CAPÍTULO #2
«Una puerta, solo tengo que encontrar una puerta», me repito mientras corro y deslizo la mano por las paredes a mi paso.
Me llevo algo por delante, un objeto, cae al suelo con un estruendo metálico y maldigo.
¡No!
Lucien aúlla y jalea, no parece demasiada distancia la que nos separa ahora mismo y se me dispara del todo el pulso ya acelerado.
Joder.
Sabía que esto saldría mal, lo sabía, pero, aún así, aquí estoy, corriendo para una bestia que tengo claro que terminará por atraparme.
Me devorará.
No dejará ni los huesos.
—Puedo olerte, princesa. Muero de ganas de volver a enterrar la cara entre tus piernas y probar tu excitación, hacer que ese coño perfecto esté húmedo por mí. Joder, ya me lo imagino, Zoey, voy a darme un puto festín y veré cómo los disfrutas.
No.
Odio esa idea y aún más que las paredes de mi vagina se contraigan en consecuencia.
Creo sentir algo distinto y doy unos cuantos pasos atrás, antes de que confirme que no es un pomo lo que toco, siento un aliento cálido que me habla directo al oído.
—¿Notas lo duro que estoy ya por ti, princesa?
Grito con todas mis fuerzas y corro más rápido, él se ríe por lo bajo, la luz roja de su máscara se enciende y, de repente, baña todo el lugar, lo veo superclaro. Veo la puerta, no está lejos. Si apuro el paso, si me esfuerzo un poco más, puedo tener una mínima oportunidad.
Llego hasta ella, la abro, pero antes de dar un paso dentro, dos manos enormes me empujan por la espalda y acabo dando vueltas en el suelo.
Chillo en consecuencia, intento incorporarme, pero me tira del tobillo, me saca los leggins a la fuerza y acabo con las piernas abiertas y con Lucien encajado en medio de ellas.
Respiro a toda velocidad. La máscara roja cae a un lado de mí, hace que la estancia parezca espeluznante, y Lucien…
Lucien lo empeora aún más cuando gruñe como un trastornado.
Lloriqueo de puro miedo, mi pecho es un desastre de bajadas y subidas exageradas y dolorosas, mis ojos se nublan por la humedad.
—Te atrapé, tesoro.
Me atrapó.
—Ahora no soy el único que sabe que eres mía.
No puedo responder a eso, sus labios se acercan a mi cuello, besan mi línea del pulso y me lame muy despacio.
—Eres tan jodidamente perfecta, Zoey.
Su boca ataca a la mía de forma posesiva y perversa, sus labios succionan los míos como si se tratara de ventosas, me devora como si muriera de hambre por mí, me come entera, como si quisiera absorberme el alma a través de la boca, como si pudiera poseerme solo por besarme de esa manera.
No puedo luchar por seguirle el ritmo, es inútil, y tampoco puedo luchar por detenerlo.
Se apoya en un codo, al lado de mi cara mientras que me recorre el cuerpo completo con una mano enorme de forma lasciva y dominante.
Abro los ojos para implorar clemencia al encontrar su mirada, pero los de él están cerrados del todo.
Su cara es la viva imagen de la satisfacción y la lujuria y asumo que no poseo ni la más mínima oportunidad.
Lucien abre los ojos de golpe y me paralizo mientras me mira, se levanta de encima, lucha contra mi cuerpo y me da la vuelta cargando con todo mi peso.
No puedo respirar, y me digo a mí misma que es el momento de huir, de dar guerra.
Alzo las piernas para gatear lejos de él, pero me sujeta por la cintura, hunde su boca en mi coño y arrastra mi cuerpo consigo mientras se tumba sobre el suelo.
Mi cara queda a la altura de su bragueta abultada, y su rostro inhala con necesidad el aroma de mi coño.
—Lucien —gruño con desespero, pero eso solo provoca que me dé una palmada en el culo. Chillo con fuerza.
—Espera a tener mi polla dentro para poder gemir mi nombre, tesoro.
Yo no… no gemía su nombre.
Maldito enfermo.
—Sácame la polla de los pantalones.
No.
—Yo me daré un festín contigo mientras tú lo haces conmigo, princesa.
—No se nada sobre sexo —digo como acto desesperado, aunque tengo claro que a él le importa una mierda—. No lo haré bien, Lucien, no va a ser agradable para ti, sabes que no tengo ninguna experiencia.
—Que sea tú jodida boca es toda la experiencia que necesito. Y ni hablar de mirarte a los ojos, por eso me he decidido esta postura, tesoro, porque mirar tus preciosos ojos mientras tienes mi polla en la boca es lo único que necesito para correrme en tres segundos como un jodido adolescente.
¡¿Qué?!
