Dulce Obsesión (Sangre bajo el hielo 3) CAPÍTULO
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CAPÍTULO

Las acciones siempre prueban que las palabras no significan nada.

Toronto, febrero.

Cuerpos desnudos, expresiones grotescas, caras cargadas de placer y movimientos imposibles.

Por no hablar del contraste de las luces y las sombras ni de la manera en la que ahora el resplandor de luces rojas se ha convertido en una constante en mi arte.

No debería pintar esto, se supone que no es mi estilo, pero ¿cómo lo controlo?

¿Cómo hago que mi mente no pinte aquello que le da la gana si no lo que se supone que debo pintar?

—Es imposible —farfullo y dejo la paleta y el pincel en la mesita pequeña de trabajo que tengo al lado del caballete.

Me pongo de pie y disfruto de la sensación de poder caminar descalza sobre el suelo de la tarima calefactado mientras me desplazo de un lado hacia otro, me revuelvo el pelo y hablo conmigo misma.

—Es un estilo demasiado atrevido —me cuestiono—, no creo que a mi público le vaya a gustar.

Arqueo el dedo índice de la mano derecha, me lo llevo a la boca, lo presiono entre mis dientes y ahogo un grito cargado de frustración mientras levanto las piernas del suelo una a una con movimientos rápidos.

—Es que no puedo visualizar otra cosa.

Lo único en lo que pienso es en sexo, y eso es, jodida y exclusivamente, culpa de Lucien Hale.

Ese hijo de…

Dios, no, no conocí a su madre, así que no debería decir eso, pero es que… ¡Uff! Me saca de quicio.

Desde que iniciamos esta «relación secreta» he tenido que utilizar el cerebro más que en toda mi vida.

Las excusas creativas no son para nada mi fuerte, así que mis amigas deben creer que he pintado la exposición de un museo completo en estos casi dos meses.

Es imposible escaquearse de él. Cuando invento excusas, las rebate de todas las maneras posibles, o solo dice, tengo tal información, información que luego me resulta bastante irrelevante a la hora de obtener alguna pista sobre el paradero de Miguel, pero que me deja el corazón calentito al conocer la forma en la que nos conocimos, las locuras que hicimos y lo unidos que estábamos.

De verdad que estoy dispuesta a pasar un par de horas con una bolsa térmica sobre el abdomen bajo con tal de conocer esa información, porque Lucien no sabe cómo follar despacio y mi cuerpo aún se adapta a ese detalle.

«Para estar conmigo debes aprender a manejar el dolor».

Noto cómo se me contraen las paredes de la vagina por puro anhelo solo de recordar esa información.

Nuestra dinámica es sencilla pero peligrosa.

La mayoría de las noches, Lucien se cuela en mi habitación cuando ya estoy en la cama y sabe que Briella está dormida.

Martina duerme el noventa y nueve coma nueve por ciento de las noches en el piso de Declan y es una persona menos por la que preocuparse.

Aún así, da miedo, porque me convierto en una persona diferente siempre que Lucien está en la ecuación.

Algunos días me cubre la boca con la mano y me despierto entre gemidos por la fuerza en la que me come los pechos; otras, me besa con frenesí y mete la mano en mis bragas para despertarme a punto de alcanzar el orgasmo; otras, me atraganta con su polla; y, en las más tranquilas, me sube sobre su pecho, me llena la frente de besos y la espalda de caricias mientras me susurra al oído que soy su tesoro y que siempre va a cuidarme.

Es… ¿adorable?

Cuando Brie está en casa, ahogo los gritos que me provoca con la boca en una la almohada, y cuando no está ni se la espera, Lucien me hace correr por el piso solo para atraparme en cualquier lugar, arrancarme las bragas y follarme como un animal salvaje.

El otro día escuché la puerta de entrada y fue incluso divertido ver su enorme silueta agazapada tras la lavadora mientras yo entretenía a Martina y la ayudaba a recoger ropa a toda prisa. Casi parecía que la echaba de su propia casa y fue un poco apabullante.

—Me he convertido en toda una sinvergüenza —suspiro, pero entonces salto en mi sitio y se me escapa un jadeo cuando escucho un ruido extraño proveniente de la puerta. Miro en esa dirección y mi corazón se detiene al ver al hombre desnudo y con una máscara puesta que se apoya en el umbral.

Ay, joder.

Noto que se me endurecen los pezones y que mis pechos aumentan su peso mientras un cosquilleo me recorre el flujo sanguíneo y me llena el cuerpo de un calor agradable.

—Te dije que debo pintar —me quejo—. En serio, Lucien, tengo cuadros atrasados y así no me ayudas.

Enciende la máscara y apaga la luz de la habitación, entonces tengo claro que no escuchará ningún tipo de objeción al respecto.

También tengo claro que voy a pintar la imagen que acabo de observar, porque nunca me la podré sacar de la cabeza.

Lucien es guapo, irreverente e impulsivo, pero el verdadero peligro no es él, sino la atracción tan incomprensible que eso despierta en mí.

—No, no, no —chasquea la lengua—. No te escucho correr, dulzura.

—¿Qué ganaré cuando me atrapes?

Nunca corro para él sin una recompensa definida con anterioridad.

—¿Qué quieres? ¿Una historia, un nombre, un lugar?

—Quiero que poses para mí mientras te pinto. —Las palabras salen por sí solas antes de que pueda pensar demasiado en ellas—. Quiero pintarte así, tal cual estás ahora.

—Solo si tu pintas desnuda para mí.

Sé cómo va a terminar eso, lo sé y me sonrojo por ello, pero, aún así, asiento antes de correr a la esquina derecha de la habitación.

