Dulce Obsesión (Sangre bajo el hielo 3) CAPÍTULO
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CAPÍTULO

Soy el reflejo de demasiados espejos rotos.

Intento abrir los ojos despacio, pero los noto muy pesados. Tengo el cuerpo caliente, los labios me arden y me siento aérea, como si no tuviese control alguno de nada, a pesar de estar sobre mi cama, dormida.

Después de la ducha, Briella dijo que parecía muy nerviosa y me dio un té para que me ayudara a dormir. Los tés de Brie siempre son milagrosos y ahora creo que he dormido demasiado.

Hostias, ¿qué hora es?

Abro los ojos de golpe y busco el móvil en la mesita, intento desbloquearlo, pero el corazón me late tan fuerte que es doloroso y eso me ralentiza un poco, entonces todo empeora, me doy cuenta de que no lo he enchufado y que ahora la batería ha muerto.

—Mierda, me he dormido.

Me pongo de pie con la agilidad de un cervatillo recién nacido e intento llegar a la puerta.

antes de que logre tocar el pomo, alguien me sujeta con fuerza y me lanza con violencia sobre la cama.

Aterrizo boca arriba, ni siquiera tengo la oportunidad de gritar por el asombro, porque él tira de mis piernas, me arrastra hasta el borde y encaja su cuerpo enorme entre mis piernas antes de cubrirme la boca con su mano enorme y callosa, mientras una luz rojo neón brilla delante de mi rostro y oculta de nuevo su cara.

No.

Se me agranda la mirada y el pánico recorre todas y cada una de mis terminaciones nerviosas.

No puedo respirar y, aunque es bastante evidente, me cuesta unos segundos de espesor reconocer del todo lo que pasa en realidad.

Él está aquí. No es una pesadilla. El enmascarado ha cumplido su palabra y se ha colado en casa de Martina.

¿Eso significa que…?

No, por favor, ¿por donde cojones ha entrado? ¿Ha hecho daño a mis amigas?

Lucho debajo de su cárcel, pero eso solo hace que se vuelva más implacable.

El hijo de puta sádico incluso parece disfrutarlo, porque, mientras más me remuevo e intento gritar, más fuerte me presiona la palma contra los labios y más fuerte hunde su cuerpo sobre el mío, mientras me mira desde arriba con la calma de un depredador letal que admira la forma en la que se desgasta su presa.

Toc, toc.

Un par de golpes en la puerta hacen que el corazón me suba a la garganta.

—Zoey, ¿estás despierta? —pregunta Briella en voz baja y un reguero de lágrimas se escapa desde mis ojos. Pero él me mira con severidad, saca una navaja de su bolsillo, la abre ante mí y se la lleva a los labios de la máscara para hacerme un gesto de silencio.

—¿Aún duerme? —Escucho preguntar a Martina, pero no registro ninguna respuesta antes de que añada—. ¿No te habrás pasado con la dosis?

¿¡Qué!?

—No. Es la misma de siempre, la que ordenó el terapeuta.

¿De qué dosis habla? ¿Se refiere a la de té? ¿Por qué mi terapeuta hablaría con Briella sobre eso?

—Quizá deberíamos dejarla dormir en paz esta noche, si dices que lo necesita.

—Sí que lo necesita, Martina, ¿no le viste la cara? Se tiró toda la noche y parte de la mañana en tu despacho pintando ese cuadro horrible y tenía los ojos rojos…

—No tienes que explicármelo, la conozco y tú la cuidas mejor que nadie, Brie, confío en ti.

—Gracias por eso.

—Vamos, pasaremos por el Dunkin Donuts antes de volver y así tendrá una sorpresa para el desayuno.

—Me parece genial…

Las voces de mis amigas se alejan y me dejan aún más confusa, con más preguntas que respuestas.

¿Dosis? ¿Es qué Briella pone algo en mi té cuando cree que necesito relajarme?

No tengo tiempo de procesar ninguna posible respuesta, la puerta de entrada se cierra y… y yo me quedo a solas con este maníaco.

—No viniste a mi encuentro.

Desliza la mano unos centímetros por debajo de mi barbilla y asumo que es para permitirme contestar, pero aprovecho la brecha para gritar con fuerza con la esperanza de que aún puedan escucharme mis amigas. No quiero ponerlas en peligro, pero estoy desesperada.