—Voy a enseñarte, princesa. Yo te daré toda la experiencia que necesitas. Te daré todo lo que quieras, Zof, todo de mí, porque yo sí que me considero tu jodida pertenencia.
Noto el escozor de los puntos en los que se presiona la braga antes de que la arranque de cuajo, y lo siguiente que siento es la punta dura de su lengua y el modo en que recorre la piel sensible y excitada de mi coño.
—Joder, Zof, estás empapada para mí, princesa.
¿Empapada? Eso es… es del todo imposible, ¿verdad?
No… no me gusta este tío, es un salvaje, un bruto, una bestia y me está forzando.
—Te voy a merendar, joder. Tócame, Zoey, haz lo mismo conmigo, por favor. No debes tener miedo, dulzura, te juro que me va a encantar.
Su súplica. Eso provoca una reacción distinta y mi mente se relaja durante un par de segundos.
Quizá si asumo algo de control sobre él, si le demuestro que colaboro, pueda llegar a engañarlo.
Sisea cuando le acaricio la tienda de campaña en los pantalones con una mano temblorosa e inexperta.
Me suelta las caderas, pero, sin apartar la cara de mi coño, se desabrocha el vaquero por sí solo y lo baja junto a los bóxers con cierto desespero.
Se libera la polla justo a la altura de mi boca antes de volver a sujetarme la cadera y prenderse a mí clítoris con brío.
Chillo sin poder evitarlo, es tan… Joder, es demasiado. Y es cuando él aprovecha la brecha y me introduce su polla en la boca.
Joder.
Creí que podría asumir algo de control, pero qué equivocada estaba. Lucien asume todo el movimiento, no inicia despacio, ni aumenta de forma gradual, sino que me folla la boca con la velocidad de un desquiciado y me provoca una lluvia de arcadas.
A la vez, mueve la cara entre mis pliegues, me devora completa, lame con toda la extensión de la lengua, hace círculos con el dedo gordo en mi agujero trasero y me chupa como si fuera un caramelo. Me enloquece.
Levanto la cabeza, boqueo en busca de aire, pero a la vez se me escapan los gemidos que me provoca al tratarme con semejante brutalidad, con semejante adoración. No sabía que el sexo oral pudiera ser un acto tan desesperado.
Tengo su nombre en la punta de la lengua, pero no es un gemido, a pesar de que se me ponen los ojos en blanco, la cabeza se me arquea hacia atrás y el cuerpo me tiembla sobre sus labios.
Oh, joder. Estoy en un buen lío.
Este hombre no come coños, los devora. O quizá solo es así con el mío. Atrapa mi clítoris en una ventosa y, encima de eso, hace círculos sobre él con la punta de la lengua.
No sé qué pasa, no sé cómo lo hace, pero me electrocuta de tal forma que creo que me voy a desmayar.
Las sensaciones me bombardean de tal forma que me olvido de su polla por completo, apoyo las manos en su pecho y me siento aún más sobre su cara mientras lo escucho gruñir, seguro insatisfecho. A pesar de eso, no se detiene. No para.
—Lucien, yo… Deberías parar —gimo en alto y le araño los pectorales por encima de la camiseta—. No puedo controlarlo, voy a estallar. ¡Lucien!
Y me desarmo.
Como un engranaje tembloroso que permanece en tensión durante demasiado tiempo y, al final, solo explota en millones de pedazos.
Noto como lame, succiona y traga cada gota de mi humedad mientras me alaba, dice que soy una buena chica, que soy preciosa, su tesoro y que está feliz de haberme encontrado.
Luego me tumba mientras recupero el aliento, estoy algo mareada, pero mi espalda siente la dureza del suelo, mi cabello se desparrama por los alrededores y él se pone de pie antes de volver a tumbarse sobre mí, completamente desnudo.
Jadeo al darme cuenta, siento como tira de mi jersey hasta que me lo saca por la cabeza y luego noto como me abre el sujetador.
Lo siguiente que sé es que mi espalda se arquea casi por completo mientras me devora los pechos uno a uno y noto el calor de su polla entre mis pliegues hinchados.
—No es una buena idea —musito casi sin voz.
—Me importa una mierda.
—No va a caber.
Emite una risa seca y, por loco que suene, siento esa vibración en el coño.
—Haremos que quepa.
—No quiero dejar de ser virgen.
—Menuda tontería, ¿como si no entonces podríamos follar?
—Ese es el punto.
—El punto —Lucien eleva la cara de mis pechos y me mira directo a los ojos— es que voy a follarte hasta que me recuerdes, tesoro, y prometo que eso te va a encantar.
Acto seguido, se hunde dentro de mí de una sola estocada que me roba por completo el aire.