Dulce Obsesión (Sangre bajo el hielo 3) CAPÍTULO 13
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CAPÍTULO 13

Huir solo es una forma más lenta de volver a casa.

Necesito probarla.

Su corrida me chorrea en la mano y la sangre de mi cuerpo se encuentra en estado de ebullición. Su coño brilla de una forma preciosa. Su piel está sudada y enrojecida, y su cara, joder, parece una jodida diosa con esa mirada inocente cargada de lágrimas y vergüenza.

Nunca había visto algo tan hermoso. Nunca había experimentado un nivel de deseo tan inmune y trascendental.

—Quiero comerte el coño, tesoro, ahora —evidencio y me saco la navaja una vez más del bolsillo solo para que recuerde que la tengo—.

Voy a quitar la mano de tu boca y me pondré de rodillas entre tus piernas.

Si escucho algo más que tus gritos de placer, o intentas huir de mí, me bajaré los pantalones y te partiré en dos ese precioso coño virgen.

Tendrás dentro mi polla empapada con tu sangre virginal. ¿Lo has entendido?

Traga en seco bajo mi mano, pero asiente mientras se le cae un reguero de lágrimas.

Yo no he provocado sus lágrimas. No lo he hecho, joder. Se ha corrido con mis dedos y por lo único que llora es por su propia vergüenza.

Y por su cabezonería. Porque me conoce, me conoce tanto que sabe que soy su único destino y que, ahora que la encontré, no existe la más mínima forma en la que pueda escapar de mis manos.

Toma una bocanada de aire y la escucho lloriquear al apartar la mano.

Me pongo de rodillas entre sus piernas y me elevo la máscara hasta despejar mi rostro.

Cuando intenta cerrar las piernas, le doy un mordisco de advertencia en la parte interna del muslo.

Chilla bastante y, cuando veo la marca roja de mis dientes, creo que me he pasado.

—Te lo compensaré —gruño frustrado y le presiono la zona para calmar el dolor—, pero no desobedezcas más.

Acerco el rostro a su coño abierto, brillante y expuesto e inhalo su aroma angelical. Es tan diferente a cualquier otro, a cualquier cosa que haya olido jamás…

Mi tesoro.

La polla me salta en los pantalones y noto que me humedezco. Joder. El ansia que noto es casi humillante, casi dolorosa, pero me apabulla cada segundo y, a la vez, me vence y me domina, me sabotea y me hace sentir que no soy digno de probar tanta dulzura.

Puede que no lo sea, pero me lo he jodidamente ganado.

Saco la lengua y doy un primer lametazo de prueba con todo el grosor de mi lengua. Zoey tiembla y gime un poco sin poderlo evitar.

Quiere que piense que no quiere esto, pero no es lo que su cuerpo me demuestra.

Además, en el fondo, aunque se resista a la idea, ella también sabe que estamos destinados.

Porque lo prometimos. Porque me pertenece a mí, así como yo le pertenezco a ella, es el tesoro y yo soy su pirata.

Esas palabras refuerzan mi confianza y esta vez le recorro el coño al completo con la punta de la lengua, resbala con mucha facilidad y ella se estremece completa. Noto cómo se sujeta al edredón y localizo su clítoris antes de atacar contra él a toda velocidad.

Joder.

Zoey se convierte en un cúmulo de espasmos.

Le rodeo las piernas con los brazos y tiro de ella para retenerla.

No quiero hacerle daño sin querer, pero disfruto tanto del sabor de su coño que no me siento capaz de controlar mi fuerza.

Noto como se me cae la navaja sobre el colchón, pero no le doy importancia.

Me deleito y trago cada gota de su jugo, la lamo por completo, la engullo y hago movimientos tan veloces con la lengua que me cuesta respirar.

—Eres tan perfecta.

Gruño como un animal enjaulado. El colchón tiembla con los movimientos de ella y tengo un desastre de su líquido y mi saliva en toda la barbilla mientras me doy el festín de mi vida. Pero quiero más. Lo quiero todo, joder. Todo lo que salga de ella.

—Oh… no. No —la escucho jadear y eso solo me anima a ir más deprisa.

A tope, a tope, a tope, joder. Quiero comérmela entera.

No tarda nada en llegar de nuevo al orgasmo y un orgullo insano me llena el pecho mientras su cuerpo se desboca e intenta huir de mis labios y de la forma en que la retengo.

Me ensaño aún más contra ella, succiono todo el líquido cálido que emana para mí y trago con fuerza antes de lamer en busca de más y reclamar hasta la última gota.

—Para, por favor, ¡me vas a matar!

Siento su tironcito en la máscara y casi me parece tierno, hasta que regreso a la realidad y recuerdo que la necesito.

Me aparto y me la coloco, me pongo de pie, me desabrocho el pantalón y me libero la polla.

A Zoey se le agranda la mirada con pánico, justo como en el baño, pero esta vez se ve mucho más hermosa porque está tirada para mí sobre una cama, con solo una camiseta blanca, ancha y medio transparente, mientras se le marcan los pezones erizados y parece rodeada de nubes.

Tan pura.

Necesito reclamarla.

