Dulce Obsesión (Sangre bajo el hielo 3) CAPÍTULO 26
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CAPÍTULO 26

El sueño de toda mi vida es convertirme en tu esclavo.

Dijo que no cabría y he de decir que tenía mis dudas, porque Zoey tiene el coño más estrecho en el que he estado jamás. Sus paredes se ciernen alrededor de mi polla con tal fuerza que es una locura, y ni siquiera puedo moverme durante un tiempo que se me hace del todo eterno.

La escucho lloriquear, solloza y respira como si la vida se le fuera en ello. Lágrimas cristalinas caen sin descanso de sus preciosos ojos azules, que abre durante pocos segundos, comprueba que sigo aquí y los vuelve a cerrar.

Lamo sus lágrimas con la lengua y luego le beso los labios. Intenta decir algo, pero me como sus palabras, esta vez, con un beso profundo y más suave. Está tensa como una estaca y necesito relajarla.

—Eres tan hermosa, tesoro. —Ladeo un poco el cuerpo, me apoyo en uno de mis brazos y, con el otro, busco su clítoris hinchado y hago círculos certeros sobre él—. Tan jodidamente hermosa.

Un gemido débil escapa de sus labios y noto que le gustan mis cumplidos, o el movimiento de mi dedo, o ambas cosas, así que continúo.

—Siempre me ha deslumbrado tu belleza, tesoro, tu brillo. Siento que debería tenerte sobre un jodido pedestal.

Empapo el dedo índice en su propia humedad y lo froto con mayor precisión. Eso hace que su espalda vuelva a arquearse, pero, esta vez, su expresión no es de dolor.

—Desde la primera vez que te vi supe que eras lo más hermoso que vería en mi vida.

El gemido es extenso y gutural, emerge desde lo más profundo y me lo bebo con los labios antes de moverme dentro de ella. Abre los ojos de golpe, encuentra los míos y me mira con pánico, pero no dejo de acariciarle el clítoris a la vez que muevo las caderas y hablo sobre su boca.

—Ahora eres mía, tesoro, sin condiciones. Y una de las cosas que debes hacer es acostumbrarte al dolor.

Se le agranda la mirada, le sujeto la cadera y la penetro hasta el final. Chilla, intenta huir de mí, pero me mantengo en su tope durante demasiados segundos. Se aferra a mi hombro, me araña, me da algunos golpecitos y entonces me muevo con velocidad y fuerza.

Zoey se convierte en un desastre de gritos, sollozos y gemidos, todo mezclado, todo a la vez. Un líquido mucho más espeso y cálido que nuestra excitación gotea alrededor de mi polla y creo que es perfecto.

Me yergo y me pongo de rodillas, atraigo sus caderas hacia las mías y le elevo el culo del suelo para ver desde un mejor plano la forma en la que su sangre me colorea la polla de rojo mientras esta entra y sale de ella.

Joder. Esta jodida imagen es todo lo que necesito en la vida. Nunca dejaré de recordarla.

Su melena rubia hace un sonido maravilloso al deslizarse arriba y abajo por la tela.

Tela de lienzo blanca con la que he recubierto todo el suelo de la habitación para hacer el cuadro más bonito del mundo con su sangre virginal y nuestros fluidos.

Nuestra primera vez juntos, el destino que se cumple, representado lo que ella es: una obra de arte.

Soy un enfermo, pero esta mujer es la única cura que necesito.

Le acaricio el clítoris con dos dedos esta vez, y ella intenta sujetarme el brazo mientras su cuerpo se retuerce con espasmos.

—No te contengas, tesoro. No te resistas a lo mucho que te gustan las cosas que tu pirata trastornado provoca en ti.

Me fulmina con la mirada un par de segundos hasta que se le ponen los ojos en blanco.

Me encanta eso, quiero provocarlo tantas veces como pueda.

Y es a lo que me dedico el resto de la noche, mientras la follo en todas las posiciones que puedo y le provoco cuatro orgasmos más antes de descargar el mío sobre la tela de lienzo, justo encima de la mancha más grande de su sangre.

