Dulce Obsesión (Sangre bajo el hielo 3) CAPÍTULO
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CAPÍTULO

Y si te da miedo, hazlo con miedo.

Toronto, ocho años.

—¡Corre, pirata! ¡Corre o nos atraparan!

Nadie nos sigue, de hecho, los educadores ni siquiera se dieron cuenta cuando L y yo nos escabullimos con sigilo por la puerta trasera durante la hora del desayuno, pero es mucho más emocionante gritar, correr y fingir que nos siguen mientras hacemos el camino de más de una hora a pie que nos separa de la playa.

—¿Me vas a enseñar tu barco hoy?

—Está demasiado lejos de la orilla, tesoro, ya te lo he dicho.

Es verdad, lo hemos hablado y, en teoría, lo entiendo, pero no me gusta nada.

—¿Cuándo podrás traerlo a la orilla para que nademos hasta él?

Noto cómo se le endurecen las facciones de la cara. No le gusta que saque ese tema, cada vez que insisto con lo mismo, se le pone la misma cara de angustia, pero necesito convencerlo de que es lo mejor para nosotros, que no debemos tener miedo.

—Mamá dijo que me cuidarías, que debía vivir contigo en tu barco pirata…

—Lo sé —me interrumpe y se coloca delante de mí mientras me sujeta los brazos—. Sé lo que dijo tu madre, tesoro, pero tienes que darme algo más de tiempo, ¿vale? —Frunzo el ceño. No me gusta tener que esperar—. Los barcos necesitan combustible, Zof, necesitamos comida.

—Mientes —sentencio con disgusto—. Nos moverán las olas y podremos comer peces, ¿crees que no se como funciona el mar?

L me mira incrédulo durante un par de segundos, pero luego su expresión se relaja, me acuna entre sus brazos y suspira mientras me remueve el cabello con la mano.

—Deberías pasar de los cuentos a libros reales sobre piratas, princesa. Robaré alguno para ti de la biblioteca.

—Sabes que no es necesario que los robes, ¿verdad?

—Sí que lo es —farfulla, me rodea los hombros con el brazo y camina despacio conmigo a su lado—. Son libros para mayores y no te los prestaran.

No me gusta cuando tiene razón y me gana.

Es decir, sí, me encanta que sea tan listo y parezca resolver todos nuestros problemas, pero yo también quiero sentirme importante, la que manda, quiero poder lograr que deje de ser la persona que carga con el mando sobre sus hombros al menos durante un rato.

—Leeré los libros sobre piratas mayores y lo aprenderé todo sobre ellos —prometo—. Sé que será un poco aburrido, porque no tendrá dibujos, ni animales que hablan, ni besos a ranas; pero, al menos, podré ayudar cuando vivamos en el barco y naveguemos por el mundo los dos solos.

L se detiene y solo doy un par de pasos sin el peso familiar de su brazo sobre mis hombros hasta que logro darme cuenta.

Me giro, y veo que las manos le tiemblan sobre las asas de la mochila.

Hoy hace calor, quizá necesita ayuda para cargarla, quizá tiene sed, quizá no he debido arrastrarlo hasta la playa, como cada fin de semana.

—L, ¿estás bien? ¿Hay algún problema?

Camino hasta él, le pongo mis dedos pequeños sobre la barbilla y hago que eleve la cabeza. Mi corazón se encoge de pánico cuando veo lágrimas en su mirada. L nunca llora, él es el fuerte, el que consuela, mientras que yo soy la que sonríe e intenta verlo todo color de rosa.

—¿De verdad querrías vivir solo conmigo en medio del mar, princesa? Sin nadie más a nuestro alrededor, ¿solo nosotros?

¿Por qué no querría hacerlo? Ya somos solo nosotros, aunque estemos rodeados de gente.

¿Por qué de repente me pregunta eso?

A menos que…

—¿Es que tú no quieres?

Me encojo sobre mí misma y noto como me apabulla el peso de mis hombros.

—Zof, no hay ninguna otra cosa que quiera en la vida aparte de eso. Bueno, excepto, a lo mejor, ser un jugador de hockey, pero sé que eso es casi imposible siendo un huérfano que vive en California.

Él no es huérfano, yo sí. Su padre vive, pero no es una mala persona a la que no debemos acercarnos.

—¿Es por eso que no quieres vivir en el barco? ¿Por qué no podrías jugar al hockey?

—No, tesoro, y sí que quiero vivir en el barco, viviría hasta en una maldita cueva y lucharía contra los osos siempre que pudiera estar contigo. Pero me preocupas tú, en ese barco no habrá dibujos, ni rotuladores de alcohol, ni acuarelas.

—Me llevaré un carboncillo —resuelvo y su semblante decae un poco más.

—No quiero que tengas que conformarte con menos, Zof, quiero que lo tengas todo.

—Tú lo eres todo, L.

No entiendo esta conversación, es estúpida, ilógica e irracional, y no va a llevarnos a ningún lado.

—¿Por qué no puedes entenderlo? —farfullo y noto que se me llenan los ojos de lágrimas debido a la frustración—.

Es decir, ¿tú no sientes lo mismo? —Busco su mirada—.

¿De qué me serviría tener todas las pinturas y materiales del mundo si no puedo estar contigo?

Si no te tengo para verme pintar o para alabar lo que hago, yo…

Solo cuando me abraza con fuerza comprendo que tiemblo de miedo.

—Tienes razón, Zof. Lo único que necesitamos para estar bien es tenernos el uno al otro y, por eso, cuando te presenten a la pareja que quiere adoptarte, te vas a negar en rotundo a ir con ellos, ¿vale? Dirás que no quieres ir, y te quedarás conmigo.

Paul y Cristina son majos, los he visto un par de veces, pero siempre les he dicho lo mismo: L y yo somos un pack indivisible, si él no viene conmigo a donde sea que quieran llevarme, entonces yo no iré.

—No hace falta ni que lo digas, L, sabes que no iré a ningún lado sin ti. Nunca dejaría que me lleven, ni siquiera por la fuerza. Preferiría morir como mis padres a permitir que me aparten de tu lado.

—No digas eso ni en broma, tesoro. —Me estrecha entre sus brazos con fuerza y habla sobre mi cabello—. pero yo también preferiría estar muerto a vivir sin ti.

Cierro los ojos y disfruto de la calidez que emana de su pecho mientras me empapo de su olor y me siento en casa.

—Un día viviremos en ese barco pirata. Solos tú, yo, el mar y el cielo.

—Y lo mucho que nos queremos, Zof.

—Y lo mucho que nos queremos —concuerdo.