Dulce Obsesión (Sangre bajo el hielo 3) CAPÍTULO
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CAPÍTULO

No somos exactamente lo que todos ven, somos lo que pocos encuentran… Y muy pocos entienden.

Toronto, abril.

—¿De verdad podemos estar aquí?

Es la tercera vez que se lo pregunto, pero él sonríe en lugar de contestar y eso despierta en mí un cosquilleo angustiante. No me gusta la idea de romper las normas, de que alguien nos vea o de que alguna cámara nos grabe.

—Lucien —lo llamo, pero sigue poniéndose su instrumentaría de hockey y me ignora lo mejor que puede.

Lo observo mientras se viste, sentado en el banco delante de su taquilla. Es guapo, ancho, con músculos perfectamente definidos y una piel tersa y bronceada. Una capa de vello oscuro, pero casi imperceptible, le baña los pectorales, recubre las areolas de sus pezones y se pierde bajo su «v» en…

—O dejas de mirarme así —advierte y se pone de pie a mi lado, con los patines puestos y unos quince centímetros extras en su ya imponente altura— o ignoro el plan, te pongo a cuatro patas sobre ese banco y te follo hasta que sudes, tengas toda la piel roja y adornada con las marcas de mis manos.

Oh.

Se me escapa todo el aire que ni siquiera sabía que contenía, pero soy incapaz de dejar de mirarlo.

El tiempo parece ralentizarse a mi alrededor y lo único en lo que puedo pensar es en el hombre que tengo delante, me habla, pero ya no lo escucho, hace un amago de sonrisa mientras se ata los pantalones, y noto como se le acelera el corazón.

Sus ojos brillan bajo las luces blancas y radiantes, y se pasa la mano por el pelo.

Saca una camiseta doblada de su bolsa de deporte, pero, en lugar de ponérsela, me mira con los ojos entornados y me la pone a mí. Se lo permito.

—A la mierda el plan, ahora la tengo durísima, tesoro, y en lo único que puedo pensar es en follarte mientras llevas mi camiseta.

¿Su camiseta?

No, joder, ¿qué me pasa?

Me sacudo el entumecimiento mental momentáneo y me alejo de Lucien con evidente molestia mientras me saco la camiseta que acaba de ponerme. Odio esta camiseta y odio mucho más la violencia que representa.

—No te la quites, ¿qué haces?

—Sabes que no quiero llevar esta camiseta.

—Oh, venga ya, Zoey.

—¿Por qué me has traído aquí, Lucien? —pregunto contrariada y le planto la camiseta en el pecho, que ya tiene cubierto con una manga larga térmica y todas las protecciones.

—Lo verás enseguida.

Me sorprende que no insista en que me vuelva a poner la prenda En lugar de eso, me agarra la mano y tira de mí.

Me pierdo en los detalles de los túneles y pasillos mientras Lucien me dirige, y también en el silencio que se respira cuando esto se encuentra vacío, sin un solo aficionado desesperado exigiendo violencia.

—¿Por qué vamos…?

Oh. Dios. Mío.

La pista de hielo parece una fantasía, se encuentra iluminada con focos de color blanco que se reflejan sobre la superficie pulida como si fuera el brillo de la luna sobre un lago helado.

El humo gélido se eleva y recorre la estancia y, justo en medio del todo, hay un caballete con un lienzo en blanco y una mesa de trabajo repleta de pinturas, pinceles y una paleta para mezclar.

Todo de mi marca favorita, la que tengo en la galería, en casa o en cualquier lugar al que voy.

—¡Esto es una pasada! —chillo sin poder evitar que se me note la emoción.

No quiero demostrar a Lucien que me gusta este detalle, más que nada, porque no me gusta él ni lo que representa. Esto es una mera transacción, una en la que yo obtengo información sobre mi pasado olvidado y él… él, bueno, alimenta esa obsesión tan rara e insana que tiene conmigo.

—Sé que odias el ruido, la violencia y el barullo de la pista durante los días de partido, pero también vi en tu libreta que habías intentado pintarme en el hielo y, bueno, la verdad es que me encantaría que lo hicieras.

Tardaré horas, no sé si podemos estar aquí o en cuestión de minutos vendrá alguien de seguridad para pedirnos que nos vayamos. Me voy a congelar, pero, aún así, asiento.

—¿Qué quieres que haga? —pregunta Lucien mientras entra en la pista y me ofrece la mano para que haga lo mismo, la pista resbala muchísimo y pierdo el equilibrio en la primera pisada, por lo cual, Lucien me sujeta con fuerza, me carga entre sus brazos como si fuera nuestra noche de bodas y me lleva hasta la silla en medio de la pista que se encuentra delante del lienzo—. ¿Estás cómoda?