—Supongo que aquí es donde se acaba tu obsesión conmigo —musita temblorosa mientras se cubre los pechos con un brazo cuando me dejo caer sentado a su lado.

Intenta sentarse, pero hace una mueca de dolor y noto como le tiemblan las piernas.

—Para. —Cojo su jersey del suelo y se lo meto por la cabeza—. Yo lo haré.

—No quiero…

—Mi ayuda —la interrumpo—. No quieres nada de mí, lo sé, pero aún así lo tienes.

Me mira frustrada, como si no pudiera entenderme, y me desarma distinguir en ella el peso de la incertidumbre.

—¿Ves todo lo que soy, Zoey? Todo lo que hago, digo o pienso. Lo tienes, tesoro, porque soy jodidamente tuyo.

«Soy tu pirata, Zof», quiero gritarle, pero no me atrevo.

—Te he traído algo.

Me giro y trasteo en el bolsillo de mi pantalón hasta que soy con un papel doblado, lo miro y dudo unos segundos antes de dárselo a ella. Cuando lo abre y lo mira, se le humedece la mirada y le tiemblan los labios, mientras que a mí se me rompe el corazón.

—¿De dónde la has sacado? —musita, y no puede evitar que se le rompa la voz—. ¿Cómo tienes esto, Lucien?

—Te conocí de niño —confieso, y enseguida quiero morderme la lengua hasta arrancarla de cuajo.

—¡¿Lo dices en serio?! ¿Estuviste en el orfanato? —Se cuela en el hueco entre mis piernas despacio y coloca la imagen del periódico sobre mi pecho—. ¿Lo recuerdas a él? ¿Sabes cómo encontrarlo?

Me señala en la imagen con la esperanza plasmada en la mirada, y la parte que me quedaba por recuperar de mi fe perdida se recompone de golpe.

—Lo conocí, éramos amigos.

No puedo decirle que soy yo. No puedo. No es así como quiero que ella me recuerde y tampoco quiero aprovecharme de su vulnerabilidad e imponerme en sus sentimientos.

No quiero jugar con su mente de la forma en la que lo han hecho todos los que la conocen.

Si sus padres y su terapeuta la han ayudado a olvidarme, yo la voy a ayudar a recordar.

—Se llama Miguel —comenta ella y no soy capaz de disimular la puñalada que me provoca escuchar mencionar ese nombre—. Lo he buscado en redes, pero no lo encuentro por ningún lado.

—¿Cómo conseguiste ese nombre?

—El policía. —Señala a la bola de sebo inútil que nos asistió en el accidente ese día—. Jack es su hijo, me ayuda a…

—No necesitas su ayuda. —Le sujeto la barbilla y la miro con seriedad.

—Lucien…

—Zoey. —Tiro de su brazo y su cuerpo desnudo aterriza sobre mi pecho.

—Quiero encontrar a Miguel, necesito encontrarlo y es algo con lo que no voy a negociar.

Y lo veo. Lo veo todo en su mirada. Lo descubro todo y lo sé con seguridad, mi tesoro nunca me abandonó, nunca me ha olvidado, ni siquiera cuando su mente le juega una mala pasada y le impide recordarme.

—Yo te ayudaré a encontrarlo, te diré todo lo que sé, invertiré todos los fondos necesarios, contrataré a los mejores investigadores e incluso compraré la jodida policía de Miami si es necesario.

—Lucien, no tienes que…

—¿Hacer eso por ti? —Se me escapa una risa seca y carente de cualquier atisbo de humor mientras le acuno el rostro entre las manos—. Eres mi mujer, tesoro. Soy el único hombre que debe hacer cualquier cosa por ti.

Le brillan los ojos con incertidumbre, pero, por alguna razón, suspira, mira el recorte de periódico antiguo y se abstiene de discutir conmigo.

—Si me ayudas a encontrarlo… —Asiente— seré lo que quieras que sea.

—Mía —gruño.

—Tuya —contesta con labios y mirada temblorosa.