En cuanto Lucien se aparta de la puerta para venir en mi busca, empleo toda mi velocidad y mi capacidad de escurrirme, me agacho cuando lanza los brazos para atraparme en volandas, y corro con el corazón desbocado y las emociones a flor de piel.

Lo escucho gruñir por ese intento fallido, pero yo celebro una victoria al no habérselo puesto tan fácil.

Recorro los pasillos antes de llegar a la primera sala y logro atravesarla a toda velocidad, pero no tengo la misma suerte con el siguiente pasillo.

Lucien me agarra uno de los tirantes del mono y tira de ello hacia atrás, aterrizo sobre su pecho, pero pronto me gira, me hace chocar la espalda contra la pared y me desnuda con desespero.

Lo permito y, mientras lo hace, le quito la máscara del rostro y la lanzo sobre el suelo.

Su luz es lo único que nos ilumina y el efecto rojo en el angosto pasillo oscuro es del todo brutal. También quiero pintar esto.

Hay una parte de mí que se muere de ganas de tocar a Lucien, pero hay otra… otra que me dice que eso no sería lo correcto.

No sé manejar a este hombre tan inestable, ni la volatilidad de su carácter, y puede que disfrute de lo que me hace. Bueno, vale, quizá lo disfruto demasiado, pero aún ruego porque un día despierte, decida que ya no le intereso y me deje marchar.

Su boca impacta contra la mía y enseguida siento las caricias de su lengua en la parte posterior de la garganta.

Es demasiado, lo empujo un poco por el pecho, pero se pega más a mí, me hunde la erección entre las piernas, y se mueve como si me estuviera follando.

Se me abren los ojos y veo su expresión, tiene los suyos cerrados, el ceño fruncido, la mandíbula tensa, pero me sube una mano al pecho y me lo ahueca mientras uno de sus dedos juega con el pezón.

No quiero alimentar su fantasía, llevo dos meses resistiéndome a ello, pero ese también es el mismo tiempo que llevo luchando con mi propia curiosidad y… necesidad. Es decir, nunca tuve una relación antes, nunca he acariciado a ningún hombre.

¿Qué haría un hombre como Lucien si soy yo la que lo toca? ¿Eso le molestaría? ¿Se alejaría de mí sin rechistar? ¿Se apagaría su deseo?

Extiendo las manos de forma temblorosa y las poso sobre su abdomen. Él abre los ojos y se detiene, separa nuestras bocas, nuestros cuerpos y, por un momento, mientras baja la vista y me mira las manos, creo que está sorprendido.

—Eres muy guapo —musito sin tener muy claro lo que hago y acaricio despacio la dureza de sus abdominales abultados. Noto cómo se estremece, eleva la vista, brillante.

Llevo las manos a su pecho y, desde ahí, ascienden a su rostro, lo acunan con ternura y Lucien tiembla.

Me acerco entonces, me pongo de puntillas y rozo sus labios con los míos, él permanece muy quieto, pero justo cuando estoy a punto de cerrar los ojos y profundizar, me obliga a darme la vuelta, me apoya la frente contra la pared, me mete la polla desde atrás y me folla duro.

Joder.

La forma en la que me embiste no es ni medio normal, es como si me castigara por el hecho de haberlo tocado, porque, aunque su manera de follar  nunca es suave, siempre me ofrece un pequeño tiempo de gracia para que me adapte mejor a su tamaño.

Su mano grande me acaricia el clítoris, mientras que la otra se posa sobre mi cuello y lo utiliza para hacer palanca y llegar todavía más profundo.

—Lucien, más despacio —suplico y le araño la «v» con las uñas. No cede—. Lucien, duele. Duele mucho, por favor. No puedo soportarlo.

No así, si me diera un poco de margen, un momento para respirar, pero parece un desquiciado y hace que mi cuerpo bote y se sacuda por completo.

—¡Lucien! —lloriqueo y, solo entonces, se detiene.

—Hazlo tú —gruñe—. Úsame, tesoro.

Casi lloro de alivio. Y, entonces, me pongo de puntillas, le ofrezco mejor mi culo en pompa y me muevo sobre su polla mientras él me masajea el clítoris, me acaricia los pechos y me lame el cuello.

Joder, lo siento en todas partes.

El orgasmo crece por sí solo, pero parece que se queda corto, necesito más, pero no soy capaz de moverme más deprisa.

—Lucien… —apremio con anhelo y le sujeto el muslo instándolo a que se mueva.

—¿Sí, tesoro? —Emite una risa seca que hace que me entren ganas de golpearlo.

No quiero pedirlo. Lo hace a propósito, pero yo, no, no puedo pedirle eso, no soy ese tipo de chica.

—¿Quieres algo, princesa?

Sí, que te muevas, a toda velocidad a ser posible. Estoy tan cerca…

—Quizá, quieres que haga esto… —Un movimiento, lento, agonizante, profundo y quiero chillar de frustración.

Vale, me rindo. No puedo soportarlo.

—Muévete, por favor.

—¿Qué? No te entiendo, tesoro, creí que te hacía daño.

Cabrón manipulador de mierda.

—Vuelve a hacerme daño.

—Pensé que no podías soportarlo.

—Puedo soportarlo ahora, Lucien. —Su polla salta en un punto profundo dentro de mí y eso me hace gemir y ver las estrellas—. Fóllame, por favor. De verdad, puedo soportarlo.

—Mierda —ruge, me golpea el culo con brío antes de agarrarme por las caderas y me folla a toda velocidad hasta que los dos nos rompemos—. Sabía que ibas a suponer mi puta muerte, dulzura, siempre la has supuesto y siempre lo harás.

Es lo que me susurra en el oído mientras me besa la comisura de los labios y ambos recuperamos el aliento.