CAPÍTULO 19
Apuesto todas mis heridas a que ya no puedes romperme más.
Tanto esfuerzo por deshacerme de la psicóloga para esta mierda de resultado. ¿Cómo no? Declan ha decidido que, una buena forma de restregarme mi fracaso por la cara, es invitarla a cenar a nuestra casa junto a las idiotas de sus amigas.
Ya todo me importa una mierda.
Zoey estará entre ellas, me verá sin la máscara y me mirará como si no me conociera.
Es casi imposible controlar la rabia que me provoca ese pensamiento y, cuando entran en casa con boles inútiles de comida de mierda, la miro con ira sin siquiera poderlo evitar.
Se encoge sobre sí misma, pero me mira igual que lo hizo cuando estaba en el hielo, sin reconocimiento, sin brillo en la mirada, con los ojos llenos de… nada.
No soporto ser nada para ella, joder.
Es una mentirosa. Me hace muchísimo daño con su estúpida indiferencia y no lo puedo soportar.
Si supiera lo mucho que la necesito. Lo mucho que la he añorado, lo muchísimo que la echo de menos, ella…
joder, ella lo prometió. Prometió ser mía, pero no solo escapó de mí hace trece años, si no que ahora, para castigarme un poco más por lo mucho que la amo, me da donde más me duele, en mi punto más herido y me trata con total indiferencia.
Justo como hacían mis padres, justo como hicieron con mi hermana hasta que no lo soportó.
He bebido demasiado, pero lo necesitaba, joder. Necesito estar ebrio para tolerar esta pesadilla.
La cena fue una jodida mierda de principio a fin.
El payaso de Sterling, como no, hizo gala de su fama de playboy y no paró de ligar todo el tiempo con la única mujer sobre la tierra a la que tiene prohibido mirar.
Para empeorar las cosas, Zoey aceptó cada una de sus bromas y cumplidos con una sonrisa tímida y las mejillas sonrosadas, no solo le siguió el rollo, sino que se sonrojó por él, mientras que a mí ni me miraba.
Di un golpe en la mesa en un momento dado, intervine todo lo que pude sin delatar mis ganas de asesinar a uno de mis mejores amigos, pero eso solo consiguió que me sintiera aún más patético.
—Oh, disculpadme, tengo que contestar esta llamada.
—Zoey abandona el salón con pasos apresurados y cabizbaja.
Briella, su perro guardián, la observa de cerca mientras que Taylor sonríe de oreja a oreja y toquetea los músculos que Kirian le muestra de buena gana.
Gideon parece demasiado molesto observándolos, pero Sterling…
Sterling no pierde detalle de como sigo el cuerpo menudo de Zoey con una mirada inquisitiva, y sé que tiene algo que decir al respecto cuando se acerca despacio y choca su cerveza con la mía.
—Es guapa, ¿no? —Gruño en respuesta y noto como la cabeza me da vueltas durante unos segundos.
Nunca suelo emborracharme, no es mi fuerte hacer las cosas en exceso o hasta que me hacen perder el control.
Me gusta ser el dueño de todos mis pensamientos, de todos mis movimientos, de cada paso que doy.
Además, el alcohol en exceso mezclado con la medicación, me convierte en una bomba de relojería.
—Es curioso, siempre tuve curiosidad de saber cuál era en realidad tu tipo de chica.
Quiero rebatirlo, decirle que se equivoca, que malinterpreta todo y ve cosas donde no las hay, pero no tengo las fuerzas ni las ganas suficientes.
Quizá entre todos los chicos, Sterling es el único que pueda entender este sentimiento, esta emoción, esta necesidad de tener algo, a alguien, que sabes que es un imposible.
—Distraeré a la morena. Pero me debes una.
Debo parecer un puto adolescente patético y esperanzado mientras lo miro con los ojos cargados de agradecimiento.
Dejo la botella de cerveza sobre la mesa y sigo a Zoey a través del pasillo por el que ha desaparecido.
No tardo demasiado en dar con ella, aunque se ha alejado bastante en busca de un poco de silencio y privacidad.
Ha subido las escaleras hasta la segunda planta, mi planta, y se me hincha el pecho al pensar que mi olor la puede haber atraído.
—En serio, Jack, muchísimas gracias. No me puedo creer todavía que de verdad hagas esto por mí.
—¿Jack? ¿Quién cojones es Jack y qué se supone que hace por mi chica?
—. Sí, estaré ahí, ¿quieres que lleve un cartel o podrás reconocerme?
—No sé qué responde ese cadáver andante, pero ella sonríe y se sonroja.
Me hierve la puta sangre.
—¡Para! Eres tan majo.
¿Así que es muy majo?
La cabeza me da vueltas mientras veo cómo se coloca el cabello detrás de la oreja y se muerde el labio inferior, nerviosa. Y una mierda, dejarla en paz estos días ha sido una jodida estupidez. Desaparecer y ceder el control le ha hecho creer que me di por vencido, joder, que se ha librado.
—Estoy impaciente. Hasta mañana.
Doy un paso adelante y salgo de la escalera a la vez que ella se gira. Se sorprende al verme, se tensa, sujeta su móvil con más fuerza y, entonces, frunce el ceño y luego cierra los ojos unos segundos mientras hace una mueca.
¿Tanto le disgusta verme? ¿Tanto asco le doy?
¿Qué demonios hice, joder? ¿Qué demonios hizo mi versión de once años como para merecer este trato incluso hoy en día?