CAPÍTULO
¿Y si después es nunca?
Llego tarde.
Las chicas, que se supone no estarían en casa hasta las seis, llegaron a las cuatro y veinte minutos, yo tenía el cabello mojado, los leggins a medio subir y el sujetador a la vista.
Pensaba que podría escabullirme y luego dejarles un mensaje con una vaga explicación, pero, en lugar de eso, me vi sometida a un tercer cargado de ceños fruncidos y miradas suspicaces.
Ellas no pueden creer que quisiera hacer esto sola y, en parte, yo tampoco.
Para mi buena suerte, Jack no podrá asistir a la galería, se ha cruzado con un problema tras otro con los servicios de transporte y, al volver a la habitación de hotel para buscar una alternativa, se ha atascado el seguro de la puerta y se ha quedado encerrado, creo que se ha enfadado un poco, pero no le queda de otra más que esperar a que le envíen un cerrajero y que este haga su trabajo.
Me detengo delante de la puerta del local y casi me choco de bruces con ella.
Doy un paso atrás, frunzo el ceño y registro que, todas las cristaleras que el otro día exponían casi por completo el local, hoy están cubiertas con estores que llegan hasta el suelo y no permiten ver nada a través de ellos.
Es apabullante y algo confuso. La verdad es que no entiendo del todo lo que sucede con este tema ni como me hace sentir en realidad.
Por un lado, tener un local como este para montar la galería de mis sueños siempre ha sido mi objetivo; por otro, sé que una persona con intenciones horribles es la responsable de que pueda cumplirlo.
Él.
Se me hace un nudo en la garganta y noto como se me humedecen los ojos mientras la descarga de adrenalina hace que me cosquillee la sangre.
Lucien.
Ese jugador cruel y desaprensivo es el enmascarado, es la persona que me acosa, que me ultrajó y que, para mi desgracia, me marcó como su objetivo.
Imágenes de lo que me hizo en su casa, de la forma en la que me besó y restregó su polla por mi humedad me asaltan de lleno y consiguen que me sonroje, pero lo disipo esa bruma enseguida.
Ni siquiera me sorprende que un neandertal de su calaña sea capaz de cometer actos tan atroces, pero ojalá alguien me lo hubiera advertido a tiempo, ojalá me hubiera ahorrado ir a ese partido aún a sabiendas de que el hockey no me iba a gustar.
Cierro los ojos un segundo y niego con la cabeza, lo hecho está, y ahora mismo no tengo ninguna fórmula mágica que me ayude a librarme de su locura.
Antes de que pueda llamar a la puerta, el móvil me vibra en la mano. Lo miro de reojo, pero me centro en él al ver que es un mensaje del propietario del local.
Las llaves están bajo el felpudo, lo siento, el
tráfico es una locura. Puedes entrar e ir viendo
el local, te alcanzo enseguida.
Suspiro, escribo una respuesta rápida, me hago con la llave y abro la puerta. ¿Es normal que, mientras lo hago, olvide por completo que todo esto es una utopía? Que este local no es mío, en realidad, y que no debería emocionarme montar una galería en el lugar que compró un trastornado.
No sé si es normal, pero es lo que me pasa.
Me siento como una niña pequeña que se teletransporta a su lugar favorito. Y pierdo el aliento cuando, al encender las luces del local, lo veo repleto de mis cuadros.
Ay, por Dios.
¡Son mis obras! Las que tenía en Boston… y están por todas partes. ¿Cómo? ¿Cómo es posible? ¿Cómo han llegado hasta aquí? Y, ¿cómo puede estar del todo montada esta galería si, hace pocos días, cuando lo vi desde fuera, era solo un local completamente vacío?
Mis pies se mueven por sí solos y mis ojos recorren la estancia.
Mis labios se entreabren y mi corazón late, extasiado.
Ni siquiera puedo procesarlo y, entonces, como si de un choque frontal de un deportivo contra una pared de ladrillos se tratara, veo todos los detalles y los reconozco a la perfección.
Yo diseñé esto, lo pinté, creé los planos, la distribución, los ángulos y la disposición de los cuadros.
Yo ideé esta galería, sus paredes limpias y en un tono arena apagado, los apliques color seda con acabado perlado, las letras negras elegantes al pie de los cuadros, los nombres de las obras.
Todo es correcto, todo es mío, tal y cual lo creé.
—¿Cómo es posible que lo supiera?
Su voz se cuela en mi cabeza y noto como se me eriza la piel en consecuencia.
«Lo sé todo sobre ti, tesoro».
Él estuvo en mi habitación mientras yo dormía, no sé cuánto tiempo pasó ni lo que pudo hurgar mientras ese tiempo transcurría.
—Vio mis libretas. Y luego debe de haber escuchado como le decía a Martina que había visto un local y que podría empezar de cero en Toronto.
—Vas a quedarte.
No es una pregunta, no, ni mucho menos, es una orden directa que provoca que salte en consecuencia y se me encoja el corazón. Me giro despacio, casi sin querer hacerlo y lo veo a lo lejos, al final del pasillo, donde no llega la luz y su cuerpo solo brilla reflejado en el rojo neón de su máscara.
Doy un paso atrás por puro instinto, me llevo la mano al pecho, se me escapa un grito ahogado porque él está aquí y, como siempre que se encuentra cerca, no tengo ninguna posibilidad de escapar.