La duda se marca en sus facciones y yo asiento, él me da un beso en los labios como respuesta y patina a mi alrededor mientras me pregunta qué debe hacer.

—Tú solo patina —murmuro y él hace caso.

Una hora después tirito de frío, pero ya tengo un boceto bastante decente.

—Eres una artista silenciosa. —Me doy cuenta de que no he dicho ni media palabra mientras que él no ha parado de hacer círculos a mi alrededor, como un ser obediente.

Cuando levanto la mirada, veo sus ojos color whiskey a través del visor enmarcados con gotas de sudor—. Y friolera. Deberíamos dejarlo por hoy.

No me opondré a esa afirmación, tiemblo, así que solo me pongo de pie dispuesta a moverme porque soy incapaz incluso de hablar, un error, olvidé lo resbaloso que está el hielo y mis piernas acalambradas me lo ponen aún menos fácil.

Chillo al sentir que me desvanezco y Lucien me salva de chiripa de acabar con el morro partido y mi sangre pintada en el hielo.

—Eh, tesoro. No te he traído aquí para que pintes hasta sufrir una hipotermia —musita sobre mi cuello mientras me recoloca en sus brazos y me carga como antes.

Espera, ¿qué? Lucien y noche de bodas no son palabras que puedan ir en la misma frase en un pensamiento mío, así que ni siquiera voy a prestar importancia a esa locura. Tengo tanto frío que solo le rodeo el cuello con los brazos, acurruco el rostro en su pecho y permito que me saque del lugar.

Cuando llegamos al vestuario, tiemblo mucho más a pesar de que la temperatura mejora.

Lucien me deja sobre el banco, me quita la ropa con prisa y luego se quita la suya.

No soy consciente del todo de lo que hace, o de lo que pretende, porque estoy demasiado ocupada temblando como si mi vida dependiera de ello y observando su cuerpo escultural.

—Lo solucionaré, tesoro. Haré que te sientas mejor.

Antes de que pueda procesarlo estoy con él en la ducha y un chorro de agua cálida me empapa el pelo y desciende por mí piel. Jadeo de satisfacción, Lucien me atrae hacia sí, me abraza y me acaricia el cuero cabelludo.

—Debí haberme dado cuenta de que pasabas tanto frío. Me he centrado en el ejercicio, en hacerlo bien para ti. Soy un idiota, princesa.

—Estoy bien —farfullo, pero a él no parece convencerlo—. En serio, Lucien, el boceto ha quedado genial, estoy segura de que será un gran cuadro y pasar frío para conseguirlo ha valido del todo la pena.

—Solo será un gran cuadro porque eres tú quien lo pinta.

Se me escapa una sonrisa, pero la disimulo enseguida.

—También lo será porque reflejará la pasión con la que patinas.

—Esa pasión ni siquiera se compara con la que tú me provocas, Zoey.

Su mano me acaricia la mejilla y me coloca el cabello detrás de la oreja.

Enseguida mi cuerpo se calienta, mi piel cobra vida, mis pezones se erizan y mis músculos se contraen.

Me hago consciente de la situación, de la forma en la que he permitido que terminemos y también tengo claro la manera en la que va a acabar.

Así que me dejo llevar, respondo a sus besos cuando me los da, y abro las piernas todo lo que puedo cuando me apoya la espalda contra los azulejos, me sube a horcajadas sobre él y me empala con su polla dura.

Cada embestida es un placer, al igual que una tortura.

No me debería gustar tanto, no debería disfrutarlo así, porque tengo que odiar y solo utilizar a este hombre.

—Debe de haber otro sitio que te guste de este edificio, no solo la pista de hielo.

Tengo el pelo húmedo, la chaqueta de Lucien, que me queda enorme, el lienzo en una mano y la mano de Lucien cerrada sobre la otra mientras tira de mí en dirección a la salida.

—En realidad… —Se detiene en seco— sí que lo hay.

Lo sigo cuando cambia de dirección y le hago caso cuando, delante del ascensor, me pide que deje el lienzo apoyado sobre la misma pared que él deja apoyada la bolsa con sus cosas.

Subimos en el ascensor hasta el último piso, la azotea, donde Lucien introduce una clave numérica que abre la puerta con un pitido.

—¿De verdad podemos estar aquí?

Algo me dice que no, pero ese mismo algo me promete que a él no le importa.

Lucien tira de mi mano y acelero el paso para seguir su ritmo. Cuando estamos fuera, se me entreabren los labios con un jadeo cargado de sorpresa e incredulidad. Este lugar es una pasada, veo todas las luces de la ciudad desde aquí y escucho amortiguados todos sus sonidos.

—Joder —musito y a Lucien se me escapa una risa seca—, entiendo por qué te gusta. Es una jodida pasada.