secreto.
Joder, joder, joder. Estoy en modo pánico, no sé cómo mentirle a Briella. Ella tiene razón, es un sabueso en cuanto a pillar cualquier detalle, y yo no quiero ser una amiga de mierda y hundirme mucho más.
—Siento haberlo ocultado —confieso cabizbaja.
—Es ese policía de Miami, ¿verdad? No me tragué para nada ese cuento de pintar un mural en la casa de un cliente. —Se cruza de brazos, pero su expresión parece relajada y divertida, así que asumo que la idea de que me vea con un joven policía de un estado lleno de playas no le disgusta demasiado.
Briella ama el mar. Y creí que lo del mural era una excusa excelente, mis padres se lo tragaron sin rechistar, pero veo que me equivocaba.
—Eh… sí, claro, se llama Jack.
—Jack —repite y hace una pequeña mueca, como si lo valorara—.
Jack suena a nombre de tío simple y majo —farfulla mientras asiente y se le dibuja una sonrisa—.
Eso es justo lo que necesita una dulzura como tú, no una bestia irreverente con un nombre absurdo.
—Se le escapa una risa seca, demasiado superficial, como fingida—.
Un nombre como —finge pensarlo, pero estoy segura del que va a pronunciar mucho antes de que lo diga— Lucien.
El hecho de escuchar a Briella decir su nombre me congela.
—¿Sabes? Siempre he creído que le gustas a ese monstruo.
—Ah, ¿sí?
—Es muy raro que nunca te haya tirado la caña, o se te haya insinuado, porque con la forma en la que te mira parece listo para devorarte.
Vaya.
—Si Lucien Hale te estuviera molestando de alguna manera, me lo dirías. ¿Verdad, Zoey?
Trago en seco.
—Es decir, no podemos tener secretos entre nosotras. Ya ves lo que le pasó a Martina por hacerlo.
¡Briella! Me matas.
—Lucien Hale no me está molestando, Briella.
Intento parecer tan firme como la situación lo amerita. Briella me coloca una mano sobre el hombro, me giro despacio y, al mirarla, veo que me sonríe y me estudia con atención.
—Claro que no, dulzura —farfulla—. ¿En qué estaría yo pensando?
—Tanto currar para esos deportistas te ha fundido las neuronas —bromeo, pero me escabullo de su agarre con prisa y salgo a la sala de estar en busca de Martina, de Declan, o simplemente alguien que no me interrogue y me haga sentir una mierda porque miento como una bellaca.
No encuentro a nadie y me digo a mí misma que la soledad también es maravillosa.
La gala va genial, las personas en la sala conversan animadas, todas lucen increíbles con sus disfraces y Declan y Martina se pasean y se codean con todos como si fuesen unos auténticos marqueses.
Me hace gracia verlos tan serios, pero, a la vez, es emocionante saber que, en una sola noche, cumplirán objetivos que ayudarán a cambiar un montón de vidas.
—Taylor, ¿dónde te habías metido?
Una Taylor algo desaliñada vuelve a entrar en la sala después de haberse perdido durante casi dos horas.
—Te he echado de menos.
—Zoey, ¿qué demonios? ¿Cuánto has bebido?
¿Bebido? Bueno, puede que me haya tomado unas cuantas copas de ese ponche tan delicioso, pero creí que no llevaba nada de alcohol.
—Yo…
—Ay, por Dios, ¿dónde está Briella?
Eso quiero saber yo también, ¿dónde demonios se han metido? Un momento… No.
—Briella no es mi niñera, Taylor, puede que haya bebido un poco de más, pero me encuentro perfectamente.
—Sí, ya lo veo.
—Zoey.
No.
Mi piel se eriza por completo y mi corazón se desboca como si tuviera el más remoto derecho a hacerlo. No lo tiene. Lucien es un idiota y no quiero sentir nada, nada de lo que siento cuando estoy cerca de él.
—Tenemos que hablar.
—Ah, ¿si? —Me giro de golpe y, entonces, si que pienso que Taylor puede tener algo de razón con eso de que he bebido de más. Pierdo un poco el equilibrio y Lucien me sujeta por el brazo—. ¡No me toques!
—Zoey —advierte.
—Creo que debería llevarla a casa —murmura Taylor por lo bajo y las lágrimas se me aglomeran tras los párpados.
—Que no soy un bebé —sollozo—. Estoy bien. No necesito ayuda —encaro a Lucien y le hundo el dedo en el pecho—. Y la tuya mucho menos, maldito acosador de mierda.
—No me arrepiento de acosarte, no me voy a arrepentir jamás y si quieres montar una escena y que se entere toda la sala, me parece estupendo —Lucien mira a Taylor—. ¿Sabes que a esta dulce princesa le encanta que la destroce con mi polla mientras me la follo en secreto?
Será…
—Lucien… —Esta vez soy yo la que le sujeto el brazo, intento empujarlo lejos de Tay, desesperada por hacerlo callar.
—Acoge mi polla como una campeona y miente a sus…
—¡Para!
Me pongo de puntillas e intento cubrirle los labios. Un estruendo colectivo se hace con el lugar. Bajo las manos a gran velocidad cuando veo que Briella se acerca y lo siguiente que escucho alto y claro es la voz de Sterling.
—Todos los que no vivan en esta casa, largaos. ¡Largaos!
La gente se torna confusa y se forma un pequeño revuelo, Lucien desaparece de mi lado, Briella me sujeta la mano y veo a los pies de Sterling esa chica pelirroja vestida de payaso que pasó a mi lado corriendo hace un momento.
Declan interviene, agradece la presencia de los invitados, pero da por terminada la velada.
No lo entiendo, pero todos se marchan hasta que solo quedamos nosotros, los miembros de la sexta línea, Martina, Briella, Taylor, yo y esa chica pelirroja que llora en el suelo.
Logan intenta acercarse a ella, pero Sterling parece demasiado enfadado.
—Ni se te ocurra tocar lo que es mío —gruñe Sterling mientras se interpone en su camino—. A partir de hoy —dice con voz alta y clara— Maddox es un miembro más de este equipo, de esta familia, de esta casa.
—¿Qué? No… —solloza ella.
—Eso no lo decides solo —gruñe Kirian.
—Lo hago, porque es lo que pido a cambio de la vida de Lucien.
¿Lucien? Lo busco con la mirada y él encuentra la mía antes de mirar en dirección a su amigo.
—¿Qué? —farfulla Lucien y se pone en guardia—. ¿De qué coño…?
No termina la frase, Sterling saca una pistola de algún punto de su traje y le apunta directo a la cabeza.
¡No!
—Sterling. —Declan parece confundido y yo rezo para que intervenga.
No entiendo lo que pasa, pero se me revuelve el estómago, noto que pierdo las fuerzas debido al miedo y, lo único que pienso es que no me encuentro bien, y no me encuentro bien porque temo por la vida de Lucien.
Mierda.
Creo que me he enamorado.