CAPÍTULO
Nadie habla de la lucha por parecer de hierro cuando se es de cristal.
—Entonces saltemos al mar —digo con entusiasmo—. Sí, pirata, podemos hacerlo, solo tenemos que nadar hasta tu barco y escaparemos de los malvados.
—Zoey, nosotros no… no podemos hacer eso.
—Sí que podemos. —Le doy la mano a ese niño de cabello negro azabache y ojos marrones expresivos para transmitirle mi entusiasmo y convicción—. No puedes dejar que nos separen, pirata, lo prometiste. Prometiste que estarías siempre conmigo.
Su semblante decae y noto un nudo doloroso en el pecho. Se me caen las lágrimas y, al mirar hacia abajo, noto que su cuerpo tiembla.
—Pirata, deberíamos irnos ya. Tengo mucho frío.
—El agua estará aún más fría, tesoro, no puedo dejar que lo hagas.
—Pero tu barco no estará lejos, no soy una niña débil, siempre me lo dices. Dices que soy fuerte y te lo voy a demostrar.
—Zoey…
—Siempre haces cosas por nosotros, nos cuidas y nos mantienes unidos. Quiero estar contigo, pirata. Puedo llegar al barco, puedo hacerlo por nosotros y te lo voy a demostrar.
Tomo impulso para sortear la altura que nos separa y le doy un beso en los labios antes de darme la vuelta, escaparme por los pelos del agarre de su mano y correr hasta el borde. Salto a la oscuridad del mar mientras él grita mi nombre y todo desaparece.
Me despierto de golpe con un gemido ahogado y compruebo mi cuerpo.
No estoy mojada, no hay agua a mi alrededor y no me encuentro en el fondo del mar mientras pierdo el conocimiento.
Estoy en la cama de la habitación de invitados de Martina, en Toronto, es diciembre, estoy a salvo y tanto ella como Briella duermen en las habitaciones de al lado.
Suspiro de alivio, pero esa sensación solo dura un par de segundos.
Enseguida noto como me invade una oleada de angustia y pesadumbre, escapa de mí en forma de lágrimas, sollozos y un pequeño llanto silencioso.
Odio no recordar, el desconocimiento, la incertidumbre, el dolor que me produce no saber nada.
Ese sueño siempre se repite, pero, ¿pasó de verdad?
¿Fue cierto? Y, si es así, ¿dónde se encuentra ese niño?
¿Era mi familiar? Mis padres aseguran que no tengo primos ni hermanos, dicen que mi madre biológica fue hija única, y mi padre tenía a toda su familia en Irlanda.
Ninguno de ellos se quiso hacer cargo de mí y por eso terminé en el sistema con tan solo cuatro años.
Creo a mis padres, pero a veces me pregunto si me ocultan algo, si pudo haber algo más, algo que mi corazón lucha por recordarme mientras mi mente no lo deja.
Me levanto despacio y me siento en el borde de la cama, miro el móvil y compruebo la hora, son las dos de la mañana, pero eso no me sorprende en absoluto.
Hay temporadas de mi vida en las que mi cabeza va tan mal, que es incapaz de permitirme dormir una noche entera, me pasa desde aquella mañana, cuando me desperté en el hospital sin recuerdos y viviendo una pesadilla.
Por suerte, aprendí a encontrar la solución, como no puedo llamar a mi terapeuta a las dos de la madrugada, aprendí a crear mi propia terapia.
Me calzo, activo la linterna del móvil y lo empuño con decisión mientras salgo de forma discreta de la habitación.
Para mi buena suerte, el material de arte que pedí online antes de venir a Toronto llegó ayer y ahora reposa integro en el despacho de Martina.
Me sirvo un vaso de leche en la cocina, en silencio, cierro la puerta del despacho con mucho cuidado y me encamino hasta el caballete recién montado.
Elijo un lienzo de tamaño mediano y lo coloco de la mejor manera que soy capaz, no es la correcta, así que dejo el vaso de leche sobre el escritorio de Martina y utilizo las dos manos para completar la tarea antes de elegir los colores de acrílico y verterlos en la paleta.
Me encanta el olor a materiales de pintura, a pinceles nuevos, a arte por crear.
