Dulce Obsesión (Sangre bajo el hielo 3) CAPÍTULO
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CAPÍTULO

Cómo no vas a poder, si hay flores que rompen el pavimento.

Briella siempre dice que al mal tiempo hay que darle prisa y, hasta ahora, siempre he pensado que tenía razón.

Aún así, llevo dos horas en la habitación de invitados de Martina, tirada en el suelo, con la carpeta delante de los pies, la cara hundida en las rodillas y un ataque de ansiedad que no parece tener ni la más mínima intención de remitir.

Mi cabeza, joder.

Mi cabeza es un puñetero desastre.

Quiero conocer la identidad de ese niño, lo necesito más que nada, pero, aún así, soy incapaz de hacer que mi mente deje de autosabotearse y obligue a mi cuerpo trabajar como es debido.

—Cálmate, Zoey, por favor…

Imágenes que no entiendo me bombardean la cabeza y me presiono las sienes con las palmas de las manos mientras aprieto los dientes y grito por lo bajo.

—Quiero estar siempre contigo, pirata —musita una voz infantil femenina.

—Eres mi tesoro —responde un niño.

Jadeo en busca de aliento y decido que me importa todo una mierda.

Sí, me da igual.

Desde que tengo memoria, mi cabeza me intenta sabotear, me agobia, desestabiliza y tortura.

Ni siquiera puedo respirar con normalidad y todo por una simple carpeta.

He luchado por esto, he pasado años con la duda de quién es ese niño y durante todo ese tiempo me he sentido errada por tener siquiera esa duda.

He creído que yo era el problema, que mi mente estaba atrofiada y que, por tanto, los demás tenían razón al disuadirme de ese tipo de preguntas, al mirarme con cierta pena, al agendar una hora con mi terapeuta para que este me convenciera de que, esos flashbacks no eran tal cosa, sino, más bien, algo que yo me había inventado.

—Quiero saber quién eres, necesito encontrarte.

Tiemblo, pero, aún así, dejo caer las piernas abiertas alrededor de la carpeta.

Sujeto la apertura con manos trémulas y descubro la primera de las hojas.

Un llanto agonizante emerge por mi garganta, me llevo las manos a la boca e intento contener mis propios gritos y sollozos, pero no soy capaz.

Hay una foto de él, de ese niño que, supuestamente, solo era una invención de mi cabeza.

—Madre mía. —Sollozo y me fijo en el nombre escrito: Miguel Ángel González.

¿Miguel?

Repito ese nombre una y otra vez en mi cabeza, pero no lo reconozco, no me viene nada.

L.

Esa letra se repite sin cesar.

II. DESCRIPCIÓN FÍSICA

​●​           ​ Complexión: Delgada, signos evidentes de desnutrición y percentil de peso muy por debajo de su edad.

​●​           ​ Rasgos particulares: Cicatriz lineal en el antebrazo izquierdo, múltiples quemaduras por el cuerpo, parecen de tabaco.

​●​           ​ Vestimenta habitual: Ropa varias tallas superior, generalmente desgastada y de colores oscuros para facilitar el ocultamiento.

​●​           ​ Observaciones: Gran agilidad motora; capacidad inusual para el acceso a conductos de ventilación y espacios reducidos. Más activo en robos durante las noches de tormenta. Suele dejar una rama en el lugar con la intención de confundir a la policía.

Siete años. Me cuesta y me duele mucho entender que un niño de esa edad pueda tener un historial como este. Mientras más veces lo leo, menos puedo entenderlo. Él necesitaba ayuda, la necesitaba de verdad y la pedía a gritos.

Busco sus ojos en la foto que, para mi desgracia, está impresa a blanco y negro.

Lo veo ahí, con esa mirada perdida, esa expresión hambrienta y ese deje de decepción que solo se puede distinguir en aquellas personas que han perdido el interés por la vida.

Y todo ello en un niño de tan solo siete años.

—¿Qué te pasó, Miguel? ¿Dónde estás?

Cuando paso la página, mis manos ya no tiemblan. Dejo escapar el aire que no sabía que contenía y agradezco por ello en silencio.

Entonces, leo las otras entradas, que no son más que unas cuantas, pero son, sin duda, mucho más impactantes.

«Padres drogadictos e incapaces de asumir la carga».

«Su hermana mayor se suicidó con solo once años. En la autopsia se encontraron grandes cantidades de fentanilo sangre y signos contaminados de abuso sexual».

«Deambulaba por la zona cuando se produjo el accidente de coche. Dice que la madre le pidió que cuidara de su hija».

«Accede por las buenas a ir al centro de acogida».

«Secuestro».

¿Secuestro? ¿Qué quiere decir eso?

Antes de que pueda procesar posibles respuestas a esa pregunta, el tono de mi móvil corta el silencio de la habitación y hace que me sobresalte. Lo sostengo enseguida y, antes de siquiera mirar el nombre en la pantalla, toco el botón de bloqueo para que se detenga el sonido de la música.

Hay algo en este momento que lo hace sagrado, tengo el informe de Miguel delante y, aunque no lo recuerdo, para mí es importante, especial y merece mucho respeto.

No contesto la llamada, dejo que vaya al buzón, pero, un par de segundos más tarde, recibo la notificación de un mensaje de Jack.

Claro, Jack puede ayudarme.

Noto que se me encoge el estómago al leer su pregunta y tengo un mal presentimiento. Sé que es un buen tío, es policía y me cae bien. Una parte de mí quiere confiar en su buena voluntad, pero hay otra, la que recuerda a Martina acorralada en ese despacho por su amigo de toda la vida, que..

No quiero estar a solas con él en su habitación de hotel, además…

« Como te vea con ese tal Jack, o cualquier otro hijo de puta, lo mato y te envío su corazón como recuerdo en un cofre, tesoro. ¿Te ha quedado claro?».

No, esa no es la razón por la que no me apetece estar a solas en una habitación con Jack, pero no puedo evitar que sea una de las que me hace estremecer de miedo.

Lo dicho, no me gusta su tono.

Le paso la dirección sin querer prestar demasiada importancia al regusto de ansiedad que me produce imaginarlo pronunciar la palabra «privacidad».

La verdad es que no sé porque acabo de hacer eso, no quería a nadie conmigo mientras recorriera el local e imaginaba la disposición de cada obra en el lugar, ni siquiera se lo he dicho a Briella o a Martina, pero también quiero más información sobre Miguel y la única forma de obtenerla es a través de Jack.