Me lanzo, pero cierra las piernas y recula con rapidez mientras se cubre el cuerpo.

—¡No! ¡¿Qué crees que haces?!

—Voy a follarme tu coñito virgen, dulzura, ¿o prefieres que haga realidad la parte en la que ato a tus amigas y lo hago delante de ellas?

—Prefiero que te guardes esa arma en los pantalones y te alejes de mí.

—Así que arma, ¿eh?

Pongo una rodilla sobre la cama y ella acuna una almohada entre sus piernas como si eso fuera a ejercer de barrera o a librarla de mí.

La sujeto por el tobillo, sus labios se entreabren y su olor a rosas llena mis sentidos.

Es como un chute, uno de la mejor droga que se ha inventado jamás.

Zoey mira en todas las direcciones, nerviosa y, al final, solloza.

—Por favor, no puedo hacerlo. —Me mantiene la mirada—. Necesito más tiempo…

Hay algo en su inocencia, en su miedo, en la forma en la que tiembla, que me excita como un jodido desequilibrado, pero, a la vez, me desquicia porque me hace querer concederle todo aquello que me pida.

—¿Vas a reconocer la verdad? —pregunto, le acaricio el tobillo y casi me avergüenzo por la súplica en mi voz.

Tira de su pie y sale de la cama despacio por el otro lado.

—¿Podrías recordarme de qué nos conocemos?

Doy un paso adelante, molesto, pero ella interpone las manos y detiene mi pecho.

—Por favor —suplica con lágrimas en los ojos—. Quiero escucharlo de tu boca.

—Y yo quiero escucharlo de la tuya. Créeme que, después de todo lo que he soportado por ti estos años, es lo mínimo que merezco.

Su expresión se torna desolada, pero en lugar de sentir pena por ella, me enfurezco aún más.

—¿Aún te avergüenzas de mí, tesoro? —Parpadea confusa y se lleva una mano al pecho mientras da un par de pasos con dirección a ningún lugar—. ¿Es eso, joder? —Me pongo de pie y la sigo de cerca—. ¿Crees todas esas gilipolleces sobre que no soy alguien a tu altura?

—Yo… Escucha…

—No. Zoey, ¿es que no te ha quedado claro ya? Haría cualquier cosa por ti, lo he hecho. Labré este sueño para compartirlo contigo, para entregártelo, para darte lo mejor y que vivas como el tesoro al que prometí cuidar para siempre.

Me mira con los ojos desorbitados y retrocede mientras yo avanzo hasta que su espalda está contra la puerta.

—Eres todo lo que pienso, todo lo que respiro y lo único que ocupa mi cabeza las veinticuatro horas del día.

Sé que soy un puto bruto y que algo no va bien en mi cabeza, pero ese algo también esta jodidamente obsesionado contigo, tesoro.

Eres lo único que lo puede calmar. Tienes que darnos la oportunidad, Zoey…

—Mis amigas volverán enseguida —lloriquea perpleja, sobrepasada por la intensidad de mis palabras—. Si me haces daño, te denunciaré.

Me hierve la jodida sangre.

¿Es qué no acaba de oír cómo me he abierto en canal por ella? Además, piensa denunciarme ¿a mí? Es lo peor con lo que puede amenazarme cuando conoce a la perfección mi historia con la policía y lo mucho que tuve que huir de ellos. La forma en la que huimos juntos cogidos de la mano.

—No te atreverías —gruño. La sujeto del cuello y hago que su cuerpo se eleve.

Sus pies se mueven, al principio despacio, pero luego con mayor velocidad. Es en ese momento cuando mi cabeza sale del trance y me recuerdo que ella es mi tesoro. No puedo dañar algo tan valioso como ella, por mucho que me dañen a mí sus palabras.

Cuando la suelto, cae sentada sobre el suelo y tose para recuperar el aliento.

—¡Eres un salvaje! ¡¿Cómo demonios has entrado aquí?! Estas jodidamente enfermo —lloriquea.

Me acuclillo frente a ella y le sujeto la barbilla.

—No existe un solo lugar en el que puedas estar a salvo de mí, Zoey. Da igual si se trata de una cárcel blindada, una nave espacial o un edificio en llamas. Donde tú estés, es donde yo debo de estar, y estaré, tesoro, aunque tú no me quieras cerca.

—No te quiero cerca —solloza.

—Pues no haberlo prometido.

Le suelto el rostro, frustrado, y salgo de su casa por la misma puerta por la que entré.

Una vez entro en el ascensor, me descubro la cara y, al pasar por la portería, miro al imbécil del conserje ofuscado buscando la llave que robé mientras esa rubia fingía estar perdida y ser demasiado tonta como para fijarse en que se le veían las tetas.

—Ha sido tan fácil que ahora me apetece destriparte, pedazo de hijo de puta.

¿Y si no hubiera sido yo? ¿Y si otro cabrón se hubiera colado aquí para hacer daño a mi tesoro y lo hubiera encontrado tan fácil? Definitivamente no lo puedo permitir, así que añado, a una de mis tantas notas mentales, asignar un equipo que vigile día y noche a mi tesoro y la puerta de este piso.