CAPÍTULO
¿Alguna vez has sentido miedo de tus propias emociones?
—Lucien —musito asustada una vez logro ahuyentar todos los flashbacks de imágenes inconexas que han asaltado mi cerebro al verlo.
—Zoey —sentencia, y da un paso adelante que yo correspondo con uno hacia atrás de forma instintiva—. ¿Con quién hablabas?
Casi pierdo el aliento ante su pregunta y una duda que me acompaña desde ese primer día en el que el enmascarado me asaltó en el baño, regresa a mi cabeza y me golpea con mucha fuerza.
Recorro a Lucien con la mirada, de arriba a abajo, desde su gorra deportiva colocada al revés sobre su cabello negro y liso, hasta sus zapatillas rojas deportivas.
Es grande, alto y corpulento. Casi podría jurar que, desde este ángulo, él y mi pesadilla personal comparten la misma complexión física.
Estoy casi segura de que es él, lo he pensado desde el primer momento y… quizá si…
—Hablaba con mi novio.
Ni siquiera yo me creo las palabras que acabo de pronunciar. ¿Mi novio? Pero ¿en qué cojones pienso?
A Lucien no parece gustarle mi respuesta, su semblante cambia del todo, sus ojos se oscurecen y sus labios se crispan en una mueca que me enseña parte de sus dientes.
Aprieta mucho más los puños, si es que eso es posible, y me indica que está molesto a través de su lenguaje corporal.
Todo eso debería ser una alarma que me indique detenerme ahora mismo, pero no la escucho y… sigo.
—Llega mañana a la ciudad, es policía en el estado de Miami y voy a ir a recogerlo.
Lucien me mira con rabia asesina. Se me acelera el pulso, se me seca la boca y creo que tiemblo, pero necesito comprobar una teoría. Si descubro la identidad del enmascarado, yo quizá… quizá pueda detenerlo antes de que me haga más daño.
—No sabía que tenías novio —gruñe.
—¿Cómo ibas a saberlo si nunca hemos hablado?
Su mirada se centra en la mía y la veo clara como el agua. Para mí no hay duda ninguna, es el mismo color whiskey, la misma forma, el mismo tono de la piel y las pestañas que distinguí a través de las rendijas de esa máscara.
Lucien da un par de pasos amenazantes hacia mí y me paralizo al mirar como se cruje el cuello a ambos lados.
—No hemos hablado nunca —bisbisea y elevo la barbilla para buscar su mirada. Parece tan dolido—. No me conoces —recita—. No soy nadie.
—Lucien, ¿estás bien?
—¡Cómo si eso te importara! —grita y estampa el puño a mi lado en la pared que tengo detrás. Lo hace con tal fuerza que provoca un agujero y mi cuerpo tiembla como una pluma ligera.
—Lo sabía —musito conmocionada y él ladea el rostro sin perder detalle de mí con esa mirada maníaca.
—¿Qué sabías?
—Sabía que eres un jodido loco, un salvaje, ¡un enfermo! Estoy segura de que eres ese enmascarado que no para de atormentarme y pienso denunciarte como no me…
No hay palabras para describir la manera en la que su boca engulle la mía. Su mano hosca me inmoviliza el cuello y permanezco estoica por unos segundos, rígida y con la mirada agrandada, mientras Lucien viola mis labios y se da un pequeño festín con ellos. Soy incapaz de detenerlo.
El corazón me late muy deprisa y los ojos se me humedecen, siento la necesidad de gritar con todas mis fuerzas, pero, en lugar de eso, lucho para no ser devorada del todo.
Lucien me rodea el culo con la mano y aprieta tan fuerte que me hace chillar, pero mis chillidos mueren tragados por su boca, y lo único que saboreo es el sabor residual del alcohol que ha consumido.
Elevo las manos hasta su pecho e intento interponerlas entre nosotros, pero las aplasta con su pecho y continúa pegado a mí.
Su calor me abrasa. Su olor me marea y, la forma en la que me toca y me besa, con semejante posesividad y fiereza, hace que se me caliente la piel y la sangre me circule más deprisa.
Sollozo, pero en lugar de relajar su rudeza, Lucien me sujeta por el cabello de la nuca y domina mi postura con más agresividad.
—Eres una hija de puta —ruge en mi boca y mi mente se queda en blanco sin entender muy bien qué sentir—. Me has arruinado la puta vida.
Lucien me obliga a girar, estampa mi frente contra la pared y encaja su prominente erección en el hueco entre mis nalgas mientras me suscita en el oído.
—¿Quieres denunciarme, tesoro?
Se me dispara el pulso. Joder, no puedo respirar, como lo sabía, sabía que este jugador perturbado y ese enmascarado no podían ser personas diferentes.
—Voy a darte motivos para que lo hagas.
Mete la mano en el interior de mis muslos y me arranca la braga.
Grito y me revuelvo, pero antes de que pueda procesar nada más, me encuentro luchando contra él mientras me introduce las bragas en la boca con demasiada fuerza y hostilidad.
Casi me hace tragarlas y no para de empujar contra mi garganta hasta que mi cuerpo responde con una arcada.
Soy un desastre de temblores y sollozos, el corazón me late a toda velocidad y me siento un poco impotente mientras mi mente recrea el peor de los escenarios.
Lucien va a violarme, aquí y ahora.
