Dulce Obsesión (Sangre bajo el hielo 3) CAPÍTULO 21
48%

CAPÍTULO 21

La memoria también es un tesoro.

Mantengo el equilibrio sobre las cuchillas y siento la vibración del hielo cada vez que un delantero arranca a patinar con fuerza.

Veo como Sterling se pavonea y lo marco como mi próximo objetivo.

Como extremo derecho, el deber del payasete es cruzar la zona neutral todas las veces que sean necesarias en busca de oportunidades de gol.

Puede que esto sea un entrenamiento, pero me veo en la necesidad de recordarle que no debe sentirse demasiado cómodo.

Sé exactamente qué va a hacer y eso es lo que intento demostrarle.

Como intuí, Sterling busca el ángulo para un pase cruzado.

Centro los ojos en sus hombros para distinguir la dirección.

El disco puede mentir sobre ello, pero los hombros siempre delatan la dirección real en la que pretende tirar el jugador.

Noto el roce del guante contra el stick mientras ajusto el agarre, flexiono las rodillas y me concentro en mantenerme estable, en bajar mi centro de gravedad para que, si algún hijo de puta intenta derribarme, choque de lleno contra una pared de piedra.

El gilipollas de Sterling, como no, cree que lo tiene controlado, ni siquiera me ve venir.

Me interpongo en su camino y, en vez de pasar el disco a tiempo, el muy gilipollas se choca de lleno conmigo y se cae de bruces sobre el hielo.

—¡Pero, ¿qué?! ¡Puto gilipollas! ¿A ti qué cojones te pasa?

—El defensa del equipo contrario no será tan condescendiente si te ve patinar con la cabeza en el interior de tu propio culo en lugar de en el juego.

—Que te follen.

Declan asiente en mi dirección y pongo los ojos en blanco.

No es nuestro puto padre y no tiene que agradecerme una mierda.

Que Sterling está distraído desde que recibe esas mierdas de figuras de payasos es algo que todos notamos, algo que todos sabemos y que, como equipo, debemos procurar solucionar.

El entrenador hace sonar el silbato y marca el inicio del ejercicio de precisión, mi favorito.  Un delantero suplente se lanza hacia mi esquina y retrocedo en crossover , mientras lo marco como mi próxima presa. Cazar es jodidamente divertido.

No me adelanto a la acción, mantengo la distancia exacta, el «gap» que hemos ensayado miles veces y, cuando intenta recortar hacia el centro, meto el stick con precisión y barro el disco hacia la seguridad de las tablas.

Era una buena jugada, tenía impulso y grandes oportunidades de gol, pero el muy gilipollas no comprobó su entorno.

Y siempre es lo mismo, por eso me gusta recordarles que lo que hacemos es tan importante que no deben acomodarse ni siquiera un segundo, ni durante los entrenamientos.

Soy el tío que se parte el culo para que estos imbéciles brillen, y que no se molesten ni siquiera en mirar a su alrededor me hace sentir halagado, pero no es una dinámica ganadora a la hora de jugar este deporte.

Puede que no haya gloria en el marcador para mí, pero quiero ganarlo todo.

Quiero que este equipo lo conquiste todo, y quiero lograrlo junto a mis amigos, tal y como prometimos que lo haríamos.

También quiero hacerlo para ella, y para mí, porque me lo prometí.

Me detengo frente a la portería y disfruto levantando una buena nube helada.

El sudor me baja por las sienes y me pica un poco en los ojos.

Golpeo el poste con el stick para avisar a Gideon de que estoy aquí y que cubro su punto ciego.

En este lado de la pista, el juego no se trata de quién marca el gol, sino de quién tiene la disciplina para evitar que el otro bando siquiera lo intente.

Para mi buena suerte, el hijo de puta de Declan tiene cosas que hacer, eso me da el margen que necesito para hacer lo que me propongo y luego huir: pienso torturar a su novia hasta obtener información sobre Zoey.

No la clase de información que pueden ofrecerme mi sinnúmero de informantes inútiles, investigadores privados y detectives carísimos que no me han servido para una puta mierda, sino la que solo podrían darme las personas que la quieren.

Mi plan A fue ir a por Taylor, puesto que ella es el eslabón más fácil de esa cadena de cuatro, pero luego recordé que acaban de conocerse y que, por más en gracia que se hayan caído, no se habrán contado demasiadas confidencias.

No es que crea que Martina va a cantar como un pajarito, de hecho, estoy seguro de que me costará lo mío obtener al menos un poco de información, pero estoy dispuesto a intentarlo.

Ya que la tengo que soportar, al menos que me dé algo a cambio.

Giro la esquina y elevo la mano para llamar a la puerta, pero me paralizo al escuchar la voz de Briella mencionar a Zoey.

¿Briella está aquí? Joder, menuda prisa se ha dado con eso de las practicas.

—La veo tan rara, Martina. ¿Crees que debamos llamar a su terapeuta?

—Si te quedas más tranquila hablando con el señor Christ, hazlo. También me preocupo por ella y estos días la he visto muy extraña, pero… no lo sé, no creo que sea extraña para peor, es decir, lo extraño es verla ser algo más independiente y resolutiva, sí, pero, ¿eso es malo?

—Zoey, independiente y resolutiva son tres palabras que jamás pensé escuchar en la misma frase.

