CAPÍTULO 30
Tu próximo movimiento importa más que tu último error.
Toronto, febrero.
Gruño debido a la frustración y lanzo el móvil con fuerza contra el suelo, aterriza con un golpe sordo al otro lado del pasillo, a los pies de Gideon, que silva y salta mientras finge tener un miedo atroz a la posibilidad de llevarse un golpe.
—Sabes que necesito mis pies para funcionar en el hielo, ¿verdad? —Lo miro de reojo y una mueca de disgusto con los labios me sale de manera natural. Ni siquiera voy a molestarme en prestar atención a su pose de chico dorado y a su sonrisa automatizada.
De repente, odio todo lo que esa perfección y normalidad que Gideon se esfuerza tanto en aparentar, porque sé que eso no es lo que él es, no lo es en absoluto.
—Lucien, ¿estás bien?
Aparto la mano que me posa en el hombro, me pongo de pie con un movimiento brusco y le aprisiono la muñeca antes de empujar con fuerza su cuerpo y arrinconarlo contra una de las taquillas.
Jadea, sorprendido. Algunos compañeros nos miran, mientras que otros ponen los ojos en blanco y observan de reojo en dirección a la ducha.
—¡¿Qué coño haces?! —brama y se retuerce como un animal atrapado que lucha para poder salir.
—He escuchado a Kirian quedar con esa chica del pelo lila después del entrenamiento. Ha dicho que va a subir a su oficina y le va meter la polla por el coño hasta lograr que se desmaye.
Gideon para de luchar, así, sin más. Sus ojos no buscan los míos, no busca confirmación sobre lo que digo en mi mirada, y no sé si es porque sabe de sobra que no miento, o porque le duele demasiado enfrentarse a esa realidad.
—Es curioso —farfullo y destenso mi agarre sobre él porque sé que no hace falta, lo que le digo lo tiene retenido mentalmente… y de esa prisión es imposible escapar—. Nunca he visto a Kirian meter la polla en un coño, ¿crees que nos dejarían mirar? ¿Te apuntas a que los espiemos?
Gideon me empuja el pecho con su hombro y finjo una mueca de dolor para disimular la sonrisa.
—¿Puedes dejar de ser un puto enfermo por una vez en la vida? —Finjo que me lo pienso, pero luego niego con la cabeza y me humedezco los labios.
—Creo que Taylor está buena, me gusta su entusiasmo, y me pregunto si pone el mismo empeño en todo lo que hace.
—La forma en la que se entreabren los labios de Gideon mientras se le agranda la mirada hace que me aumente el flujo sanguíneo—.
Es decir, ¿te la imaginas? Seguro que te chupa la polla con una sonrisa en los labios mientras te agradece por ello…
—¡Basta, Lucien!
—Oh, venga ya, no me jodas. Te he visto mirarla. También me acuerdo de vuestro romance en el instituto, así que no finjas que no te lo imaginas. ¿O es que ya lo has comprobado?
—¡He dicho que pares! —Acabo sentado en el mismo banco de antes de iniciar toda esta estúpida conversación y se me escapa una sonrisa desprovista de humor—. No la menciones, no la imagines, no respires cerca de ella —grita delante de mi rostro mientras me señala con el dedo.
—Creí que ella no te agradaba.
—Y no lo hace —se recompone—, pero yo soy el único que puede torturarla. Taylor Chou es solo mi jodido problema.
Ese brillo en su mirada. Joder, viviría para ver ese brillo.
—Creo que Kirian no opina lo mismo. —Señalo con los ojos en dirección a la salida, a la que se aproxima un Kirian recién aseado y con ropa deportiva—. Hablando del aludido —me burlo al ver la derrota en la expresión de Gideon—, ¿tú lo habías visto irse tan deprisa alguna vez?
La respuesta es no. Porque Kirian siempre se queda el último, con la esperanza de que Gideon se conduela y le coma un poquito la polla después de cada entrenamiento.
—Yo me daría prisa si queremos llegar a ver los preliminares.
Hago el amago de levantarme para seguir a Kir, pero Gid me empuja el pecho y me mantiene sentado. Entonces me mira a los ojos, y es como si al fin lo entendiera.
—Que te follen —escupe con resentimiento.
Nunca me arrepiento de nada. Soy un hijo de puta capaz de hacer este tipo de cosas sin que se me caiga un solo pelo. No soy de los que aceptan un no por respuesta y no lo voy a aceptar nunca.