Dulce Obsesión (Sangre bajo el hielo 3) CAPÍTULO 34
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CAPÍTULO 34

Si termino siendo solo un recuerdo, espero ser de aquellos que te hagan sonreír.

Miami, mayo.

No entiendo por qué demonios no he traído a Zoey antes a Miami. Parece un animalito asustado, pero entusiasmado a la vez, que mira con detenimiento cada lugar que le enseño y escucha con atención cada una de mis palabras.

—Entonces, ¿nosotros veníamos aquí?

El paseo marítimo está abarrotado de gente que hace ejercicio, pasea, toma un helado o solo pasa el rato. Asiento y Zoey frunce del todo el ceño.

—Juro que, en mis visiones, solo puedo ver a ese niño, creía que siempre éramos los dos los que veníamos a este lugar.

Este es el típico momento en el que me cuesta la vida tener que seguir mintiendo.

Podría decirle la verdad, que soy Miguel, que, cuando la conocí, le dije que me llamaba L, porque era el nombre del jugador de Hockey al que admiraba y que, luego de perderla, cuando Hale me ofreció adoptarme, le dije que quería cambiarme también el nombre y no solo el apellido.

—Me duele la cabeza, —Se deja caer sobre un banco de madera, roja como un tomate, y suspira antes de mirar un mensaje que entra en su móvil—. Deberíamos pasar por una tienda de utensilios de arte, así mando una foto a las chicas y se creen la excusa de que he venido a trabajar.

Pintar un lienzo en la casa de un millonario, esa fue una gran excusa, porque ¿quién se negaría? Y más si ese millonario soy yo, mi lienzo es ella, la pinto con mi semen y luego le ingreso el dinero que hubiera cobrado por un cuadro que nunca pintó.

—Tengo que enseñarte mi última adquisición de arte —le confieso y ella frunce el ceño.

—Pensé que tu único interés en el arte era financiar mi galería.

—Lo es, pero la primera vez que estuvimos juntos allí, pintamos el mejor cuadro del mundo con el fluido de nuestros cuerpos. —Se le ensancha la mirada con pánico y yo me río por lo bajo—. Lo enmarqué —confieso y ella se cubre la cara con la mano.

—¿Y dónde se encuentra?

—Muy cerca de tu galería —confieso y ella pone cara de circunstancia—. Compré el piso de arriba para nosotros, para nuestros encuentros.

—¿Y lo decoraste con tu semen y mi sangre virginal?

—Justo encima del cabecero de la cama en la que pienso follarte a saco.

—Eres imposible —bufa y pone los ojos en blanco.

—No hagas eso —le advierto y me miro la entrepierna para demostrarle que estoy empalmado.

—¡No! —Se pone de pie de un salto y se aleja unos pasos de mí—. No estamos aquí para eso, tenemos que aprovechar estos días. Prometiste enseñarme todos los lugares y contarme mis recuerdos.

Cierto, lo prometí.

Me acomodo las gafas de sol y la gorra de béisbol que utilizo para protegerme de este y de los paparazis, me pongo de pie y la agarro de la mano.

—Ahora iremos al orfanato, pero, primero, ¿quieres un helado de pitufo? ¿Sigue siendo tu favorito?

—¿Pitufo? —repite mientras me mira estupefacta—. Ni siquiera sé por qué me sorprende.