Eso lo enfurece, vuelve a cubrirme la boca y, con la fuerza que ejerce, hunde mi rostro contra el colchón. Se cierne del todo sobre mí y noto cada dureza de su cuerpo hostil sobre la blandez del mío. Elevo las piernas y pateo en el aire mientras intento luchar, le golpeo la espalda…

—No se me da bien ser paciente, Zoey —murmura encima de mí oído y noto como se me eriza la piel—. Te dije que, si no venías, habría consecuencias.

Niego con la cabeza todo lo que su presión me permite.

—¿Estás lista para hablar con la verdad, tesoro? ¿Lista para reconocer a tu pirata?

La verdad es que nunca antes me había sentido tan derrotada, tanto que me planteo asentir y seguirle el juego solo para que no me haga daño.

Quizá si digo lo que quiere, si me gano un poco su confianza…

Pero entonces me acaricia los muslos con la punta de la navaja, respira con dificultad y distingo que también tiene el pulso acelerado.

Lo noto todo, el cambio en su latido, su aliento sobre mi piel y su polla, que se endurece entre mis piernas.

«Eres un maldito maníaco», pienso mientras le lanzo una mirada casi asesina.

—Supongo que eso es un no —farfulla con cierta decepción—. La dulce Zoey no quiere ser dulce conmigo —canturrea y asciende con la navaja hasta el tirante de mi braga. Solo llevo un tanga rosa debajo de la camiseta ancha y básica, solo eso me separa de su ropa y, entonces, la corta.

Chillo, pateo y me remuevo, pero se guarda la navaja en el bolsillo, ladea y aleja un poco su cuerpo, mientras me mira con fijeza.

La habitación está a oscuras y solo nos ilumina la luz de su máscara, pero distingo todas y cada una de sus facciones, de sus movimientos. Hoy lleva puesta una sudadera negra y una gorra roja hacia atrás que le cubre el pelo.

—Di que soy tu pirata —suplica y eso me desconcierta.

Su mano hosca me aparta la braga a un lado y noto que se me hunde el pecho.

Chillo bajo su mano, le golpeo el brazo con el que me cubre la boca, lo araño por encima de la sudadera, pero no se inmuta.

Me acaricia con tres dedos toda la raja del coño, mientras que, con su cuerpo como obstáculo, me impide cerrar las piernas.

Arriba y abajo, muy despacio, muy lentamente, mientras ve el terror en mis ojos.

No puedo respirar.

El enmascarado eleva la mano con la que me ultraja, agacha la cabeza, se eleva un poco la máscara y me escupe sobre el coño abierto. La calidez de su saliva hace que me estremezca, pero la forma en la que la restriega después, con movimientos circulares y certeros, mucho más.

—Jugaste con la posibilidad de no ser virgen, tesoro —gruñe—. Creo que debería volver a comprobarlo.

Me hunde un dedo dentro y suelto todo el aire que contenía, luego me tenso de tal forma que alguien podría momificarme, aquí y ahora. Él emite una carcajada seca.

—Apenas puedes acoger mi dedo con ese coñito tan prieto, Zoey. Creo que te partirás en dos cuando lo que meta dentro de ti sea mi polla.

No sé por qué, lo único que grita mi estúpido cerebro en respuesta, es que no soy tan frágil como parezco.

Debería importarme una mierda, debería sentirme diferente, estar asqueada, a punto de vomitar, pero, en lugar de eso…

Su dedo se arquea dentro de mí y la sensación es… joder, es tan nueva, tan increíble. Es una presión diferente e indecorosa, y las paredes de mi vagina se ciernen sobre él y se esfuerzan por acogerlo como si lo adoraran, como si fuera a un puto dios.

—Tan prieto, joder. Me pregunto si serás capaz de manejar dos.

No lo pregunta, lo ejecuta y mete un segundo dedo. Me escucho gimotear, pero lo hago pasar por un sollozo, sus ojos whiskey brillan bajo la luz rojo neón cargados de anhelo y, entonces, los mueve dentro de mí con cierto ritmo y velocidad.

Tengo que luchar con todo lo que tengo para no estremecerme y gemir bajo su mano, pero creo que no funciona. Lucho por no poner los ojos en blanco por no demostrarle lo mucho que me hace sentir esta jodida barbarie.

No soy tan dulce. Siempre lo he dicho, siempre lo he sabido, pero no lo quería comprobar de semejante manera. Sabía que una parte de mí estaba completamente dañada y supongo que esto lo comprueba.

No puedo hacer nada contra él, ni contra lo que me provoca la forma en que me toca, y siento que no puedo hacer otra cosa aparte de dejarme llevar.