CAPÍTULO 33
Eres mucho más de lo que te han hecho sentir.
Toronto, abril.
Los ojos azules de Zoey brillan bajo las luces tenues de la ciudad y el viento le ondea el pelo húmedo. Creí que no podría mejorar su visión después de verla pintar sobre el hielo, como un ángel, pero, cada vez que la miro, no importa lo que haga, descubro que me equivoco.
—Eres preciosa, tesoro —le digo sin más y disfruto al ver cómo se sonroja.
—Gracias —susurra y se muerde el labio inferior, como siempre que está nerviosa—. ¿Podemos sentarnos un rato aquí?
No me pasa desapercibida la forma en la que, no sé si de manera inconsciente, quiere pasar tiempo conmigo.
Podríamos haber dado por terminado el encuentro, iba a llevarla a casa y luego volver a la mía, pero me preguntó si había otro lugar del edificio que me gustara, y eso, para mí, me demuestra interés.
La atraigo hacia a mí, apoyo el culo en un muro que sobresale y la siento en mi regazo.
—Podemos hacer todo aquello que tú quieras.
—Entonces quiero hablar.
Justo mi punto débil.
—¿De ti? Puedo contarte la vez que…
—En realidad —me interrumpe—, esta vez me interesa hacer yo las preguntas.
Me tenso de inmediato. No es que sea un capullo cerrado que odia hablar de sí mismo…
Bueno, vale, sí, eso es justo lo que soy, pero tengo un miedo atroz a hablar de más con Zoey y que descubra que le miento.
Normalmente, se conforma con escuchar como le cuento alguna historia nuestra de la infancia, o de los recuerdos que ella me contó en su momento que tenía de sus padres, pero cada vez es más difícil entretenerla con migajas, o luego cansarla a base de sexo, mientras su cerebro y su corazón le piden conocer más.
—No tienes por qué contestar —susurra y hunde sus uñas en mi pelo—, pero me gustaría que lo hicieras.
Gruño por lo bajo, pero cierro los ojos por pura satisfacción y asiento.
—¿Cuántos años tenías cuando te quedaste huérfano?
—En realidad, no soy literalmente huérfano, mi padre biológico aún vive.
Odio mencionar a ese saco de mierda andante, pero solo se me hace un poco más soportable por la manera en la que Zoey me acaricia, por el peso de su piel sobre la mía, su calor, y el aroma de su cuerpo que huele del todo a mí.
—Es un inmigrante cubano adicto a todo tipo de drogas duras —digo sin abrir los ojos—. El hijo de puta es inmortal, mató a toda su familia menos a mí y, aún así, sigue por ahí con vida.
Siento como tiembla, así que empujo el culo hacia atrás, abro las piernas y la encajo en el hueco entre ellas para poder abrazarla y protegerla mejor del viento.
—¿Qué quieres decir con qué mató a toda su familia?
Ah, entonces era por esa afirmación por la que temblaba. Abro los ojos y me centro en la humedad de los de ella.
—No era un buen hombre, y nunca se ocupó de nosotros, ni siquiera podía ocuparse de él mismo, pero aún así se follaba a mi madre y la dejaba embarazada cada vez que podía.
—¿Tienes hermanos? —pregunta sorprendida.
—Tuve una, Mía, era mayor que yo y, básicamente, me crío. Me ayudó a sobrevivir. Luego hubo dos bebés que nacieron con vida, murieron a los pocos días por una mezcla entre desnutrición, muerte súbita y síndrome de abstinencia fetal. Mi madre consumió drogas duras durante todos sus embarazos.
Duele recordar esos pequeños cuerpecitos temblando de esa manera, la forma en la que Mía intentaba mantenerlos en calor. ¡Es una tortura! Y entiendo que ella no lo soportara.
Zoey me envuelve la cintura con sus brazos pequeños y me sorprendo ante su muestra de contacto.
—Lamento que tuvieras que vivir eso, ¿cuántos años tenías?
—Solo seis cuando Mía murió, era cinco años mayor, y también vio morir un par de bebés antes de lograr salvarme. Los años no son suficientes para que el dolor de su muerte me persiga incluso hoy en día.
—Lucien, no sé qué le pasó, pero tú no podías hacer nada…
—Pude haberlo hecho, con cinco años ya me habían capturado dos veces los de los servicios sociales y las dos había conseguido escaparme, conocía el camino, así como el camino a la comisaría, pero no pensé en pedir ayuda a tiempo para a mi hermana a pesar de que veía cada día la forma en la que sus emociones la destruían, la forma en la que caía de lleno en ese maldito vicio capaz de destruirlo todo.
