CAPÍTULO 16
A veces, la única persona capaz de calmar al monstruo, también es la única capaz de despertarlo.
Las peores dos semanas de mi vida.
Adoro el hockey, pero odio a los hijos de puta que no se toman su trabajo en serio y hacen mi vida un poco más difícil.
El entrenador nos ha hecho trabajar duro y viajar bastante, se acercan partidos importantes y, con la excusa de las fiestas que se aproximan, algunos imbéciles se relajan en vez de intensificar su rendimiento y dar al público aquello por lo que ha pagado: un gran jodido espectáculo.
Bajo del avión a toda prisa y se me escapa un gruñido al pisar suelo canadiense.
Tener una racha de partidos fuera, justo cuando Zoey decide revelarse y bloquear mi contacto, no es precisamente algo a lo que pueda llamar divertido.
De hecho, me desquicia, y por eso se lo he hecho pagar a los contrincantes con un juego del todo indeseable y agresivo.
—¿Te encuentras bien?
Miro de reojo al despojo humano que se hace llamar «mi capitán» y casi me avergüenzo de lo que veo.
Solía confiar en Declan, es más, no solo confiaba en él, joder, sino que lo defendía.
Le debo una de por vida debido a lo que le hice y, aunque sé que por momentos le provoco dolores de cabeza con mi comportamiento, nunca he hecho nada más que lo pueda dañar.
Hasta ahora.
Tiene un puto problema que no logra dominar y se llama Martina Thompson.
Su presencia en nuestro equipo es cada vez más peligrosa, pero, por alguna razón, a nuestro capitán no parece importarle, todo lo contrario, le agrada casi tanto como lo desquicia esa curiosa obsesión que ha desarrollado por ella, y reconozco cada rasgo de su adicción, porque yo también la padezco.
Puede que no me haya vuelto loco, ni haya cogido un avión para plantarme delante de Zoey en cuanto me bloqueo, pero la he tenido vigilada.
Mi agente especial me informa de cada movimiento y, gracias a ello, he podido confirmar una teoría: Declan podrá decir misa, pero, ahora mismo, lucha con todo lo que tiene en contra de sus emociones por el bien de nuestro pacto.
Noto como permanece agazapado mientras la mira en silencio, como cambia su respiración ante su presencia y como observa de reojo para confirmar si ella lo mira.
La vigila, la protege y la cuida. Está total y completamente obsesionado con esa mujer.
Una parte de mí se alegraría, si eso no le estuviera haciendo daño.
Enamorarse no es una opción para ninguno de nosotros, no con el secreto que guardamos.
Porque la persona que esté a nuestro lado debe ser alguien digno de nuestra total confianza, alguien que no vaya a delatarnos, que una su sangre a los Bloodhawks, como nosotros unimos la nuestra.
Martina no tiene pinta de ser esa persona y, así como hace años intervine para que esa pelirroja estúpida no nos separara, intervengo ahora para evitar ese mismo final.
Sé que Declan lamentaría ponerla por encima de nosotros y que todo termine mal, así que, por ello, estoy dispuesto a hacer el trabajo sucio en su lugar.
Mis amigos lo son todo para mí, y que vaya a recuperar a Zoey no implica que deba tolerar a Martina. Nuestra unidad es importante, nuestro pacto lo es, y alguien como ella lo desequilibra.
—Estoy de puta madre. Es una lástima que tú no puedas decir lo mismo, capitán.
Las observo de lejos mientras caminan emocionadas por el mercado de navidad.
Zoey está preciosa y me superan las ganas de acercarme a ella por detrás, abrazarla y mantenerla conmigo para siempre, pero sé que gritará, llorará, me mirará como si no me conociera y arruinará todo al momento.
Odio que mantenga esa actitud conmigo, pero odio mucho más la forma en la que reacciono contra ella.
No puedo dominar del todo mis emociones, a pesar de que tomo religiosamente la jodida medicación, pero necesito hacerlo porque ella es mi tesoro. Nos debemos una conversación tranquila.
Daría todo lo que no tengo por conseguir que ella volviera a mirarme como antes.
Camino deprisa entre la gente para no perderles el rastro y me aparto a las sombras de los túneles de la galería comercial.
Toda la vida, en estos días de navidad, está fuera, en los puestos ambulantes, no en los escaparates de las tiendas que cierran sus puertas a las ocho.
La gente quiere comprar un pañuelo para su abuela mientras come un gofre, o pillar un libro especial mientras toma un chocolate caliente, se acomoda la bufanda y pasea de la mano de alguien a quien quiere.
Ojalá pudiera tener una vida tan simple. Ojalá Zoey pudiera tomarme de la mano, incluirme, planear una vida a mi lado, darme la importancia que doy a todos a los que amo.
Pero, a veces, amar es igual o incluso más doloroso que experimentar un sufrimiento.
¿Quién podría amar a alguien como yo? Alguien que destruye todo lo que toca y que no tiene ni idea de cómo hacer las cosas de manera diferente.
Elevo el móvil que he comprado esta mañana en la mano, hago zoom hasta la sonrisa tímida de Zoey y envío la fotografía que tomo directamente en su chat.
Se me acelera el pulso, me mojo los labios y me muevo un poco para calmar la ansiedad.
Zoey mira el móvil enseguida, pero lo que me golpea es decepción al ver la forma en la que se le ensombrece la mirada.
Me pongo la máscara sobre el rostro al observar que me busca y, cuando mira en mi dirección, la enciendo y me adentro sobre los muros oscuros de la galería antes de volver a escribir.
