Dulce Obsesión (Sangre bajo el hielo 3) CAPÍTULO
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CAPÍTULO

Somos el tiempo que nos queda.

Martina me mira con ojos perdidos y lloriqueo al verla de esa manera.

No, ni siquiera tengo una palabra para explicar la forma en la que me siento.

Ninguna, porque nada en este mundo puede definir mi frustración y mi desdicha.

¿Cómo no lo he notado antes? ¡¿Cómo?! ¿Cómo no me he dado cuenta de que una de mis dos mejores amigas del mundo, una de las chicas que es como mi hermana, se perdía por momentos de la realidad y se quedaba atrapada dentro de su propia cabeza?

Su mente la encarcela, no la deja salir y yo… yo no lo he notado.

Creí que Martina era muy suya, que le interesaba poco lo que dijeran los demás e, incluso que, bueno, que era algo maleducada a veces, creí que no tenía esa necesidad constante de demostrar a los demás que gozaban de su atención.

Para mí, la forma en la que se disocia, era una característica de su personalidad, pero ahora que alguien le puso otras palabras y lo definió como un problema, la realidad me golpea con tal fuerza que apenas puedo respirar.

Ellas se han desvivido por mí, por mi seguridad, mi bienestar emocional y mi alegría, han luchado a mi lado para que mi falta de recuerdos y mi ansiedad no sean sinónimos de estar sola, ellas…

mis amigas lo son todo, lo mínimo que merecen de mi parte es que esté atenta a si me necesitan.

Me hubiera dado cuenta, como lo hice con Brie al entender que represento un estorbo en sus relaciones.

Martina sufre un trastorno disociativo.

No puedo respirar.

¿Qué parte de mi vida es cierta? ¿Cómo puedo considerarme un ser funcional si no me doy cuenta de nada de lo que sucede a mi alrededor?

Briella me agarra de la mano y tira de mí para que salgamos fuera, miro a Declan de reojo y un recelo angustioso arde en mi interior.

Sé que no se ha separado de ella, incluso sé que la quiere, porque lo veo en su mirada, pero estoy segura de que, si esto que le sucede a Martina ha escalado hasta este punto, es sobre todo culpa suya.

No me gusta tener que dejarla sola con él, no me gusta él, y no quiero compartir a ninguna de mis amigas con alguien que no las idolatre.

—No creo que sea una buena idea —digo a Briella cuando esta cierra la puerta—. No me gusta ese chico, le hará daño.

Briella me abraza y me estrecha con fuerza.

No soy capaz de soportarlo, una parte de mí, esa que es vulnerable, que tiene miedo y que oculta cosas a las personas que más quiere, se quiebra y se derrumba.

Lloro sobre los hombros de mi amiga. Lloro por Martina, por sus ojos casi muertos, por su cuerpo inmóvil y su cerebro traicionero.

Lloro por mi propia maldición, por los recuerdos que no tengo, los padres que me han mentido, la información que me falta sobre mi vida y el jodido enmascarado que no para de molestarme, ultrajarme y hacerme sentir cosas que quiero sentir, que no son correctas.

—Deberíamos volver a entrar —sollozo—. No debería estar un solo segundo sin nosotras.

—Zoey, tranquila —me consuela mientras me acaricia el cabello—. Ese chico tampoco es santo de mi devoción, pero ya hemos estado ahí dentro horas y nada ha cambiado. Por más que me duela reconocerlo, Zof, creo que él es el único que puede traerla de vuelta.

—¿Cuándo ha pasado todo esto, Brie? ¿Dónde estábamos nosotras? ¿Cómo no nos hemos dado cuenta?

—Supongo que era algo demasiado evidente y, a la vez, no.

—Suspira y siento la necesidad de ser yo la que la estreche con fuerza y le brinde mi consuelo—.

Los trastornos psicológicos son traicioneros, Zof, no vienen con un manual de instrucciones, ni con una secuencia, ni con nada que te ayude a descifrarlos.

A veces, como no tienen una apariencia física, se hacen invisibles a los ojos de los demás.

—Nunca ha sido invisible a nuestros ojos, solo creí que… creí que era su forma de evadirse, que era saludable. Incluso la envidié por ser capaz de desconectar y… Joder, Briella me siento como una amiga de mierda.

—No eres una amiga de mierda, Zof, no lo somos, joder. Estaremos aquí para ella, con ella, como siempre lo hemos hecho. No vamos a abandonarla en su momento más vulnerable ni a dejarla sola.

No. No lo haremos, no voy a alejarme de Martina ni aunque…

El móvil me vibra en el bolsillo y corta el hilo de mis pensamientos. Cuando miro la pantalla, me sorprende ver reflejado el número que guardé anoche sobre ese local tan bonito en alquiler, pero al que ni siquiera he llamado.

—Disculpa un momento —me excuso con Brie y ella asiente antes de emprender camino rumbo a la cocina—. ¿Diga? —procuro hablar bajo, y supongo que es solo una consecuencia de la incertidumbre con la que contesto.

—¿Zoey Graham?

—Sí, soy yo.

—El local es tuyo. —Noto como se desbocan los latidos de mi corazón y me pongo la mano en el pecho.

—¿Qué quiere decir con que es mío? Ni siquiera llamé…

—Tu pirata lo ha comprado para ti. —Pierdo el aliento—. Me ha dicho que dijera eso al llamarte y que lo entenderías.

Lo entiendo. Aunque, a la vez, no entiendo nada. ¿Me ha comprado el local?

—¿No te importa si quedamos después de las fiestas para firmar el papeleo? Es decir, el dijo que teníais mucha prisa, pero… Venga, mujer, que es navidad.

—Escuche, no acepte el dinero de ese hombre. No sé lo que le ha dicho o hecho, pero no quiero ese local ni nada que venga de sus manos.

—Oh, no. A mí no me metáis en vuestras peleas de matrimonio joven.

Él ha insistido mucho, me ha pagado el doble de lo que vale el local y ha dicho que era tuyo.

Te veo el veintiséis a las cinco de la tarde allí para firmar el papeleo, y cualquier inconveniente entre vosotros, arregladlo por vuestra cuenta.

—Usted no lo entiende…

Escucho el sonido que me indica que ese hombre ha cortado la llamada y me ha dejado hablando sola, y los ojos se me llenan de lágrimas.

¿Qué significa esto?

Me empiezo a desesperar. Necesito saber quién es ese hombre, no puedo soportarlo.