Cuando miro la paleta en mis manos, me sorprendo con mi elección de colores, nunca había elegido unos tan oscuros, normalmente pinto paisajes claros y coloridos, repletos de rostros con caras abstractas, pero ahora mismo voy en automático, no tengo control de mi cuerpo ni de mi mente, hago lo que me pide sin siquiera llegar a analizarlo.
De pronto, me veo haciendo trazos complejos de pintura negra sobre el lienzo hasta que se vuelve del todo oscuro.
Rojo.
Ese es el color que utilizo para delimitar la silueta de la máscara y añadirle los detalles, pero no me detengo solo ahí, dibujo la silueta completa de ese cuerpo sin camiseta, pinto cada línea de su cuerpo, cada músculo marcado, cada trazo del tatuaje debajo de una piel bronceada.
Pinto olas, un barco, una brújula y detalles de pirata a su alrededor.
Pinto sin filtro, sin pensar en nada, como en una especie de trance.
No soy consciente del tiempo, del ambiente o el espacio, y solo cuando doy un paso atrás, mientras recupero el aliento, logro ver mi obra a la perfección.
Es él.
Lo he pintado a él. Al enmascarado.
—No lo entiendo —murmuro, mientras noto como la angustia me corroe.
No quiero recordarlo, todo lo contrario. Pero su voz se hace eco en mi cabeza. Sigo confusa y mareada, enfadada, y no paro de recordar la forma en la que él aseguró conocer todo de mí, en la que él me tocó y me utilizó, como si se considerase mi dueño.
Mi móvil vibra desde algún rincón de la mesa y se me escapa un grito que ahogo de inmediato en la palma de la mano, lo levanto y me doy cuenta de que he dejado la linterna encendida todo este tiempo, quema, pero hago malabares para manipularlo y descubrir quien me escribe un mensaje a las dos de la mañana, solo que ya no son las dos, sino la seis, y el mensaje viene desde un número que no tengo agregado.
Es una imagen. Una foto de una sola visualización y en ella aparece una versión infantil mía que ocupa la portada de un periódico que parece bastante antiguo.
Antes de entender la imagen del todo, veo fragmentos de ese momento en mi cabeza, escucho las sirenas, veo luces azules, siento el dolor en la cabeza.
Me froto los ojos durante un par de segundos antes de volver a centrarme en la imagen.
La niña pequeña está vestida de rosa y lleva con una corona sobre una melena rubia manchada de sangre, solo se le ve el rostro y las piernecitas, porque el resto de su cuerpo está escondido en el interior de una chaqueta grande que comparte con un niño solo un poco más alto que ella.
Tiene la piel dorada y el cabello enmarañado, negro como el azabache.
Se me acelera el pulso y lo reconozco de inmediato como el niño que siempre veo en mis flashbacks.
No puede ser.
¿¡Es… real!?
Reviso la página en busca de un poco más de información, que no encuentro, para mi desgracia, ni la nota ni la imagen del periódico me aportan ni el más mínimo detalle sobre su identidad, ni sobre su paradero, ni siquiera sobre su cara, porque la tiene ladeada mirando a un policía.
Un momento, ese policía... Busco su nombre en la chapa que luce en el lado derecho del pecho y, para mi sorpresa, lo encuentro.
Jack.
Me tiemblan los dedos al pensar que, ese Jack, sabe algo de mi pasado que yo misma desconozco y, si consigo dar con él… tal vez consiga encontrar a ese niño.
Vuelvo a mirar de cerca la imagen de los niños abrazados el uno al otro y se me escapan las lágrimas al pensar que, al salir de ella, la perderé para siempre.
Es entonces cuando mi mente se fija en un pequeño detalle.
A la niña de la foto, es decir, a mí, o una versión mía que no consigo recordar, ni siquiera se le ve la ropa, veo parte de su cuello, su rostro y sus piernas, pero, sin embargo, tengo del todo claro cómo lucía el vestido rosa que llevaba.
El móvil se me cae de las manos y ahogo un jadeo, los ojos se me nublan de lágrimas y, por primera vez en trece años, tengo la sensación de haber recordado algo de todo aquello que mi mente, de forma voluntaria, decidió que era mejor olvidar.
Ese niño.
Se me acelera el pulso de inmediato y tiemblo.
