Dulce Obsesión (Sangre bajo el hielo 3) CAPÍTULO
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CAPÍTULO

Emociones que nos parten el alma y emociones que la devuelven a su sitio.

Cierro el portátil con fuerza y emito un grito frustrado antes de dejar caer la frente sobre la mesa y suspirar.

¿Por qué?

¿Por qué la información sobre mis padres biológicos, los reportes sobre su accidente o cualquier rastro de mi infancia parecen haber sido borrados del mapa?

Hace tres horas que busco algún detalle, pero no consigo encontrar nada.

Abro de nuevo el portátil, meto los datos de inicio de sesión a toda prisa, entro en el buscador, tecleo: «policía Jack en el condado de Miami, florida».

Pongo una fecha aleatoria de hace justo trece años y selecciono la opción de solo imágenes.

Diez minutos después, y justo cuando estoy a punto de volver a darme por vencida, encuentro la imagen de un hombre de unos sesenta años cuyas facciones me parecen similares a las que recuerdo de la foto de una sola visualización.

¿Por qué no ha podido enviar una foto permanente?

Ah, sí, porque su única intención ha sido la de lanzar un anzuelo con el que obligarme a picar y luego arrastrarme hasta sus manos para obtener una muerte segura.

Clico en el enlace y este me lleva a una publicación en Instagram de una cuenta llamada @littlejack. Es un carrusel y, en él, aparece la imagen que me ha atraído, acompañada de unas cuantas más en las que sale acompañado por una versión suya más joven y que también luce un uniforme de policía.

«Siguiendo los pasos de mi héroe. Mi ejemplo a seguir, el mejor amigo que he podido tener jamás. Gracias, papá, por enseñarme todo lo que sé», reza en la descripción.

—Es su hijo —musito y continúo stalkeando la cuenta de Instagram.

Paso por todas las publicaciones en busca de más información sobre su padre, pero no consigo demasiado, salvo saber que aún vive en Miami y que tiene varios hijos.

Bufo por lo bajo y, al intentar pasar la imagen, clico sin querer sobre ella y doy like a la publicación

¡No!

El mundo se me cae encima, siento pánico y vergüenza, y me digo a mí misma que soy una investigadora de mierda.

Mi pulso se acelera y miro el corazón rojo que ahora se vislumbra en la parte izquierda de la imagen, sin saber qué hacer, ni cómo demonios arreglarlo.

—No pasa nada, no me conoce de nada, ni siquiera tiene por qué notar ese like en medio de los muchos otros.

Se me seca la boca al leer el mensaje, recibido ahora mismo de @litllejack en mi cuenta de Instagram. Maldita sea, claro que lo ha visto, lo ha visto al instante y no tengo ni idea de que debería hacer o decir ahora.

Valeee… va a saco. Y eso, por alguna razón, me intimida un poco.

¿Por qué he respondido eso? No lo sé, pero he sentido la necesidad imperiosa de dejarle claro que no soy una chica dulce y débil como me consideran todos los demás. No quiero que sienta que puede aprovecharse de mí, como lo hace ese enmascarado.

Me aventuro a confesar.

Me tiembla todo el cuerpo antes de escribir estas palabras.

Eso es un duro golpe, pero, claro, no todo puede ser perfecto. Aún así, necesito aferrarme a algo. Si Jack recuerda el accidente de mis padres, si se acuerda de mí, quizá también lo haga de ese niño y pueda ayudarme a encontrarlo.

Frunzo el ceño sin poder evitarlo, pero aún así, sus palabras me parecen muy dulces.

Envió toda la información que conozco de mis padres biológicos y el accidente, luego cierro la conversación con un suspiro antes de recordar el detalle más importante y volver a clicar sobre ella.

Cuando vuelvo a cerrar la conversación, se me dibuja una media sonrisa en los labios. No puedo creer que esto acabe de pasar, que vaya a conseguir avances, que ahora tenga un aliado.

Puede que el padre de Jack no sea el agente que asistió el accidente de mis padres, pero Jack hijo, como policía, sí que puede tener acceso a los expedientes y está dispuesto a ayudarme.

Es una locura.

Se me encoge el estómago cuando mi cerebro me recuerda que todo esto lo he conseguido gracias a la imagen que me envió ese pirado.

Un millón de preguntas me apabullan y vuelven a inundar mi cabeza, noto, una vez más, el regusto amargo de la ansiedad mientras se aglomera en mi garganta y me obligo a carraspear para despejarlo.

No puedo servirme obediente sobre la bandeja de un depredador, por más miedo que dé, y por más que sienta que estoy perdida.

Cierro el portátil, miro el móvil de reojo y me doy cuenta de que son las doce de la mañana.

Aún tengo tiempo para pensar, ducharme, comer algo e incluso dormir unas horas antes de tomar la decisión de asistir o no a ese encuentro.