Dulce Obsesión (Sangre bajo el hielo 3) CAPÍTULO
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CAPÍTULO

Larga vida a aquellos que dicen que van a estar, y están.

Miami, seis años.

Soy baja, delgada y rápida, eso me hace casi invisible, así que les deseo suerte con eso de intentar pillarme.

Rodeo la oficina de la directora del internado con la espalda pegadita a la pared, ni siquiera me hace falta agacharme cuando llego a la parte de la ventana y, en momentos como este, creo que ser baja es un atributo y una gran ventaja en lugar de solo un hándicap o un motivo para que los niños del colegio se burlen de mí.

L dice que me tiran de la coleta porque les gusto y que los va a matar a todos.

Hay algo en L que, a pesar de que es mi mejor amigo y la mejor persona que conozco, a veces me hace pensar que sí sería capaz de hacer algo como eso.

Una vez pasada la barrera de la oficina, camino con prisa y casi sin ninguna precaución.

Los educadores no son tontos, L y yo llevamos dos años aquí y, a pesar de que está prohibido y han colocado nuestras habitaciones en dos puntas distintas del edificio, siempre conseguimos dormir juntos, siempre, así solo tengamos que dormir dos horas.

Las personas que están de guardia también necesitan dormir y, casi siempre, se dan por vencidos la tercera o la cuarta vez que nos pillan escapando rumbo a la habitación del otro.

Hoy me da la sensación de que ni siquiera harán el esfuerzo, y lo agradezco, porque ver a mi pirata es lo único que me importa.

Ha pillado un resfriado por mi culpa, todos dicen que puedo contagiarme, pero eso no lo va a alejar de mí.

Abro la puerta de su habitación despacio, me cuelo dentro de la oscuridad y cierro a mi espalda. Enseguida, la luz tenue de una lamparita pequeña ilumina parte de la habitación desde una de las mesitas de noche.

—Hola, tesoro —dice en tono ronco y extiende la mano en mi dirección—. Has venido.

—¡Pirata! —Subo a la cama de un salto, lo rodeo con los brazos y me tumbo sobre su cuerpo.

Arde y sisea como si mi tacto le molestara.

Me aparto enseguida, con los ojos llenos de lágrimas, y miro a sus ojos marrones, están anegados cuando su estado normal es siempre alerta y despiertos.

Está así por mi culpa, dolorido, y eso es una mierda—.

¿Te duele mucho? —No lo dejo contestar—.

Lo siento muchísimo, pirata —lloriqueo y agacho la cabeza— , lamento que tengas tanto malestar por mi culpa.

No debería haberte pedido que fueras a recoger conchas para mí a la playa, pero no sabía que habría tormenta, ni que te ibas a enfermar…

Un segundo, soy un enredijo de temblores y llantos y, al siguiente, suspiro en paz porque unos brazos cálidos me rodean y me envuelven por completo.

Coloco la mejilla sobre su pecho caliente, me sorbo los mocos y le rodeo también con mis brazos mientras ambos nos mantenemos de rodillas sobre la cama.

—No es tu culpa que me haya enfermado, Zof, no me puse malo por el agua de la tormenta si no por la del mar, y era yo quien quería regalarte esa botella, así que es solo culpa mía.

—¿Lo dices enserio?

Una especie de bruma espesa cargada de dolor, ansiedad y culpa se disipa de mi mente y de mi pecho, y es sustituida por una especie de claridad cargada de optimismo que me incita a sonreír.

—Muy en serio.

—No debiste entonces lanzarte en busca de esa botella.

—Pero tiene dentro un barco pirata…

—Pero hizo que te pusieras malo, así que no la quiero.

Se ríe por lo bajo y luego se queja, entonces me acuna las mejillas con sus manos calientes por la fiebre y me mira a los ojos.

—Lo guardaré para ti, algo me dice que algún día entenderás por qué lo he hecho y la querrás.

—No voy a quererla nunca, porque te ha puesto en peligro. Mírate, pirata. No quiero que nunca estés malo.

Emite una risa ronca y vuelve a abrazarme.

—No deberías estar aquí, princesa —susurra sobre mi oído y se me pone la piel de gallina—, no quiero contagiarte. Pero, aún así, soy incapaz de quitarte las manos de encima.

—No pienso irme, lo sabes —susurro en respuesta.

—Lo sé.

—He robado comida —confieso y me separo de él para descargar sobre la cama el alijo que escondo bajo el camisón.

—Ya decía yo que tenías mucha barriga —se burla y le doy un golpe en el hombro del que me arrepiento enseguida al ver su mueca de dolor.

—He traído tus favoritos, pero mañana fijo que me regañan.

—Has sido muy valiente, Zof, a veces es mejor pedir perdón que tener que pedir permiso.

—Pediré perdón por robarlo, pero no me arrepiento. Quiero que te pongas bien, pirata. Te necesito conmigo todo el rato, y se me han escapado las lágrimas cada vez que he pensado que estabas aquí solo, tumbado en una cama, mientras todos los demás hacíamos nuestras cosas.

—Yo también te he echado mucho de menos, Zof. Me encanta cuidarte.

—¿Sigue activa tu promesa, pirata? ¿Me llevarás a tu barco y me cuidarás para siempre como tu tesoro?

—Para siempre, Zof, se lo prometí a tu madre, pero te lo prometo a ti ahora.

—¡Yo también te lo prometo! —ignoro el hecho de que no se ha curado en tres segundos y vuelvo a rodearlo con los brazos—. Yo también cuidaré de ti siempre, pirata. Siempre estaré contigo.