Vuelvo a mirar la imagen y, esta vez, me fijo en el entorno como el escenario del lugar en el que murieron mis padres biológicos.
Es imposible que haya un niño conmigo en el lugar y, aún así, lo veo con mis propios ojos.
Mis padres adoptivos dijeron que solo yo viajaba con ellos en el coche, dijeron que ese niño, que tantas veces recuerdo, no es real, pero lo veo y sé que no es una mala pasada de mi mente o de alguien que intenta jugar conmigo.
Nunca se lo he contado a nadie, ni siquiera a Briella, y dudo que Martina lo recuerde.
Es imposible que alguien tenga esta información.
Para todos los que me conocen, soy Zoey Graham, la hija de Paul y Cristina.
Es cierto que la mayoría de ellos sabe que soy adoptada, pero estoy segura de que ninguno conoce los detalles de mi adopción, mi procedencia o cual era mi apellido real.
Además, ¿cómo tiene alguien esta imagen en específico?
Yo he buscado información sobre mis padres biológicos durante años en internet y nunca he encontrado nada, pero esto, parece una foto hecha sobre un periodico original, ¿quién guardaría algo así durante tantos años?
Y, lo más importante, ¿por qué enviármela ahora?
Antes de que pueda procesar todas las dudas que tengo, recibo un nuevo mensaje.
El pánico me taladra la cabeza y mi cuerpo pierde las fuerzas. Noto como me deslizo despacio hasta que acabo sentada sobre el suelo con las piernas a un lado y el móvil temblando entre los dedos.
Es el enmascarado, él me llamó tesoro mientras me ultrajaba. Él dijo que conocía todo de mí, que recordaba hasta el detalle más insignificante y que yo lo había olvidado. Él… ¿cómo demonios consiguieron mi número de móvil? ¿Cómo tiene esta imagen de periódico? ¿Quién es? Y ¿qué quiere de mí?
Como puedo, aprieto los párpados cerrados durante unos segundos para disipar la humedad que inunda mis ojos borrosos. Cuando los abro, tengo los dedos sobre las letras del teclado táctil de la pantalla y escribo sin dudar.
Tiemblo de angustia al leer sus palabras y releo el primer mensaje. Quiere quedar conmigo, ¿cómo se atreve? Después de lo que me hizo, ¿es que no tiene miedo a que lo denuncie? ¿A que descubra quién es y lo haga pagar por haberme ultrajado de esa manera?
¿Por qué parece importarle tanto ese hecho? Y aún más importante, si de verdad formó parte de mí pasado, ¿por qué ha intentado hacerme daño?
Porque es un psicópata. Y sí, noto como muere en mi interior cualquier tipo de esperanza de lograr razonar con él, no sé lo que quiere de mí, pero no le afecta en absoluto como me siento o la forma en la que lo veo.
Me arden las mejillas y se me agrandan los ojos mientras leo sus sucias palabras. Mi corazón late más deprisa y siento el impulso de llorar.
El móvil se me cae de las manos por pura impresión, pero lo sostengo con la rapidez de un rayo antes de que toque el suelo. Vuelvo a leer su mensaje y me da rabia la seguridad con la que habla sobre mí.
Tarda un poco más en contestar. Miro los puntos sobre la conversación y estos aparecen y desaparecen unas cuantas veces antes de que llegue su respuesta.
Eso es… enfermizo.
Ahogo un sollozo. Eso es excesivo, es un comentario tan misógino, tan primitivo, tan… ¡joder! Se cree que soy una res o algo por el estilo.
Noto el regusto amargo del pánico en el fondo de la garganta e intento tragarlo, pero no soy capaz.
¿Qué hable con la verdad? No sé a qué verdad se refiere. Y, por más que me intrigue conocer información sobre mi pasado o saber de dónde sacó esa foto, no soy tan idiota como para ir a ese encuentro. No. No iré ni de coña.
No puede presentarse aquí, solo lo dice para asustarme y no pienso caer en su juego.
Quiero sonar y estar convencida, sentirme protegida ante este imbécil, no tener ninguna duda, pero, a la vez, la imagen de esa foto de periódico se cuela en mi cabeza.
Ese policía, el accidente, ese niño.
¿Qué ocurrió en mi pasado? ¿Qué es lo que he decidido olvidar? Y ¿por qué mis padres me ocultaron información?