Veo como se tensa, se aterroriza y, a la vez, se sorprende, como si de verdad hubiera tenido la esperanza de creer que yo desaparecería. Eso me irrita, pero lo hace mucho más la respuesta que recibo.
No voy a mentirme a mí mismo y negar que esa reticencia, ese desafío y esa patética esperanza que parece mostrar ante mí no me la pone como una piedra.
Casi destruyo el móvil al apretarlo entre mi mano mientras leo esa respuesta. ¿Va a seguir con lo mismo? Insiste en comportarse como una zorra de mierda y fingir que no me conoce de nada.
Noto, a pesar de la distancia, la forma en la que se sonroja, y se me engrosa aún más la polla al ver como esa animadversión se transforma en fortaleza mientras se excusa de sus amigas y las pierde para venir a mí.
—No tienes derecho a darme órdenes.
Escucho como retumba el tono dulce de su voz entre las paredes de piedra y tengo que contenerme con todo lo que soy para no darme la vuelta, emboscarla contra la pared y follármela aquí mismo.
Quiere parecer ruda, contundente, pero eso es del todo imposible, porque es preciosa, menuda, delicada y jodidamente adorable.
Lo que siento por este tesoro es tan apabullante que, a veces, me atemoriza incluso a mí mismo.
Camino sin dirigirle la palabra para adentrarnos más en la oscuridad y compruebo con el sonido de su respiración que ella me sigue.
—Para —ordena y le hago caso, pero no me giro, dejo que sea ella quien asuma el control y se acerque más a mí—. ¿Por qué no me dejas en paz? ¿Qué quieres de mí? ¿Cómo conseguiste esa foto?
Gruño.
No puedo con sus mentiras. Esto me supera y quiero destrozarla, pero, a la vez, intento mantener la calma y recitar de nuevo las palabras que me queman por dentro.
—Zoey, soy tu pirata.
—¡No sé qué significa eso! ¿Me conociste cuando era niña?
—Se me aprietan los puños de pura impotencia y creo que ella lo nota—.
¿Sabes qué? Da igual, no sé cómo te colaste en casa de Martina, pero cambiamos la cerradura, ¿sabes?
Bloquearé cualquier número del que me hables y pronto cogeré a mis amigas y haré que nos larguemos muy lejos de este lugar.
Me doy la vuelta con la velocidad de un resorte y, aunque ella intenta huir, soy mucho más rápido.
Esta vez no opto por arrinconar su cuerpo contra la pared, si no que la encarcelo con mis brazos y es ella misma la que da pasos hacia atrás hasta que eso sucede.
—No te irás a ningún lado.
—Quiero verte sin la máscara.
Eso me pilla desprevenido, podría considerarlo un avance, pero sé que no lo es y, por esa misma razón, me cabrea. Ya me ha visto sin la máscara y sigue fingiendo que no me reconoce, mientras que yo a ella, joder…
—Yo sería capaz de distinguirte a ti en medio de un millón de personas llevaras lo que llevaras, tesoro, ¿tienes idea de lo mucho que duele no recibir lo mismo de tu parte?
Ladro esas palabras con resentimiento y ella se encoge sobre sí misma.
—Te quedarás aquí. Pase lo que pase.
—¿Cómo conseguiste la foto? ¿Me lo dirás?
Odio este juego de mierda, pero estoy dispuesto a jugarlo si no me queda otra alternativa.
—Lo haré si te quedas.
—¿Quedarme?
—¡Zoey!
Como siempre, las plastas de sus amigas tienen que estar pegadas a ella, es ridículo, joder, como si Zoey fuese una especie de adulto incapaz y ellas sus jodidas cuidadoras.
Huyo por los túneles completamente insatisfecho, apago la máscara y, no me alejo demasiado antes de comprobar que no me siguen, por lo cual, me detengo y escucho su conversación.
—Zoey, ¿estás bien? ¿Quién era ese? ¿Qué ha pasado?
—Estoy bien —farfulla—. ¿Sabes? Antes de entrar aquí, he visto un local que se alquila.
¿Un local? Claro, joder, sé que buscaba locales en Boston para montar su propia galería de exposición, lo pone en su página web.
—¿Un local? Zoey, ¿de qué hablas?
—Nada nos retiene en Boston, Martina —musita, y me siento un poco culpable al notar la forma en la que le tiembla la voz. Joder, es como si de verdad la asustara—. No pierdo nada con intentarlo.
Nada te retiene en Boston, tesoro, pero yo te retengo aquí.
—Zoey, ¿por qué te ha dicho Lucien que te lo dirá si te quedas?
—¿Quién es Lucien?
Aprieto los dientes para contener el estallido de rabia.
—Creí que, yo… creí que era el tío con el que hablabas, el jugador violento, ¿recuerdas? Rompiste su camiseta.
—Ah, ese. No. El hombre con el que hablaba solo era un mendigo, intenté seguirle el rollo a su locura, pero puede ser una señal.
—¿Una señal?
—Sí, vamos, queda mucho por disfrutar de las compras navideñas y necesito contaros algo.
—Eh, claro, si tú lo dices…
Respira, Lucien, no es momento de estallar como un jodido maníaco y liarla más, no. Es momento de hacer las cosas bien, con cabeza, deshacerme de Martina y dar un paso a la vez.
Me meto la máscara debajo de la axila, salgo con tranquilidad y hago una foto del local que se alquila. Entiendo que le haya gustado, desde fuera se ve prometedor y la localización no puede ser mejor para una artista en plena expansión.
—Puede que mi tesoro no haya sido una buena chica, pero me hace una ilusión tremenda poder darle este regalo por navidad. Aunque el que tengo preparado para Martina no le va a gustar nada.