—Lo sé, pero, Briella, ¿y si sus padres no tienen razón? ¿Y si recordar su infancia la ayuda en vez de hacerle más daño?

¿Qué?

—Martina, te recuerdo que una versión de ella de tan solo nueve años decidió borrar esos recuerdos porque estaba muerta de miedo.

—Pero ella… no para de pensar en ese niño, Brie. Ambas lo sabemos. Aunque su cabeza no le diga quién es, ella lucha por saberlo, lucha por encontrarle un sentido a sus visiones.

—Ese niño casi la mata, ¡por eso no lo recuerda! La secuestró del orfanato el día que iban a adoptarla y, cuando se vieron atrapados, se lanzó al mar con ella para que ambos murieran.

Se me oprime el corazón al escuchar ese recuerdo.

La forma en la que Briella lo detalla, la manera en la que creen que pasó.

Nada más alejado de la realidad, intenté detenerla, joder, pero estaba obcecada en que llegaríamos a un barco pirata que ni siquiera existía.

Estaba casi tan empecinada como yo en que prefería morir a vivir sin que estuviéramos juntos.

—Briella, no podemos pensar por Zoey…

—Tampoco podemos contarle lo que sabemos.

No debemos alterarla, Martina. Ella sufre de amnesia disociativa, eligió no recordar esos momentos y tampoco sabemos si contarle su historia de la infancia le devolvería sus recuerdos, o si recordar la ayudaría a tener tranquilidad.

No tenemos claro nada, así que deberíamos llamar a su terapeuta y contarle lo que sucede.

Ella…

Amnesia disociativa.

Joder, mi tesoro no me recuerda, no me recuerda de verdad.

Me doy la vuelta a toda prisa, incapaz de escuchar ni una sola palabra más, y emprendo la huída en dirección al ascensor.

Una vez las puertas de este se cierran, suelto todo el aire que contenía y le doy un puñetazo a los mandos.

No puedo controlar mi ansiedad, siento hormigas en la sangre, me pican por todo el cuerpo, es tan jodidamente incómodo.

El aparato se mueve de forma violenta y se detiene con un chirrido, pero no tengo miedo, mi vida me importa una mierda, siempre ha sido así.

Ella me importa.

En su día era lo único que me importaba hasta que llegaron mis amigos y, joder, lo hice todo por encontrarla. La añoré cada segundo de cada día, pero ella me olvidó, su cerebro me borró de sus recuerdos y eso es aún peor que el hecho de que fingiese no recordarme.

No, ¡joder!

Descargo parte de mi ira sobre el metal que recubre el ascensor y chillo. No puedo soportar saber que todo aquello que vivimos ya no existe en su memoria mientras que a mí me quema en la mía.

El móvil me vibra en el bolsillo y, solo al intentar mirar la pantalla, me doy cuenta de que tengo los ojos aguados.

Cuando los aprieto, dos lágrimas caen al suelo y las desintegro al pisarlas con mi zapatos.

Abro el mensaje y noto como una furia demoledora crece dentro de mí.

En el chat hay una foto de Zoey, desayuna muy sonriente junto a un puto gilipollas cuya cara me resulta familiar, pero eso no es lo peor, él le sujeta la mano como si fueran unos tortolitos y ella se lo permite.

—Le dejé bastante claro que, si otro hijo de puta la tocaba, lo mataría.

Pulso el botón de audio y dejo un mensaje de voz.

De repente me quedo en silencio y me viene a la cabeza la imagen del jodido imbécil que nos asistió el día del accidente de sus padres.

—¿Es posible que tengan algún tipo de conexión?

Recuerdo la imagen que le envíe, la del recorte de periódico, Jack salía en ella y, si yo no recordase nada de mi infancia, pero me gustaría, intentaría encontrar una fuente fiable de la que obtener información.

Una fuente como un policía añoso que tiene un jodido hijo veinteañero que lleva su maldito nombre y se engatusa con cualquier falda.

Hijo de puta.

Salgo de la conversación, busco un número en la agenda y doy a la tecla de llamada.

—¿Qué demonios quieres? —contesta una voz femenina a mitad del segundo tono.

—¿Sigues en Boston?

—No.

—Entonces es un sí.

—No quiero una puta visita, Lucien.

—Ni yo que te hagas la especial, Ximena. Tengo un trabajo para ti, lo quiero… a poder ser ya. Y es jodidamente importante.

—La última vez que lo miré no me consideraba tu puta esclava.

—La última vez que lo miré, dejaste morir a mi hermana y me juraste lealtad eterna.

—Que te jodan, solo era una cría.

—Mía también y me lo debes. Te saqué de esa mierda de vida, prima. Y vas a recompensarme.

Le doy los datos de un psiquiatra llamado Doctor Christ que debe tener una consulta cerca de la zona universitaria, y le indico que su nueva misión en la vida es encontrar el expediente de la paciente llamada Zoey Graham y enviármelo a mí.

—Espera, ¿has dicho Zoey? ¿Como esa Zoey? ¿La has encontrado?

—Haz lo que te digo —sentencio y corto la llamada.

Ahora mismo tengo cosas más importantes de las que preocuparme, como salir de este puto ascensor a tiempo y llegar a la Galeria.