Esa mano áspera, enorme y ya reconocible para mí me envuelve el coño y aprieta durante unos segundos antes de golpearme la zona con fuerza. Me arqueo, pero cometo un error, porque mi trasero se pega mucho más al bloque de hormigón que me golpea como un mazo desde el interior de su vaquero.
Se me caen las primeras lágrimas. Él se da cuenta, tira de mi cabello hacia atrás hasta que arqueo el cuello y las lame de mi mejilla.
Su aliento me envuelve y su calor me hace sentir que estoy en mitad del mismísimo infierno.
Antes de permitirme volver a la posición original, me mira.
Intento suplicarle clemencia, piedad, pero hace una mueca como la de antes y me escupe en la cara.
Joder.
Sabía que esto podía salir mal, sí, pero nunca imaginé que tanto.
—No te muevas —ordena y me apoya ambas manos sobre la pared.
Tiemblo. Estoy tan asustada que ni siquiera sé qué hacer, cómo proceder. ¿Debería gritar e intentar escapar? ¿Correr escaleras abajo y lanzar en el rostro de mis amigas y de todos los demás la vergüenza que represento?
No, esto no es culpa mía, no lo es, pero… Joder, mi mente va demasiado deprisa.
Su cuerpo se pega del todo al mío mientras lo hace, su olor desestabiliza mis sentidos, su calidez me abruma, me apabulla y, por un segundo, solo por un segundo…
se siente bastante agradable. Entonces mi mente se pierde en momentos que desconozco, siento un olor diferente, pero la misma calidez, la misma sensación agradable, y veo varias secuencias de abrazos entre mi versión infantil y ese niño que no soy capaz de recordar, pero del que pronto tendré noticias.
Cuando mi cerebro disipa esa bruma, la realidad me estremece. Lucien se ha sacado la polla de los pantalones en algún momento y ahora la restriega sobre mi vagina desnuda.
Dejo caer las manos y le empujo la cintura, intento removerme, grito y niego con la cabeza, pero él me sujeta de la nuca, encaja su polla en mi raja y mueve las caderas como si me penetrara.
No, joder, no quiero sentir esto, pero la sensación me golpea como un puño y se burla de mí porque soy incapaz de dominarla.
Es una mierda, porque si pudiera, me negaría a experimentar esto, pero su polla es tan gruesa que abarca por completo cada centímetro de mi sexo, presiona cada punto sensible y, maldita sea, creo que estoy empapada porque resbala con demasiada facilidad.
Pero siento pánico, un movimiento en falso y… esto puede salir muy mal.
Me doy por vencida unos segundos mientras lo escucho respirar de forma acompasada.
Se me ponen los ojos en blanco y se me cae la cabeza hasta que reposa sobre su hombro, él continúa frotándose conmigo y me sorprende que la sensación sea tan intensa.
Crece dentro de mí, se expande, se hace más salvaje, acalorada, escandalosa.
—Mi pequeño y sucio tesoro.
Esto es tan repugnante. O, al menos, debería…
Lucien me amasa los pechos, gime cerca de mi rostro y se me ponen los ojos en blanco mientras me muevo por mí misma y lo acompaño en el ritmo.
—No me conoces de nada, pero estás tan desesperada por mi polla que restriegas tu coño empapado sobre ella como una zorrita profesional.
Mi cuerpo se estremece, Lucien me lame la cara con la lengua, se me escapan muchos gemidos y, en un estado de desinhibición total que no reconozco como propio de mí, busco sus labios con los míos para que me bese. Solo cuando no lo hace, recuerdo que aún tengo las bragas dentro de la boca.
—Mírate, joder, estás a punto de romperte y ni siquiera he tenido que metértela.
Tiene razón, es vergonzoso, pero estoy a punto de correrme, y todo se hace más fuerte cuando me impulsa la cabeza a un lado, se agacha y me lame, besa y muerde toda la zona del hombro, cuello y lóbulo de la oreja.
Gimo, lo sé. Me estremezco, lo sé. Me restriego contra su polla, lo sé. Lo hago todo mal, lo tengo claro, pero a mi cuerpo todo eso le importa una mierda, porque el placer se acumula de tal manera que, sin remedio alguno, explota y lo arrasa todo a su alrededor.
Una vez más… es una locura.
Siento que mi cuerpo emite un líquido caliente y el sonido del movimiento de la polla de Lucien entre mis labios vaginales se torna del todo obsceno e indecoroso.
Tiemblo sin poder evitarlo, porque la sensación no se detiene, él no se detiene y hace que se alargue en el tiempo.
No puedo más. Entonces se aparta, me da la vuelta de forma brusca, me empuja los hombros hasta que caigo de rodillas y me obliga a abrir la boca, tira de la braga hasta hacerse con ella y, casi de inmediato, me baña los labios y la lengua con el calor de su corrida, la tengo en todos lados y no puedo hacer otra cosa más que buscar cada gota con mi lengua y tragarla como una buena chica.
—Como te vea con ese tal Jack, o cualquier otro hijo de puta, lo mato y te envío su corazón como recuerdo en un cofre, tesoro. —Se acuclilla a mi altura y me besa en la boca para probar su propio sabor antes de acariciarme la barbilla—. ¿Te ha quedado claro?
Asiento. No me parece nada inteligente hacer cualquier otra cosa ahora mismo y necesito salir de aquí. Necesito alejarme de este psicópata y no volver a cometer nunca más el error de quedarme a solas con él o provocarlo.
Ahora que conozco su rostro, tengo una nueva ventaja.