CAPÍTULO 8 #3
Es más pequeña de lo que imaginaba, delgaducha, pálida y adorable, ella no sobreviviría en la calle ni medio día.
Va vestida con un traje rosa de hada y lleva una corona de princesa que se le ha incrustado en la carne.
Creo que de ahí viene la sangre de su frente.
No puedo sacar la corona o puede que sangre más y no logre controlar la hemorragia, necesita un hospital, aunque no parece que le duela nada.
A lo mejor, con todo el trauma de la situación, no es consciente de nada, ni siquiera de su propio dolor.
A lo lejos escucho las sirenas de la policía y se me encoge el corazón por el alivio.
Al fin, joder, a lo mejor le pueden dar golpes en el pecho de la madre de Zoey y hacer algo por ella.
Sabía que esos idiotas no tardarían en llegar, el accidente ha hecho mucho ruido y la alarma no para de sonar, alguien ha tenido que ver lo que ha sucedido y, si es así, joder, voy a acabar todos mis días en un reformatorio.
Debería irme. Es lo que hago siempre, corro y me escondo cuando llega la policía.
No me apetece terminar de nuevo en servicios sociales, no hacen nada por nadie, no ayudaron a mi hermana y no me ayudarán a mí, aunque… quizá a Zoey.
Zoey me mira como si yo conociera todas las respuestas, se aferra a mí y acabo de prometer a su madre que la cuidaría.
—Pirata, no tendremos que ir en tu barco, ¿verdad? El mar parece muy enfadado hoy.
La miro y, hay algo en ella, en su ternura y en su inocencia que me incita a querer abrazarla, lo hago porque estoy tan desolado que yo también lo necesito, es más baja que yo y reposa la frente en mi pecho, le acuno el rostro en la mano y distraigo su mirada para que no se centre en el horror de sus padres ya muertos.
—No iremos en el barco hoy, pero te prometo que lo haremos algún día. Hoy dejaremos que nos ayuden los servicios de emergencia. Tu madre me pidió que te cuide y lo cumpliré.
Ella asiente con energía y emite un quejido.
—¿Estás bien?
—Creo que me duele la cabeza.
—No te toques, tu corona se ha metido un poco dentro de tu cabeza y los médicos te la tienen que sacar.
Se le agranda la mirada y tirita, no sé si debido al frío, al dolor que nos produce la lluvia o al miedo.
—Espera.
Doy un paso atrás, abro la cremallera de mi chaqueta, dos tallas más grande de lo que necesito, y dejo que Zoey me abrace por la cintura antes de cubrirla también con ella.
Justo entonces, aparca delante de nosotros el primer coche de policía, conozco a la persona que sale, Jack, un puto pesado que siempre me vigila; pero, a veces, también es majo y comparte conmigo sus donuts o algún bocadillo.
—¿Tú por aquí? ¿Qué cojones ha pasado?
—Han volcado —le explico y agrando la mirada mientras niego—. Hay una niña, su madre me la ha entregado para que la cuide y no pienso apartarme de ella.
Jack se detiene en el acto, frunce el ceño, mira mi chaqueta abultada y asiente con suficiencia.
—¿Vas a dejar que te atrape sin oponer resistencia?
—Pongo los ojos en blanco solo un segundo, luego aprieto los dientes y asiento—.
¿Pretendes que me crea que no vas a salir huyendo del edificio de los servicios sociales a la primera oportunidad que tengas solo por esta niña?
—Aprieto los puños y Zoey se abraza a mí más fuerte.
Miro dentro de la chaqueta para calmarla, ella me mira desde abajo con los ojos muy brillantes y yo respondo a Jack sin apenas darme cuenta.
—No haré ninguna tontería.
—Joder, debo de estar soñando —se burla Jack y su compañero se acerca al coche para inspeccionar a los padres. Cuando lo veo negar con gesto solemne, compruebo lo que ya sé: no hay nada que hacer por ellos.
Una ambulancia aparca en medio de la acera y unos paramédicos se acercan a nosotros a gran velocidad, me abro la chaqueta y les enseño a Zoey.
—Su cabeza —les digo y uno de ellos la inspecciona.
—¿Tú estás herido? —Niego con la cabeza—. Bien, pues nos la llevamos.
—¡No! —Zoey grita y patalea cuando la elevan del suelo y la alejan de mí—. ¡Mamá ha dicho que tengo que estar con el pirata!
—Tengo que ir con ella —le digo a la paramédico y esta pone un gesto serio.
—Si no estas herido de gravedad, debes esperar a la otra ambulancia o ir con ellos, cariño —sentencia y señala a los policías.
Mierda.
¡Se la llevan!
Corro al coche accidentado con la adrenalina en las nubes, agarro un cristal y me abro un tajo en el brazo que empieza a sangrar enseguida.
—Me cago en el dichoso crío —gruñe otro paramédico sorprendido, pero corre hacia mí y presiona la herida con lo que parecen unas gasas apiladas—. ¡Nos llevamos a los niños al hospital!
Cuando entro en la ambulancia, Zoey deja de patalear y gritar en la camilla, se acurruca a mi lado y la envuelvo con el brazo que no tengo lastimado.
—No te vayas sin mí, pirata, por favor. No dejes que nos separen.
—No lo haré. Un pirata nunca abandona su tesoro y ahora tú eres el mío. Estoy aquí, estaré contigo para siempre.
Ella asiente conforme y me da un beso en la mejilla. Su acción me conmociona a tal punto que me deja paralizado, hace tanto tiempo que no recibía una muestra de cariño que había olvidado cómo se sentía.
Zoey no se apartará de mí, ni yo de ella.
Nunca.
Está decidido, un pirata nunca abandona su tesoro.