CAPÍTULO
Sed felices, alejaos de los problemas y aprended a estar solos.
Miami, mayo.
No sabía que existía un helado con un nombre «pitufo», pero, cuando lo pruebo, entiendo por qué era el favorito de la pequeña Zoey. Es una pasada, tiene un color azul chillón, un sabor dulce y empalagoso, y muchos trocitos de nubes. Me sube el ánimo y hace que me olvide del calor.
—Zoey, me estás matando.
Lucien acerca su rostro al mío desde el otro lado de la mesa pequeña redonda y me acaricia la mejilla con el dedo pulgar, arrastra el helado que se me había quedado pegado, me lo mete en el interior de los labios y yo lo chupo con interés.
—Volvemos al hotel, el orfanato puede esperar a mañana.
Eso ni pensarlo.
—Lo haré para ti esta noche —confieso y él frunce el ceño, como si no me hubiera entendido—. Te chuparé la polla hasta que te desmayes, pero llévame a ese orfanato.
Es la primera vez, desde que lo conozco, que veo a Lucien tragar en seco.
—Acabo de ver un montón de imágenes que desconozco mientras comía este helado y, bueno, no quiero parar ahora, Lucien. Quiero continuar.
—¿Qué has visto? —pregunta y me invade una sensación de pena.
—Miguel ahorraba el dinero de su paga, o hacía algunos trabajos para invitarme a tomar este helado los fines de semana.
—Como me duele haberlo olvidado—. Creo que él quiere que lo encuentre, tengo esa sensación.
Odio haberme olvidado de todo lo que hizo por mí y necesito encontrarlo, necesito compensarlo, darle las gracias. No lo sé.
Lucien me sujeta el hombro y solo así me doy cuenta de la forma en la que tiemblo.
—Eh, no pasa nada, estoy seguro de que él lo entenderá.
—¿Tú crees?
—Te lo aseguro.
Pues yo no lo estoy tanto.
Cuatro días después, lloro de forma sonora en el interior del jet privado porque no solo en el orfanato fingieron no recordarme y se negaron a darme información sobre Miguel, si no que no he recordado nada relevante al estar dentro de sus paredes.
Ni en la casa abandonada en la que Lucien dice que nos escapamos cuando mis padres iban a adoptarme, ni en el mar enfurecido donde tuve el accidente, ni en la escuela a la que iba o las calles que recorría. Nada. Ni un solo recuerdo.
—Deja de llorar, tesoro, no puedo soportarlo.
Lucien está sentado delante de mí, con las piernas abiertas y esa mirada tan obsesivamente macabra e imperturbable que me pone la piel de gallina.
—No puedo evitarlo, tenía la esperanza de recordar algo importante, algo que me llevase hasta él.
—Quizá estás más cerca de él de lo que te imaginas.
Sus palabras me provocan escalofríos… pero de rabia.
Creo que Lucien no quiere que encuentre a Miguel, creo que lo ve como una amenaza y solo utiliza su nombre porque lo ayuda a estar cerca de mí.
Lo miro de reojo, enfadada, y me pongo de pie para alejarme de él y sentarme en la otra única fila de asientos de la que consta el jet privado.
No puedo decir que los jugadores multimillonarios no vivan a todo lujo.
—Te has enfadado. —Lucien me hace girar de puntillas antes de que pueda sentarme.
—Para mí es importante dar con él, Lucien, lo sabes, ¿verdad? ¿Ambos trabajamos con la misma intención?
—Por supuesto que lo hacemos.
—Entonces no me digas cosas como que lo tengo más cerca de lo que creo, porque eso no es verdad, y no necesito ese tipo de consuelo.
—Bien, no lo haré nunca más, pero tú nunca vuelvas a intentar huir de mí, tesoro, porque eso solo hace que sienta muchas más ganas de cazarte.
Sus besos ya no me pillan desprevenida, ni la forma en que me toca.
Una cosa que he comprendido en estos cuatro días en los que hemos vivido sin escondernos, como si fuéramos una pareja normal, es que Lucien siempre tiene ganas de mí, siempre me quiere poner las manos encima, y yo no estoy segura de poder asegurar que eso me disguste.
Lucien es mi única experiencia sexual y, aunque es un bruto y tengo claro que no es el hombre que quiero para mi vida, es un jodido dios en la cama.
Sus manos me recorren el cuerpo con urgencia, tira de mí y nos arrastra hasta el asiento, donde él sienta el culo y me sube a horcajadas sobre su cintura.
—Oye… —murmuro mientras él me acaricia los pechos por encima de la ropa, me presiona su erección contra el coño y me lame el cuello—. ¿Por qué nunca usas protección conmigo? ¿No tienes miedo de dejarme embarazada?
La risa que se le escapa me deja congelada y confusa. Lucien aparta las manos de mí, se ríe… muchísimo, hasta que se le caen las lágrimas y se las seca con el dedo.
—Si eso fuera una posibilidad, tesoro, me hubiera hecho la jodida vasectomía solo para poder follarte a pelo.
¿Cómo sabe que no es una posibilidad?
—¿Cómo es que lo tienes tan claro? —pregunto con temor y ya siento en mi interior como mi corazón se acongoja.
—Porque te he visto tomar la píldora, tesoro, y comprarla. Ambos sabemos que tengo controlado cada paso que das.
Su afirmación me atemoriza, pero tengo claro que forma parte de su intensidad.
—Aun así, los métodos anticonceptivos fallan, no son seguros al cien por ciento.
Entrecierra la mirada y me estudia con parsimonia.
—No quiero ser padre nunca —sentencia y se me eriza la piel—. No entra en mis planes traer un crío a este mundo de mierda, no quiero traspasar mis genes de desquiciado y nunca lo querré.
¿Genes de desquiciado? Es decir, sí, a mi me lo parece, pero ¿lo es en realidad? ¿Diagnosticado?
—¿Cual es tu diagnóstico? —me aventuro a preguntar y él me dedica una mirada ladeada e intensa.
—Perfil Híbrido. Trastorno de la Personalidad Límite con rasgos de Antisocial.
—Eres un sociópata —comprendo, y eso me explica muchas cosas. Su forma de molestarse al pensar que fingía no recordarlo, sus estallidos, reacciones y… la intensidad con la que se ha obsesionado por mí.
—¿Vuelves a tener miedo de mí ahora? —Niego con la cabeza, pero él no parece relajarse—. Antes de estar contigo, nunca me follé a nadie a pelo, nunca —sentencia, firme—. Revisaba todos los preservativos y me los llevaba conmigo para tirarlos, así de serio me tomaba el asunto.
¿Y conmigo simplemente no? Es decir, no puedo ser madre, pero eso él no…
—Leíste mi historial clínico —comprendo horrorizada y con la mirada perdida.
—Lo hice, y me parece bien, Zof, que pudieras darme hijos para mí no sería más que un estorbo.
Me levanto de un salto y lo miro. Estoy destrozada. Y, aunque entiendo sus razones para no querer ser padre, no puedo creer lo que acaba de decir, ni que permanezca como si nada.
—Zoey… —farfulla en tono de advertencia, pero yo ya estoy corriendo al baño, donde cierro la puerta por los pelos y me encierro para llorar mientras él amenaza con tirarla.
No poder ser madre es una de las cosas que más me duele en la vida y Lucien no es nadie para haber husmeado en mi intimidad sin que yo estuviera preparada para contarlo.
Es un hijo de puta sádico y despreciable, que me utiliza a su antojo y no se me puede olvidar, por mucho que en Miami hayamos jugado por cuatro días a las parejitas.