—Eras demasiado pequeño…
—Pero sabía cómo se veía aquello, ¿sabes?
Lo vi en muchos de los amigos de mis padres.
Mía se tumbó en el suelo y me dijo que no me preocupara, me abrazó, habló conmigo hasta que me quedé dormido y, cuando desperté, ella no estaba.
Al día siguiente, escuché por la radio las características de una chica de once años que había muerto al lanzarse al mar y lo supe.
Supe que mi hermana nunca regresaría. Me la imaginé como esos bebés a los que había visto morir: azul, y fría, rígida como un bloque de hormigón y con los ojos completamente sin vida.
—Oh, Dios mío…
Se pone de rodillas en el hueco de mis piernas y me rodea el cuello con los brazos.
—No quiero que sientas lástima de mí, tesoro.
Me vengué, hice que la policía pillara a mis padres con sus drogas, ambos fueron a la cárcel por ello; aunque, unos meses después, papá estaba libre y mamá muerta por una sobredosis.
Aún recuerdo cuando lo vi llegar a la chabola, conseguía sobrevivir por mi cuenta con la ayuda de los vecinos a pesar de mi corta edad, me había sentido libre y realizado hasta que lo vi entrar por la puerta con esa expresión huraña y ese temblor en su mandíbula que me delataba que necesitaba drogas.
—Él te… ¿te hacía daño?
—Lo intentaba, pero yo era mucho más rápido y no me dejaba pillar. A veces se comía mi comida, o se bebía toda el agua, o pretendía que robara dinero en vez de comestibles para dárselo para drogas. Nunca hice nada de eso, nada por él, porque siempre tuve claro que lo odiaba y que no lo merecía.
—¿Por qué no querías ir con los servicios sociales?
—Era una comunidad compleja, Zoey —confieso, y solo con esa parte ya me siento vulnerable—.
Había personas que estaban tan mal como mi padre, pero que en sus días buenos, tenían un corazón de oro.
También había otras que no estaban tan mal, como mamá, y otras que ni siquiera consumían y me ayudaban a mantenerme.
Me veían por la calle y me llamaban a su casa, guardaban para mí un plato de comida, me obsequiaban ropa usada o un juguete viejo.
Me convencí de que no estaba tan mal, de que la policía era el enemigo, el estado, que amenazaba con erradicar el barrio y quitar a esa pobre gente sus hogares.
Cuando la miro, llora y eso me destroza.
—No debes llorar, tesoro. Tú nunca pasaste por nada de eso, tuviste una vida feliz, unos padres estables que te amaron hasta su último momento y hubieran dado su vida por ti.
Tú madre, en su lecho de muerte, ni siquiera quiso que la ayudaran antes de ponerte a ti a salvo. Nunca había visto tanto amor…
—¿Cómo sabes todo eso?
Me tenso porque, como me temía, he hablado demasiado, pero enseguida suspiro y encuentro la manera de arreglarlo.
—Miguel me lo contó. Antes del orfanato, él también vivía cerca, en el mismo barrio de mierda.
Zoey no parece convencida, pero lo deja pasar.
—¿Podrías llevarme algún día?
Ni siquiera puedo creer lo que escucho.
—Al orfanato. Es decir, iba a pedirle a Jack que lo hiciera, pero no quieres que lo vea y…
—Yo te llevaré. —Le aprieto la cintura con los brazos y ella abre las piernas y se sube a horcajadas. Jadeo ante ese ligero contacto y mi erección crece por sí sola—. Soy la única persona que necesitas para recorrer este camino hacia tus recuerdos, tesoro. Solo a mí y a nadie más.
Me mira desde abajo con los labios entreabiertos, y juro que me muero de ganas de besarla.
—El mes que viene tengo cuatro días libres, te llevaré a Miami y te lo contaré todo.
—Quizá tengamos algo de suerte y pueda recordar.
—Ya tenemos suerte, tesoro, porque nos hemos encontrado.
La beso porque es inevitable y no me puedo controlar. Como siempre que le pongo las manos encima, una cosa lleva a la otra y termino follándome su coño húmedo y estrecho de nuevo en una azotea apenas iluminada por las luces de toda una ciudad.