CAPÍTULO 24
Gente confundida que hiere a personas increíbles. Y luego está el arte de ser tanto el que hiere, como el herido.
Ni siquiera puedo respirar, por eso, cuando vi emerger un mensaje de Ximena, en el que me decía que mi petición le había resultado muy sencilla, pero que, aún así le debía una, no pude responderle con mi habitual y característico humor mordaz.
Hace una hora que releo sin cesar este maldito informe mientras que las lágrimas se precipitan fuera de mis ojos por sí solas y soy incapaz de detenerlas.
Zoey.
Mi Zoey.
Mi tesoro no me recuerda y ahora lo entiendo todo.
Soy un maldito hijo de puta enfermo, lo sé, siempre lo he sabido, joder, pero ¿es normal que una parte de mí se sienta tan aliviada mientras la otra se muere de rabia? Sabía que ella no podía abandonarme de esa forma, que lo que tenemos es especial, que ella no es como cualquiera.
No me recuerda.
Ese salto de abandono al vacío no solo le quitó la esperanza de vivir, sino también sus recuerdos conmigo, con sus padres, con todo lo que había conocido hasta ese momento.
«Sus padres consideran inoportuno que recuerde a ese niño.
Debo desviar cualquier recuerdo de él de su memoria, minimizarlo, hacer que piense que nunca lo conoció y que todo lo que cree ver en su cabeza solo es una invención angustiante de su mente.
L. no le hace bien, intentó matarla y debemos protegerla».
¿Que intenté matarla?
Jodidos hijos de puta. Intenté salvarla. No pude evitar que se tirara a aquel mar embravecido y, cuando la vi hacerlo, solo salté para rescatarla o morir a su lado, porque no sabía nadar.
¿Así que esas son las mentiras que te han contado, tesoro? No te permiten recordarnos, pero yo te haré recordar, joder, lo conseguiré, aunque sea lo último que haga.
Miro la hora en la parte derecha de la pantalla y noto el cosquilleo familiar de la adrenalina. Debe estar todo preparado, seguro que lo está.
Abro la aplicación de galería y, justo debajo de las fotos de Zoey acurrucada en la cama dormida esa mañana en la que me colé en su casa, vislumbro las fotos que saqué de su libreta de dibujos, esa en la que plasmó la imagen de su galería soñada, esa que, supongo, no ha visto nadie más que yo.
Ha sido un trabajo a contrarreloj, pero estoy seguro de que valdrá la pena.
Voy a hacer que me recuerdes, tesoro. Aunque sea lo último que haga.