CAPÍTULO
Digas lo que digas, eres lo que haces.
—Oh, hola, mamá —contesto la videollamada y la saludo con un gesto de la mano y una sonrisa.
—¡Cielo! —chilla emocionada y mi padre, detrás de ella, finge cubrirse los oídos antes de lanzarme un beso, que devuelvo mientras él se sienta en el sofá—. ¿Qué tal amaneciste? Oh, veo que ya estás en pie.
—Si, mamá, yo… —Jack se vuelve a sentar y me sonríe con condescendencia— vine a desayunar con un amigo que se encuentra de paso por la ciudad.
—¿Un amigo? —Mamá frunce mucho el ceño—. Déjame ver quien es, ¿lo conocemos?
—No, mamá. —Pongo los ojos en blanco—. No le conocéis.
—¿Dónde están las chicas? ¿Has salido sin ellas?
Claro, debí haberme inventado una excusa que incluyera a mis amigas para contar a mi madre, joder, no sé en que pensaba.
—Mamá, Briella ha iniciado un programa de formación para sustituir a la abogada del equipo en el que trabaja Martina. Y yo… bueno, yo… he quedado esta tarde con un propietario para mirar un local.
—¿Un local? ¿Qué quieres decir con eso, dulzura?
—Ya te lo había explicado, sabes lo unida que estoy a mis amigas, mamá.
—¡¿Quieres quedarte en Toronto?!
—Es una opción muy posible, mamá. —Suspiro ante su silencio y, en mi intento de evitar su mirada, encuentro la sonrisa tranquilizadora de Jack—. ¿Te parece una mala idea?
—Oh, Zoey, cielo, no. Está bien que intentes labrar tu propio camino, que hagas planes con tus amigas, que luches por tus sueños. Estoy muy orgullosa, cariño.
—Oh, madre mía, mamá, menos mal.
A ambas se nos escapa una carcajada al ver el alivio en la cara de la otra.
—Ten mucho cuidado, envía tu ubicación a las chicas siempre y no te relaciones con extraños.
—Tranquila, mamá. Lo recuerdo.
—¿Qué es esa marca en tu cuello, cariño?
El pánico me sobrecoge y noto como se me cierran un poco los pulmones. Me doy toda la prisa que soy capaz, me coloco mejor la bufanda e intento que no me quede ni un solo centímetro de piel a la vista.
—No es nada, mamá, solo una reacción alérgica al agua de Toronto.
—Tienes que comprar un filtro… y usa las cremas de la piel atópica, ya sabes que tienes una piel muy sensible.
Y menos mal, porque no quiero explicar que son las marcas que un maldito psicópata me dejó con su boca.
—Lo haré, te quiero, mamá. Tengo que dejarte.
—Te quiero, un beso de parte de la abuela.
—Otro de parte de papá. —Escucho decir a mi padre y les envío besos con la mano antes de colgar la llamada.
Dejo el móvil sobre la mesa y miro a Jack.
—Siento mucho…
—No tienes que disculparte por nada, tienes una familia encantadora.
—Sí —coincido, pero no puedo evitar que mi ánimo descienda ni agachar la mirada—, pero me ocultan cosas.
—Quizá lo hacen porque creen que estás mejor sin saberlas, Zoey. ¿Has pensado en esa posibilidad?
Hasta esta etapa de mi vida todos me consideran una chica dulce, incluso yo lo hago, creo que, ser dócil, tener empatía e intentar ser agradable con los demás forma parte de mis cualidades y me sale de manera natural.
Ni siquiera puedo contar las veces que he preferido callar a iniciar un conflicto, pero, desde ese partido, desde ese momento con él en el baño yo…
no quiero ser dulce. No quiero estar callada.
Solo quiero ser escuchada, y si eso significa que los demás sienten que me revelo, entonces que así sea.
—¿Y qué hay de lo que yo pienso? —pregunto y Jack arquea una ceja—. ¿Qué pasa si la incertidumbre y los recuerdos que no tengo no me dejan dormir por las noches? Qué pasa si las visiones me torturan, ¿eh? ¿Si necesito respuestas a preguntas que nadie me quiere contestar?
—Entonces necesitas obtener esas respuesta.
—Asiente y hace lo que llevo más de cuarenta minutos esperando verlo hacer.
Saca una carpeta amarilla y la tiende en mi dirección—.
Espero que este inicio te sirva de ayuda.
Yo no la he abierto, pero si necesitas que hablemos de cualquier cosa relacionada con ello, aquí estoy.
—Debería irme a casa —sentencio. Le quito la carpeta de la mano y me pongo en pie de un salto—. Es decir, podemos quedar más tarde, ¿verdad? En serio necesito ver el contenido de esta carpeta.
—Oh, yo puedo dejarte mi habitación, puedo estar a tu lado mientras…
—Es algo que quiero hacer a solas, Jack.
—Entiendo. —Aunque la fugaz mueca de disgusto en su rostro me hace pensar que no es verdad—. ¿Te veo más tarde?
—Sí, voy a ver la galería a las cinco, pero puedo verte después y caminamos por la ciudad.
—¿Estás segura de que no me dejarás plantado? —pregunta mientras se pone de pie frente a mí y me sujeta el brazo.
—¿Dejarte plantado? Jack, ¿por qué haría eso? —No me gusta la oscuridad que veo en sus ojos, que parecen lejanos y perdidos en recuerdos, pero tampoco me gusta la rapidez con la que eso se disipa y parecen volver a brillar ante mí.
—Estoy de broma. Suerte con la información, preciosa. Ya me muero de ganas por verte otra vez.
Su beso en la mejilla se siente pesado y pastoso, excesivamente lento, apabullante, superfluo y… no me gusta nada, por eso me sacudo de él, me aparto con una sonrisa falsa y me despido con la mano mientras camino hacia la salida.
Tengo un nudo en el estómago y no es solo porque estoy a punto de conocer la identidad del niño con el que llevo soñando casi toda mi vida.