—¿Te gusta lo que he hecho para ti, tesoro?
—No tenías por qué hacerlo.
—Ah, ¿no?
—No.
—¿Y por qué no, exactamente? —Emite una risa seca que me pone la piel de gallina—. ¿Porque no soy nadie para ti, porque ni siquiera me conoces, porque no puedo poner el puto mundo a tus pies o porque no puedo hacer lo que me place?
—Exactamente por todas las anteriores.
No soy valiente, eso lo tengo más que comprobado, pero hay algo en este hombre y en la forma en la que cree que le pertenezco que me hace querer luchar y demostrarle lo contrario.
Vuelve a reír, pero, esta vez, se mira las manos con cierta diversión.
—Crees que soy una mala persona, ¿verdad, tesoro?
—¿Te importa lo que yo crea?
—Más de lo que te llegas a imaginar.
Esa respuesta no me la esperaba, y mucho menos el tono cargado de melancolía que logro detectar en ella.
—No sé si eres una mala persona, Lucien, pero está claro que te equivocas conmigo, en quién crees que soy. Me has atrapado en esta locura retorcida de tu cabeza y necesito que me dejes marchar.
—Te dejaré marchar.
¿Qué?
—¿Quieres irte, princesa, huir de mí una vez más, alejarte? Vale, lo permitiré, pero tendrás que ganarlo.
—¿Cómo? —murmuro con desconfianza.
—Corre.
—¿A qué te refieres con que corra?
—La galería es grande, está repleta de salas abiertas, pero en el cuarto de creaciones es la única estancia con una puerta que puedes cerrar para mantenerme alejado.
En esa habitación está la salida de emergencia.
Si logras salir del local sin que yo te atrape, me retiraré de tu vida y te dejaré en paz.
Podrás quedarte mi regalo, pero será como si nunca me hubieras conocido.
—¿Y si no lo consigo?
—Si te atrapo, tengo derecho a hacer lo que quiera contigo, tesoro.
Serás mía sin condiciones, ni siquiera las de tu propia mente reservada.
Te comportarás como una buena chica, y esa será tu única oportunidad para salvar a ese imbécil con el que desayunaste, a pesar de que te dije de forma explícita que no lo hicieras.
Me llevo las manos a la boca y suelto el aire que contenía.
Jack.
¿Cómo? ¿Cómo es posible que nos haya visto?
—¿Por qué haces esto, Lucien? ¿Por qué yo? Puedes tener a cualquier otra mujer dispuesta a derretirse sobre tus brazos, ¡¿por qué insistes en tenerme a mí?!
Emite una carcajada seca, carente de humor.
—Si quisiera a alguien que se derrita entre mis brazos, me compraría una barrita de caramelo.
—¿Así que es eso? ¿Solo te atraigo porque no quiero esto?, ¿porque represento oposición? ¿Te darás por vencido si me muestro dócil y dejo de resistirme?
—Me importa una mierda si te tengo que desvirgar mientras pataletas y te resistes —recita con voz taimada y me muestra un dedo, como si contara—.
O mientras estás rígida como un palo y lo permites.
—Un dedo más, acompañado de un paso—. O mientras gimes mi nombre y me empapas la polla con tu humedad y tu sangre.
Me da igual todo, Zoey, porque lo único que importa es que eres tú.
Yo… ¿o mi virginidad?
Eso es… Oh, joder, eso es tan sádico y enfermizo que noto que mis piernas no me sostienen y el espacio se tambalea a mi alrededor. Este hombre es horrible, está loco, es imparable y no piensa darme la más mínima oportunidad de salir indemne.
—¿Quieres correr por una esperanza, o prefieres ceder y asumir que no tienes ninguna posibilidad?
Elevo la mirada y busco la suya. Parecemos dos muros de titanio separados en distancia, pero unidos por una fuerza de atracción indeseable e irresistible.
Por supuesto que voy a correr por una esperanza, no voy a ceder. No soy tan dulce como parezco, y con él ni siquiera me apetece parecerlo.
Me bajo de las sandalias de cuña, una a una, muy despacio y con los ojos fijos en sus movimientos. Él aprieta los puños, emite un grito agudo, como una especie de aullido. y se cruje el cuello a ambos lados.
—Te daré diez segundos de ventaja, tesoro —victorea mientras dejo caer el bolso en el suelo, y luego empieza a contar. Uno, dos… Corro.
Corro sin dirección alguna, pero con toda la velocidad que mis piernas me permiten. A medida que me alejo de él, mi vista se funde en la más absoluta oscuridad y el camino se hace indescifrable. No es justo, ¡no veo nada!
Tiento las paredes a mi paso en busca de interruptores.
Noto uno y tengo que retroceder unos pasos para lograr activarlo.
El local parece despertar, gruñir, parpadear, cobrar vida.
Y entonces escucho sus pasos mientras las luces de emergencia de esa sala oscilan un poco antes de estabilizarse del todo.
—¡Tesoro! No deberías dejarme un rastro, quiero hacer esto mucho más interesante.
Apago la luz y corro más deprisa mientras comprendo que él tiene razón. Puede que haya creído que la iluminación de su máscara es una ventaja porque puede ver mejor, pero la oscuridad es una ventaja para mí, aunque no logre ver nada.